Durante las próximas horas, millones de personas en todo el planeta festejarán con galas y tradiciones culturales la llegada de un nuevo año. Sin embargo, no siempre ha sido así.
La popular costumbre aún no cumple 500 años de existencia e, incluso, en algunos países no se festeja durante un día fijo del calendario.
Para escudriñar en su precedente y origen hay que remontarse a la era de la República Romana (509 a.C. – 27 a.C.), cuando para sus habitantes marzo era el mes elegido para el festejo. ¿La razón? Era en marzo cuando iniciaban los ciclos de siembra y las campañas de guerra.
Posteriormente, en el año 46 a.C. y asesorado por el astrónomo Sosígenes de Alejandría, Julio César introdujo el calendario juliano de 365 días con años bisiestos, fijando el 1 de enero en honor al dios Jano, protector de comienzos y transiciones.
No obstante, el dictador no fue capaz de normalizar e internacionalizar ese día, ya que durante su época el Año Nuevo llegó a celebrarse el día de Navidad en algunos países.
El mundo tuvo que esperar hasta el año 1582 para que por mandato del Papa Gregorio XIII se instaurara oficialmente la ocasión durante ese día.
¿Tiene sentido?
Aun así, seleccionar el día 1 de enero como día de Año Nuevo no tiene sentido a nivel astronómico o planetario, aunque sí: a principios de enero es cuando la Tierra se encuentra más cerca del Sol, un evento conocido como perihelio.
Por eso, los habitantes de países como Afganistán, Etiopía, Irán, Nepal y Arabia Saudita, que basan sus vidas en calendarios distintos al gregoriano, celebran la ocasión en fechas distintas.
Asimismo, algunas religiones celebran su propio Año Nuevo, como el calendario judío, que lo practica entre septiembre y octubre por ser un calendario lunar; o el calendario islámico, otro calendario lunar que se suele desviar bastante más que el judío.
También ocurre con el célebre Año Nuevo Chino, que igual sigue un calendario lunar y se festeja entre el 21 de enero y 20 de febrero.














































