La Perla del Sur

Ponce, Puerto Rico
Martes
22
Julio
2014

Actualizado a las 05:15 AM

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Mantienen viva la tradición carnavalesca

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Ponce es un pueblo cuya cultura e identidad sabe a carnaval, y no destacar a los exponentes que mantienen viva esa tradición implicaría dejar a la historia sin una parte de su cuerpo.

Peor aún, no hacerlo equivaldría a privar de su más colorida fiesta a su activo principal, a su artista más genial. A los artesanos de caretas.

Por eso, todo repaso a los 155 años de trayectoria del Carnaval Ponceño está trenzado e hilvanado a personalidades como Juan Alindato, Miguel Pérez Santiago, Raquel Rentas González, Freddy Soto, Johnny Soto, Kenneth Meléndez Padilla, Blanca María Rivera y Miguel Caraballo, los mismos que durante décadas han dado identidad a los rostros de los vejigantes.

Para conocerlos mejor, La Perla del Sur se trasladó hasta la histórica comunidad de La Playa, donde conversó con don Miguel, Raquel y Kenneth sobre este excepcional oficio, así como el pasado y futuro de esta disciplina.

Con mayor veteranía en el oficio, don Miguel lleva ya 68 de sus 73 años de vida trabajando las caretas e innovando en su taller.

“Yo hago caretas desde los cinco años y aprendí viendo, mirando, y estudiando”, relató.

“Yo aprendí con Justino, la verdad que no recuerdo su nombre completo, pero aprendí mucho. Y me gusta porque son piezas que agradan mucho a los turistas, especialmente, el americano que gusta mucho de nuestras obras”, manifestó además quien con mirada y bigote afinado construye un rostro que evidencia, sin dudas, el tiempo dedicado a esta pasión.

“Las caretas que yo hago recogen una idea, pero es algo que surge de una tradición”, añade mientras mira alrededor de su sala de exhibición, donde hay caretas de múltiples formas, cuernos y tamaños.

“Antes la careta normal era de dos cuernos”, comentó por su parte Raquel, quien fuera seleccionada Reina del pasado carnaval de La Playa de Ponce, y quien desde 1994 se dedica a trabajar caretas de diversos formatos y colores, pero con el blanco como favorito, desde su taller en la urbanización San Tomás.

“La careta ha ido evolucionando”, agregó de otra parte Kenneth, al comentar que “antes era de dos, luego de tres, de cuatro a cinco (cuernos), que fue lo que estuvo por mucho tiempo”, hasta que Don Miguel, Alindato y el mismo Leonardo Pagán inspiraran un renovado concepto.

Don Miguel, sin embargo, no puede ocultar cierto temor ante un futuro incierto para la artesanía de caretas.

“El futuro, del futuro sí digo ahora que no sé. Antes venía gente y grupos a aprender, pero ahora no”, dijo parcamente, como quien prevé que los pasos están contados.

“Debiera haber una organización que nos agrupe, pero somos nosotros mismos los que nos cerramos. Debe haber más unidad entre nosotros, pero siempre hay quien no se une porque cada uno está encerrado con lo suyo. Si nuestra tradición acabara seríamos nosotros como grupo los responsables”, dijo por su parte Raquel Rentas, a quien apodan Cucha.

“Los careteros estamos bien conscientes de la historia y de nuestra responsabilidad, pero hace falta más unidad”, reaccionó Kenneth, quien ha podido vivir de su arte al punto de construir su hogar con los ingresos de sus caretas.

Curiosamente, este creador entró al mundo del arte de caretas por casualidad, ya que cuando estudiaba en el estado de Ohio, una amiga de la época le solicitó ayuda para crear una y con ella participar en un concurso.

Mas no solo lo ganó, sino que obtuvo el primer lugar en otra competencia, y desde ese momento no se ha detenido en la creación de caretas. Al punto de haber representado a Puerto Rico en otros países y ciudades cosmopolitas como Berlín.

