Salen al encuentro de Roberto: el joven prodigio de Salinas

Al final, todos fueron formando pequeñas escenas de aquel niño prodigio, quien antes de asombrar al mundo de las Grandes Ligas, dio un anticipo de su grandeza en un barrio oculto entre Santa Isabel, Coamo y Salinas.

Foto: Florentino Velázquez

La tarde del sábado se reservó para viajar al reino del ayer. Estuvo repleta de anécdotas y testimonios del entorno de Roberto Alomar en su etapa de niño y adolescente.

Para enriquecerla, se unieron varios miembros de la familia Alomar, incluyendo al patriarca Santos y su esposa María “Ñañi” Velázquez, la hija mayor del matrimonio, Sandia; y la nieta María Alejandra, así como el educador físico Doel Bonilla, quien fuera maestro de Roberto en el Colegio Perpetuo Socorro.

Asimismo, los periodistas Benjamín Torres Gotay, Pedro Carlos Lugo y Junior Lugo Marrero.

Este singular encuentro cobró vida en el Museo Francisco “Pancho” Coímbre, avivado por la presentación del libro Roberto Alomar, Un Pelotero Especialdel autor salinense Jossie Alvarado.

La obra se convirtió en musa en la tarde sabatina, para dar paso a las historietas del muchacho del hoy “Hall of Famer” del béisbol, que se veía en Series Mundiales y otros grandes escenarios desde mucho antes de alcanzar la pubertad.

Un libro así, que explorara semejante trasfondo, solo podía escribirlo alguien cercano. Y por gravedad, ese escritor debía ser Jossie Alvarado. El historiador había crecido viendo a Santos y sus hermanos Antonio, Rafael y Demetrio -todos peloteros profesionales- pasearse por su pueblo y entonces, enfermó permanentemente de fiebre beisbolera.

“Para mí, es el mejor libro de deportes que se ha escrito en Puerto Rico. Es una investigación minuciosa, va al detalle y le hace justicia a quien tiene que hacerle justicia por el desarrollo de Robertito, especialmente a Ñañi. Lo que escribe Jossie de doña María Velázquez es verdad, porque ha sido testigo de ese amor por todos sus hijos”, sostiene el también historiador y autor deportivo, Pedro Carlos Lugo.

Con mucho que contar

Como la formación de Roberto es un tema muy amplio, el barrio Peñuelas de Santa Isabel se hizo pie forzado en la tanda. Es una realidad en el desarrollo de Alomar hacia la grandeza y así se hizo constar allí, donde ofrecieron testimonos directos su coach Pedro Carlos y algunos compañeros de juego, como Benjamín y Junior, entre otros.

La introducción de Benjamín Torres Gotay le dio una breve, pero intensa muestra a los presentes de lo que se trataba el asunto. Hoy, más de 40 años más tarde, Benjamín es el molde ideal de cualquier aspirante a periodista, pero en los 70 e inicio de los 80 era otro muchacho soñador de aquel barrio santaisabelino, en el que sus trabucos de béisbol fueron semillas de identidad y la primera razón de orgullo para sus residentes.

El periodista y editor de El Nuevo Díapuso en perspectiva el valor de la obra de Alvarado. A estas alturas de la vida, en la que cualquier buen deportista conoce al dedillo la historia profesional de quien fue elegido al Salón de la Fama del Béisbol en el 2011, más que interesante, se hacía indispensable reconocer y focalizar en los detalles que rodearon su aprendizaje y desarrollo, hasta ser uno de los jugadores más extraordinarios que ha parido la nación puertorriqueña.

No es lo que desvela, sino lo que se reconoce públicamente por primera vez: la constante presencia e influencia de su madre en la carrera del pelotero. Algunos pudieron haber pensado que los genes de su padre Santos bastaban para que Roberto estuviera destinado a la gloria beisbolera.

Sin embargo, los dones atléticos con los que fue bendecido no hubieran sido suficientes sin el apoyo familiar y el ambiente adecuado. Alomar es protagonista de la historia, mas es “Ñañi” Velázquez la estrella real detrás del héroe.

“¿Qué circunstancias crearon la disciplina casi de sacerdote, obsesiva, con la que Roberto Alomar se dedicó al deporte del béisbol y llegó a convertirse en uno de los mejores peloteros de la historia? El libro de Jossie es un tesoro en esa historia de la niñez de Roberto y esas vivencias que formaron su carácter”, destacó Torres Gotay sobre la obra ya disponible en la librería El Candil de Ponce.

Benjamín fue pelotero anónimo en aquellos rosters que también tenían a Alomar. Siempre fue, no obstante, un entusiasta y aguzado observador que, probablemente, aprendió en aquellos días a tomarle el pulso a su entorno, lo cual hoy plasma como muy pocos en sus faenas periodísticas.

“Compartimos equipo muchas veces en el barrio. En aquel tiempo no era gran cosa que Roberto Alomar estuviera en nuestros equipos. Para mí y para la mayoría de nosotros era un chamaco de Salinas, buen pelotero, claro, medio guilluíto, nada más. Era hijo de Santos Alomar, un pelotero de Grandes Ligas, pero eso tampoco era gran cosa para nosotros… Él era hijo de Santos Alomar, yo era hijo de Yuyo Torres, y Richie y Junito eran hijos de Cano Lugo (Pedro Carlos)”, relató.

La voz de Pedro Carlos, esta vez en su papel de dirigente de Roberto, embarcó a los presentes a los años entre el 1976 y 1981. Allí resurgió en muchas mentes la imagen del niño que más tarde se convertiría en un artista del béisbol. Ese juego derrumbaba el muro de la inhibición y liberaba su creatividad.

“Roberto iba a ser el mejor jugador de este país desde que era un niño”, recordó Lugo, quien ya pensaba a Alomar como estrella de Grandes Ligas, mucho antes de ser firmado al profesionalismo.

Bonilla, por su parte, rememoró al Roberto polifacético que pudo ganar medallas en pista y campo, como velocista en los 50 metros de las Justas Colgate, y ser elegido Jugador Más Valioso como volibolista en torneos celebrados en el Colegio Ponceño, donde participó con equipos representativos del Colegio Perpetuo Socorro.

“Fue un atleta especial en todos los deportes. Para mí, hubiera tenido el mismo éxito que tuvo como pelotero si se hubiera dedicado a otro deporte”, resumió el educador físico y exatleta del décalo.

Entretanto, Sandia, rompiendo su habitual timidez ante el micrófono, recordó a su hermanito menor frente al televisor viendo la Serie Mundial del 1984 y diciendo en voz alta, para que lo escucharan en toda la casa, “algún día yo voy a estar ahí y voy a ser el mejor segunda base del mundo”, mientras ella lo miraba con el escepticismo que puede generar un muchacho que en plena pubertad se atreve a dictar semejante profesía.

En fin, los participantes fueron formando pequeñas escenas de aquel niño prodigio, quien antes de asombrar al mundo de las Grandes Ligas, dio un anticipo de su grandeza en un barrio oculto entre Santa Isabel, Coamo y Salinas.

El junte se dio para disfrutar y hacer disfrutar a la gente. Y el placer fue inmediato.

Foto: Florentino Velázquez