Wichie Torres: el nuevo inmortal del arte puertorriqueño

Al final de su trayectoria, Wichie retomó sus dotes como alquimista para transformar la suma
de sus vivencias en las más aclamada de sus obras maestras.

Foto Archivo

El consenso fue unánime: Wichie Torres no fue un genio cualquiera.

Su excepcional talento nunca lo apartó de su entorno, de su espíritu afable ni carácter alegre. De hecho, aún hoy es casi imposible imaginarlo sin una sonrisa a flor de labios, sin su cándido verbo y alma gregaria: todas, virtudes innatas de un hombre que vivió intensa e irremediablemente orgulloso de su natal barrio San Antón, sus caras lindas, su Ponce bravo y su incesante fuente de inspiración. Puerto Rico.

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Por eso, lo que vivía lo plasmaba en el lienzo, anticipando que aquellas experiencias, costumbres y sentimientos igualmente despertarían la pasión de algunos… y la nostalgia de miles.

Sin embargo, Wichie nunca anticipó que con el último suspiro su don de gente y dominio del color se traducirían en una contundente avalancha de elogios y aplausos: en un homenaje inmaculado a la amistad y la gratitud.

Mas aún, que al final su andar terrenal transformaría como alquimista la suma todas sus vivencias en la más aclamada de sus obras maestras.

Humanista a plenitud

“Su humildad ha sido el mejor legado que nos ha dejado”, destacó la artista Ángeles Badea Pérez durante el velatorio efectuado el pasado domingo en el Teatro La Perla de Ponce: un encuentro al que acudieron cientos de admiradores, amigos y allegados.

“(Incluso) Hace algunos años, cuando impartía clases en una escuela en Santa Isabel, lo invité a participar en un festival de arte con estudiantes y él llegó junto a Violeta Guzmán y estuvieron desde las 8:00 de la mañana hasta las 3:00 de la tarde, compartiendo con los niños. De eso, muchos artistas deberían aprender”.

Entretanto, el pintor juanadino Francisco García Burgos recalcó que a Wichie nunca le faltaron palabras, voluntad ni valentía para expresar sus “elogios a otros artistas, incluyendo artistas noveles”.

Asimismo, planteó que el más grande atributo de Wichie “fue su humildad y su carácter para enfrentarse a las situaciones de la vida. Por eso, sin importar su estado de salud, él nunca dejó de pintar. Su disciplina por el trabajo y su sencillez se convirtieron en su mayor grandeza y el mejor ejemplo para nuevas generaciones”.

Con García Burgos coincidió otro de sus veteranos amigos, el propietario de la Galería de Arte Bucaná, William Alvarado Zayas.

Según reconoció, para el afamado pintor fue casi demoledor descubrir una década atrás que su vista le traicionaba: que perdía la capacidad de distinguir los colores debido al inesperado padecimiento de daltonismo.

“En el 2005, con su problema de la visión, comenzó a pintar los Quijotes con la cara verde y amarilla, porque ya no distinguía los colores”, relató a La Perla del Sur. “Pero eso, lejos de detenerlo, abrió en él una etapa modernista para la que también fue exitoso”.

Icono del arte costumbrista

Este arrojo y talento, a juicio de la ponceña Vangie Rivera, tiene sus raíces en la propia juventud y formación de Wichie, quien desde etapas muy tempranas se destacó por “su inteligencia superior”.

“Siempre fue un gran artista. Demostró una gran capacidad en el área de dibujo que luego se observó en sus primeras obras, como las Estampas del Baile y El Flamboyán. En esos primeros tiempos, sus obras reflejaban su entorno y nunca perdió el amor por su barrio San Antón”, continuó Rivera, tras recordar los años que compartieron en la Escuela Abraham Lincoln de la barriada Bélgica.

Asimismo, a Wichie nunca se le escapó del panorama la valía de su país y su gente, razón por la cual no vaciló ni un instante en integrarse a uno de sus últimos proyectos puntuales: su alianza en el año 2019 con la Hacienda Cafetalera Tres Ángeles de Adjuntas, para proveer las imágenes que engalanarían su primera línea de empaques de colección.

Como explicó el agroempresario Juan Meléndez Mulero, el cotizado pintor alentó de inmediato la idea de fusionar arte y café borinqueño, y participó en todas las etapas que culminaron en la presentación oficial de seis empaques lujosamente ilustrados con obras de Wichie.

“Para nosotros fue un inmenso privilegio trabajar con Wichie”, expresó Meléndez Mulero. “Él estaba muy contento con la reacción del público y por eso ya estábamos haciendo los planes para la segunda edición del café-arte”, confesó además.

Pero el resumen más conciso y elocuente de los atributos de este ponceño fue provisto por otro de sus pares: el también maestro de maestros, Antonio Martorell.

Vía telefónica desde Nueva York, el polifacético artista lamentó la pérdida de este exponente del arte ponceño y recordó que “Wichie demostró un inmenso talento, un talento natural”.

“Abordó distintos estilos, pero siempre conservando el mismo brillo, esa simpatía natural que tenía la comunicaba en sus pinturas con una gran vitalidad”.

“Por eso, el mayor legado de Wichie Torres ha sido la voluntad de hacer, de expresarse, de convertir en arte la percepción de la vida y, sobre todo, su Ponce natal y su barrio San Antón”, concluyó Martorell.

Las obras del pintor ponceño Wichie Torres permanecerán como parte de las colecciones permanentes del Museo de Arte de Ponce, del Museo de Arte Contemporáneo y del Museo de Arte de Puerto Rico en Santurce, además de cientos de colecciones personales en Puerto Rico y el exterior.

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