“El proceso creativo es bien gratificante”, explicó mientras que a su aseveración se unieron don Miguel y Raquel, quienes toman largas horas durante el día para construir una pieza que se le ha ocurrido en un momento singular.

“A mí se me olvida hasta cocinar, y a veces cuando me doy cuenta son las 3:00 de la mañana”, confesó incluso doña Raquel.

Ponce, la ciudad de tres siglos de edad, celebra este año el 155 aniversario del Carnaval Ponceño, la festividad de esa índole más antigua de Puerto Rico.

De acuerdo con historiadores culturales fue el español José de la Guardia quien inició los bailes con máscaras, y desde ese momento la fiesta no se ha detenido.

Por eso, desde 1858 los ponceños han venido construyendo vivencias, armando experiencias y edificando una vida cultural que democratiza el arte, socializa la alegría y posibilita la multiplicación de experiencias desde su ciudad, algo que quizá poseen Río de Janeiro y Nueva Orleans a mayor escala.

Por su parte, el Instituto Smithsonian asegura que este tipo de festividad puede tener en Ponce alrededor de 250 años de historia, pero no hay evidencia sobre ello, quizá a la falta de una prensa anterior a esos años, porque la primera llegó apenas en 1848 a Ponce y no fue hasta 1852 que comenzó a publicarse su primer periódico, El Ponceño.

Aún así, el legado del primer carnaval está vivo en sus artesanos, lo bailan las comparsas y lo tocan con sus manos los músicos que se levantan y no saben si la noche caerá en los siete días que dura la festividad.

“El carnaval es parte nuestra historia. Sin carnaval Ponce no es Ponce”, dictaminó la artesana Raquel Rentas González, quien desde 1994 se dedica a la confección de caretas de vejigantes.

De hecho, imaginar un febrero sin los desfiles de carrozas, el baile de danza, los ritmos africanos y El Entierro de la Sardina es casi un sacrilegio para los ponceños de corazón, quienes todavía recuerdan la época en la que el dirigente cultural Eddie Zavala dirigía sus energías a velar por el carnaval, como si fuera su criatura. Al punto, incluso, de velar porque ese evento fuera televisado.

“El carnaval toma una importancia de alto valor en la historia, porque en él se manifiesta una vivencia cultural, es un signo de creación, un lugar de encuentro”, manifiesta por su parte el artista de caretas de vejigantes Kenneth Meléndez Padilla.

Y es que los desfiles, bailes y presentaciones que comienzan el miércoles frente a la Casa Alcaldía con el Baile de Máscaras desatan una avalancha de emociones para rendir homenaje a la vida del pueblo más regionalista de Puerto Rico.

El mismo que se niega a ser sanjuanizado y establece su propia ruta, desde que a mediados del siglo 19 los ponceños se dejaron sentir, como dice Ángel Quintero Alfaro en su libro Ponce: La Capital Alterna de Puerto Rico.

“El carnaval es vida, es alegría, es una celebración”, añade doña Raquel, quien sale a la calle con sus atuendos y caretas para bailar y dar riendas suelta a su interpretación de la vida, sin remordimientos ni censuras. Con gusto y energía.

El jueves es la entrada del Rey Momo, esa figura enigmática que todos creen conocer y que pocos aciertan, a menos que alguien lo sepa de antemano.

La coronación de la reina infantil se produce los viernes, cuando se lleva a cabo un desfile en su honor, mientras que los sábados se lleva a cabo la coronación de la reina juvenil.

“Son muchos símbolos que salen en el carnaval, son signos de alegría”, sostiene Kenneth.

“Cuando uno no sabe, piensa que esas caretas y esas indumentarias son algo malo, pero si vemos los significados de los personajes como el Rey Momo, el Oso, la preñada, y el carnicero, todos son símbolos que representan la fuerza, la resistencia, la fertilidad, el sacrificador. Hay un mensaje detrás de todo ese montaje”, agregó Meléndez Padilla.

Entretanto, “Vejigante a la boya, pan y cebolla” cantan los vejigantes, al tiempo que la música obliga hasta el más tímido a mover sus pies.

 


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