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Asegura Javier Vázquez

"No me queda mucho tiempo jugando”

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javiervazquez_2_atlanta_bEstá en el mejor momento de su carrera beisbolera. Sus valores han aumentado considerablemente en el último año. Pero, no todo es lo que parece.

A Javier Vázquez esta época del año se le pone pesada. Se acercan los campos de entrenamiento de Grandes Ligas, tiempo de recoger sus motetes y separarse de su familia para ir a cumplir con sus labores.

Con un salario que entusiasma, de $11.5 millones anuales, eso no debería ser un dilema. Sin embargo, la cantidad de dígitos que adornan  su chequecito ni el encanto del uniforme de los Yankees, pueden aliviar la pesadez emocional que produce la separación familiar.

“No me queda mucho tiempo jugando. Eso está en oración a Dios y voy año a año; no sé si será uno, dos ó tres años más, pero definitivamente no voy a jugar hasta los 40 (años)”, dice Vázquez, ya un veterano de 12 campañas en las ligas mayores.

En par de semanas, Javier, puro ponceño, se unirá a los Yankees de Nueva York, para cumplir con el último año del contrato por tres campañas y $34.5 millones que originalmente firmó con Chicago.

A menos que pase algo muy extraño, Vázquez puede estar seguro que le llo-verán las ofertas a fin de este año, especialmente porque no hay muchos lanzadores que puedan ser tan sólidos en el box.

De hecho, él y Johan Santana (Mets) son los únicos serpentineros que tienen  al menos1,000 entradas y 1,000 ponchetes por los pasados 10 torneos en las Grandes Ligas.

Es decir, en tiempos en que los lanzadores son tan frágiles que se lastiman hasta caminando, el lanzador derecho suele garantizarle a sus equipos no menos de 200 entradas y 32 aperturas.

Y si puede repetir la temporada que tuvo con los Bravos de Atlanta, en la que recuperó la magnificencia de su laborioso brazo derecho, entonces podría ser seducido por una  despampanante oferta laboral.

Porque en Atlanta ganó 15 juegos (cuarto en la Liga Nacional), ponchó 238 bateadores (segundo) y registró 2.87 de efectividad (sexto), terminando cuarto en la boleta para el premio Cy Young.

“Si hice algo diferente fue atreverme a usar más la curva. Me di cuenta que es un pitcheo bien efectivo para mí”, explica Vázquez

“Hay temporadas buenas, temporadas malas y temporadas mediocres, pero cuando uno está en un lugar que quiere estar y con buenos compañeros, como me pasó en Atlanta, las cosas son diferentes”, expresa el lanzador, quien lleva 10 temporadas seguidas con al menos 10 triunfos.

Con esa actuación, de paso, Javier pudo cerrar muchas bocas. Los ataques contra sus espuelas se vinieron abajo. La vida, en muchas ocasiones, funciona como una tómbola y por mala pata, sus malos momentos con los Medias Blancas y los Yankees estuvieron en vitrina.

“Yo no pitcheo para probarle nada a nadie”, aclara Vázquez.

Podrá tener sus críticos, pero su carrera es única. Por supuesto, desde el punto de vista de los lanzadores puertorriqueños en las mayores. Nadie ha ponchado más que él -tiene 2,253- y ningún pitcher derecho ha acumulado más victorias (142), superando incluso al  legendario Rubén Gómez.

De hecho, solamente John Candelaria tiene más triunfos (177), pero Vázquez está en carrera para superarlo. Quizás esa es la razón por la que confiesa que tiene unas cuentas pendientes en los diamantes estadounidenses.

“Estoy satisfecho con la carrera que he tenido aunque me gustaría hacer unas cosas más que todavía no he hecho, como ganar una Serie Mundial...”, reconoce.

Y sus logros han sido en la era de los esteroides. Porque los condenados al paredón han sido los serpentineros, quienes han sufrido más que nadie los puyasos mágicos que convirtieron el juego en un festival de batazos, haciendo buenos a los mediocres y estrellas a los buenos.

Es que lanzar con efectividad en esta época es casi un acto heroíco, aunque  pocos se han tomado la molestia de evaluar la situación desde la óptica de un lanzador, fijándose únicamente en los infractores sin atender a las víctimas.

“Puedo decir con seguridad que pitcheé en esa era (esteroides), pitcheé limpio y pitcheé bien. Y hubiese pitcheado mejor si no hubiera habido tanta gente en este-roides”, exterioriza.

Pero una cosa es el juego y otra los asuntos familiares. Y ahí es que Javier se desgarra. Por eso, aunque está en su etapa más productiva -con 33 años de edad-, el mejor lanzador puertorriqueño de su generación sabe que no se pondrá canoso sobre el montículo.

“Llegó el tiempo en que los nenes están en la escuela y no pueden estar todo el año conmigo. Uf, es difícil...”, admite, soltando una bocanada de aire en un profundo suspiro.

 

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