Toñín Romero: el genio de las décimas que hasta el tribunal recordará

Toñín ocupó la silla testifical y testimonió con toda claridad, precisión y coherencia, provocando risas ocasionales con la picardía de sus respuestas.

Foto: Melina Aguilar Colón / Plaza de la Música en Jayuya

“A buen juez, mejor testigo”.

José Zorrilla

A la memoria de mi  buen amigo, músico e intérprete del cuatro, Ángel Luis “Wiso” Pérez Rodríguez.

Al igual que Pancho Coímbre, como destaqué en un escrito anterior, Toñín Romero -el Cantor de Campo y Pueblo, trovador, compositor y director de grupos musicales- tenía gran inteligencia emocional. Era un hombre muy alerta, muy despierto, sagaz de rápidas y sesudas contestaciones.

Su chispa destaca también en sus ingeniosas composiciones musicales, muchas de las cuales fueron éxitos internacionales en las voces de varios de los más connotados cantantes de su tiempo, y hasta se convirtieron en refranes populares.

Tal fue el caso de la plena El Charlatán, que fue un gran éxito, probablemente el primero de nuestro Sonero Mayor, Maelo Rivera, acompañado por la Orquesta Panamericana del Maestro Lito Peña; al igual que La Mujer de Palo, más conocida como Ni De Madera Son Buenas, muy exitosa en las voces de Chico Rivera, cantante de planta de La Panamericana; Odilio González, Cheo García, uno de los cantantes de la internacionalmente famosa Orquesta Billo’s Caracas Boys, y el inmenso Marco Antonio Muñiz.

Esto, por solo destacar un par de sus canciones más exitosas.

Intimé con Toñín, sobre todo, durante los seis años que dirigí en Ponce una feria de artes populares y deportes conocida como El Festival de Apoyo al Periódico Claridad, semejante al que se lleva a cabo en Río Piedras, desde hace 46 años.

Como parte del festival de Ponce, cada año celebrábamos un Concurso de Trovadores, generalmente el último día de la jornada.

Creo recordar que Toñín participó todas las veces. Un año que no ganó vino hasta mí, como director que era del Festival, a “apelar” la decisión del jurado, que le otorgó el primer premio a otro competidor.

Como le denegué su “apelación oral” por falta de jurisdicción para ello, ya que el fallo del jurado era inapelable, regresó a la tarima e hizo algo que nunca antes había visto, aunque posteriormente volví a presenciarlo en otros concursos.

Toñín le pidió a los músicos que interpretaran un seis de acompañamiento e hizo su apelación, cantada en décimas.

Con evidente coraje, pero con educación, le señaló al jurado imprecisiones técnicas que, a su modo de ver, había cometido el que ellos habían seleccionado como ganador.

El público aplaudía a rabiar su entonces novedosa irreverencia. Para finalizar su alocución cantada, expresó su agradecimiento a todos por haberlo invitado.

Doloroso infortunio

Pasaron algunos años y un día vino a mi oficina de abogado con expresión de severa preocupación, por una grave injusticia que estaba ocurriendo.

El cuatrista de su grupo, don Goyo Salas, un caballero en todas las de ley, taciturno, fino, elegante en el trato, distinguido y ya entrado en años, había sido acusado de asesinato, por lo que a todas luces era un caso de defensa propia.

Toñín y su grupo habían ido a tocar hasta altas horas de la madrugada a una casa de campo de una familia de la zona urbana de Ponce, en el sector Guaraguao, camino de Adjuntas. Al terminar la tocata, les pagaron su trabajo con un cheque personal.

Bajaron del campo cuando ya rayaba el amanecer y fueron a cambiar el cheque en un negocio de bebidas que estaba ubicado en la calle Villa, esquina calle Cementerio Civil. Toñín se bajó del automóvil con el cheque y dejó a don Goyo, quien estaba rendido del agotamiento, sentado en el asiento delantero.

En ese instante apareció un asaltante, le puso el cañón de un arma de fuego en la sien a don Goyo y le exigió, so pena de asesinarlo, que le entregara el dinero “que llevaba en el bolsillo”. Pareciera que se trataba de alguien que sabía o suponía de la tocata y su cobro.

Lo que decía la prueba de cargo, es decir, lo que le imputaban, era que don Goyo metió la mano en su bolsillo y extrajo una navaja corva abierta, con la que de revés le cortó el cuello al asaltador, que le tenía un arma de fuego en su sien.

En mi modesta opinión, aquel cuadro de hechos configuraba un caso clásico de defensa propia, sin embargo, para el momento en que me trajeron el caso, ya había pasado por el crisol de la vista preliminar, la lectura de la acusación y estaba señalado para la vista en su fondo.

Desde luego que le dije a Toñín y a don Goyo, siempre más retraído, que habrían de contar conmigo como abogado. Y mi testigo estrella para la defensa sería Toñín Romero.

Como tantas veces ocurre con los casos criminales, tuvo varios señalamientos y posposiciones, hasta que llegó el día en que sabíamos que se iba a ventilar.

Esa mañana, Toñín llegó al tribunal amanecido de una tocata que vio salir la luz del día.

Con la intención de provocarle su cría jayuyana y de La Cantera de Ponce, y para despertarlo, le dije con sorna a don Goyo: “No veo las cosas bien, don Goyo, nuestro gallo llegó amocolao”.

Toñín saltó como impulsado por un resorte, se recompuso y me dijo: “Es más, busquemos música, que voy a declarar en décimas”.

Pensándolo ahora, 50 años después, quizás debí pedirle al juez permiso para aquella novedad, que ya yo había presenciado en el Festival de Apoyo a Claridad, pero -o no se me ocurrió- o no me atreví. No recuerdo bien ahora.

En definitiva, en su momento Toñín ocupó la silla testifical y testimonió con toda claridad, precisión y coherencia, provocando risas ocasionales con la picardía de sus respuestas.

En definitiva, el buenazo de don Goyo fue declarado inocente, como tenía que ser en justicia. Hasta la Iglesia Católica reconoce el derecho a la propia defensa.

Y como siempre, Toñín Romero demostró que era un verdadero genio.