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Fuerte Allen: calvario con rostro haitiano

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Hoy, el enclave militar luce sereno y en paz. Sin embargo, hace exactamente 29 años, el Fuerte Allen de Juana Díaz cesaba sus operaciones como centro de detención para 794 haitianos, tras una convulsa revuelta que acaparó la atención del país, el Caribe y los Estados Unidos.

Ese jueves, 7 de octubre de 1982 se condujo a los últimos 16 haitianos detenidos en la base militar al aeropuerto de San Juan para que regresaran al continente norteamericano.

La historia parece olvidada, casi arrancada de nuestras páginas memorables, pero para los involucrados fue una verdadera pesadilla, sobre todo, para el grupo de haitianos que llegó a las costas de Florida en Estados Unidos solo buscando libertad y protección.

Los detalles y las estadísticas más sobresalientes de este evento histórico han sido documentadas por Raymond Lafontant Gerdes en su libro “Fuerte Allen, la diáspora haitiana”. Aquí se recoge un brevísimo recuento de lo que allí ocurrió, solo con la intención de que no pase por alto.

Para entender el éxodo

Según la publicación de 1996, la diáspora haitiana comenzó con la llegada del siglo 20.

Las guerras civiles y el despilfarro de los ingresos del Estado empobrecieron al país. Así los haitianos comenzaron a buscar empleo y mejor calidad de vida en Cuba, Bahamas y República Dominicana, en donde miles fueron encarcelados, repatriados e, incluso, exterminados.

En 1957 y con la llegada a la presidencia haitiana de Francois Duvalier, se instituyó la miseria y la represión violenta. Entonces, los haitianos voltearon su mirada a Miami como refugio y salvamento para una vida soñada.

Tampoco era la primera vez que un masivo éxodo se dirigía a los Estados Unidos: eventos similares ya se habían registrado en los siglos 18 y 19 hacia las costas de Luisiana.

Entre 1972 y 1981 se estima que llegaron a Florida cerca de 50 mil haitianos, lo que causó consternación en las autoridades estadounidenses. A diario se ha-llaban en el mar numerosos cadáveres de quienes intentaban llegar a costas norteamericanas en frágiles botes. Jamás se sabrá el número de los haitianos que desaparecieron en el trayecto.

Para desalentarlos, se establecieron campamentos -centros de detención- para su recibimiento, identificación y realojo en distintas bases militares de Estados Unidos para una posterior deportación.

Mas luego de una disputa local, finalmente el Gobierno de Puerto Rico también se dispuso a recibir a un grupo de ellos.

Carlos Romero Barceló, entonces gobernador de Puerto Rico, pactó con el gobierno estadounidense acoger a 4,500 refugiados haitianos y cubanos, aunque el 21 de julio de 1981 la cifra era de 800 haitianos.

Como resultado, un primer avión de la compañía Air Florida con 125 refugiados a bordo aterrizó en el Aeropuerto Mercedita de Ponce el 12 de agosto de 1981, a las 7:00 de la mañana. La llegada fue documentada por periodistas locales y de Estados Unidos.

Serían alojados en tiendas de campaña a, razón de 20 por unidad, bajo la supervisión y asistencia de un sinnúmero de empleados que incluyó guardias, personal de salud, plomeros y electricistas.

Se vacunarían a los haitianos contra varias enfermedades.  El costo de tal operación se estimó en $1.5 millones.

De inmediato fueron evidentes las pésimas condiciones a las que se enfrentaron: no había árboles en el campamento, fueron designados a vivir en tiendas dislocadas por una tormenta que había pasado la noche anterior a su llegada y prácticamente estaban incomunicados, principalmente por el idioma.

Romero Barceló, quien inspeccionó el campamento junto a varios miembros de su Gabinete, conversó con varios haitianos y se fue dos horas después completamente satisfecho con las condiciones de alojamiento.

Según él, el calor era soportable. La temperatura sureña alcanzaba los 91 grados Fahrenheit.

Aun dentro de las pésimas condiciones, los haitianos recibieron el calor y la solidaridad de los puertorriqueños. La publicación reseña que distintos grupos musicales ofrecieron espectáculos en una tarima preparada fuera del recinto.  Algunos de ellos fueron la Orquesta Municipal de Juana Díaz y la Orquesta Juvenil de la Escuela Libre de Música de Ponce.

“Más que una simple diversión, estos espectáculos contribuyeron a dar a conocer a los haitianos, aunque someramente, la cultura de sus vecinos.  Algunos haitianos interpretaron estas representaciones como gestos de benevolencia y de solidaridad y expresaron su gratitud en cartas dirigidas a la prensa local y en declaraciones en la radio y la televisión”, dice el libro.

También se reseña de una gran caravana en apoyo a estos caribeños que culminó en una demostración de pueblo en la Plaza Pública de Juana Díaz, en apoyo a los haitianos que contó con más de 3 mil personas.

Pero las pésimas condiciones de vida pasaron factura. Conzaron a desarrollarse enfermedades y malestares corrientes como parásitos intestinales, infecciones oculares y dermatológicas, además de dolores de cabeza y estómago.

Innumerables instituciones benéficas, psicológicas, académicas, profesionales y personalidades del país se manifestaron en contra del campamento, alertando sobre las condiciones de vida del mismo. Algunos lo comparaban, incluso, con campos de concentración.

Profesionales de la salud documentaron las graves huellas psicológicas que el encierro representó para esta población.

Y no fueron pocos los disturbios y los intentos de suicidio. El caso más dramático fue el de Prophete Talleyrand, quien terminó con su vida colgándose de una viga de su carpa, el 10 de agosto de 1982, luego de 363 días de encierro.

Durante todo ese periodo intervino el Centro Internacional para los Refugiados Haitianos (CIRH), creado en Ginebra en 1981 para intervenir, ayudar y proteger a los haitianos diseminados por el mundo.

Para ayudar a sus compatriotas, en Puerto Rico se integraron al CIRH haitianos exiliados como Jean Claude Bajeux, Laennecy Hurbon y el destacado profesor de Economía, Paul Latortue.

Fueron tiempos de duras batallas legales para que se liberaran a los haitianos. Finalmente, el 18 de junio de 1982, el juez Eugene Spellman del Tribunal Federal de Miami, prohibió continuar con la detención de los querellantes y ordenó su liberación a la mayor brevedad posible.

La decisión fue publicada en los principales medios de la Isla con grandes titulares.

A petición de los abogados del gobierno estadounidense, se impusieron cuatro condiciones para liberar a los refugiados, entre ellas que los detenidos tuvieran un padrino responsable bajo libertad provisional. Las condiciones se aceptaron de inmediato.

A su salida del país y cuestionado por un periodista, Jean Jeune, originario de Cayes en Haití, respondió: “Es bueno sentirse libre”.

La mayoría de los refugiados se encontró con sus “padrinos” en Chicago, Nueva York, Las Vegas, Newark y Connecticut.

12 de octubre de 2011