Responso tardío para un amigo: el virtuoso Alberto Cortez

Alberto Cortés y Quique Ayoroa en la oficina de Sor Isolina Ferré, Foto: Nelson García

“La vejez . . .

es la más dura de las dictaduras,

la grave ceremonia de la clausura

de lo que fue la juventud alguna vez”.

Alberto Cortez en canción La Vejez

Al recuerdo amado del sacerdote episcopal español y gran amigo, Antonio Molina Rodríguez.

He escrito mucho y en diversos medios sobre Alberto Cortez: amigo epistolar y amigo en sus recurrentes visitas a Puerto Rico.

Describo el modo emotivo y la ocasión en que nos conocimos. Fue una noche en la que él se presentó en el Teatro La Perla y, una vez terminó la función, se desplazó sorpresivamente hasta el lugar donde terminábamos de presentar el Festival de Claridad en el Sur.

Estábamos recogiendo los desechos de la velada en el estacionamiento del lado este del Ponce Mall, cuando ya el evento se había terminado y el público que asistió se había ido.

Alberto, con aquella voz poderosa de barítono, caminó entre los quioscos preguntando “¿Quién es Quique Ayoroa aquí? ¡Imaginen! Él ya un artista de prestigio mundial y yo al momento un modesto narrador y comentarista deportivo de una emisora local, Radio WEUC AM. Pero así de humilde era Alberto.

Ahí empezó nuestra amistad, a mediados de la década de 1970.

Alberto falleció en el Hospital Universitario Puerta del Sur en Madrid, España, el 4 de abril del año terrible (sobre todo para mí) de 2019. Doce días después, yo estaba saliendo, arrastrado de buena fe por mi esposa, hacia el Hospital Monte Sinaí en la ciudad de Nueva York, ya que en Puerto Rico no tenía acceso al tipo de operación que necesitaba para mi cáncer en la garganta. Allí y en un hospital de rehabilitación fraterno de aquél, estuve 11 meses hospitalizado.

Regresamos a Puerto Rico con el Covid-19 pisándonos los talones, a encerrarnos, por lo que nos quedamos en el área metropolitana de San Juan, en una casa que colinda con el Centro Médico.

En el ínterin, me “morí” más de una vez y perdí a muchos seres amados. Ha sido un fárrago de eventos presurosos y atemorizantes, de más de dos años.

Estos días he regresado a las canciones filosóficas de Alberto Cortez, con las que me identifico tanto. Son un bálsamo para mi alma y le envío este responso público a destiempo.

Magia, música y poesía

Conocí de la existencia de Alberto gracias a su canción titulada El Abuelo, que me llegó al alma. Cuando la escuché, justamente me proponía ir al pueblo de origen de mi abuelo paterno, Alfredo Ayoroa Martínez.

Abuelo Alfredo decía que el pueblo de origen de su padre, Juan Bernardo de Ayoroa y Tellechea, se llamaba Narvarte, en la Provincia de Navarra, pero cuando mi esposa Lunita, Lena María Franceschi Irizarry, y este servidor llegamos a la península Ibérica en el año 1971, jóvenes y padres de tres hijos pequeños -Lena María, Carmen María y Francisco Alfredo- resultó para nuestra desazón, que el pueblo no era Narvarte.

Encontrar el pueblo de Ituren, que realmente era el pueblo del bisabuelo, fue “un rollo” que también explico en el libro De Guajataca a los Cedros, bajo el subtítulo de Los Remeros de Orio.

Transcurridos 35 años, en el 2006, volví a Ituren con mi actual esposa, Rocío Vanegas Aycardi, la mujer a cuyo valor, osadía y amor le debo la vida, con nuestras hijas -Ana Xilena y Marina Rocío, que son mis hijas de corazón- y nuestros habituales compañeros de viajes, los compadres Georgina Lázaro León y César A. Hernández Colón.

Su hijo, José Alberto, mi ahijado, quien para ese tiempo estudiaba en la Universidad de Navarra, cercana a Ituren, nos acompañó y tomó estupendas fotografías de la aldea de mi bisabuelo.

Soy sentimental y en ambas visitas a Ituren sollocé calladamente tratando de disimularlo.

¡Imaginen, pues, el impacto que causó en mí la canción de Alberto, El Abuelo, la primera vez que la escuché! Fue como si él hubiera filmado con una cámara cinematográfica la fantasía que estaba incubando y que pude cristalizar a los 32 años de edad, habiéndola soñado desde niño.

Después conocí sus impactante canciones Mi árbol y yo, En un rincón del alma -la que Carmita Jiménez conoció y grabó temprano en su vida durante los años que residió en Perú- y sus exquisitas musicalizaciones de poemas creados por Miguel Hernández, Antonio Machado, más tarde Pedro “Almafuerte” Bonifacio Palacios y José Dicenta Sánchez, autor de El Amor Desolado.

Y nunca olvidaré Castillos en el Aire.

Estoy convencido que esta canción le fue inspirada por los artículos de prensa del semanario Claridad que escribí y le envié durante la década de los 70, referentes a mi amigo del pueblo de Patillas, Víctor González Latalladi, con sus primeras alas formadas con plumas de ganso, sujetadas a su cuerpo por unos arneses de acero.

La vocación de vida de González Latalladi, su sueño existencial, fue siempre volar por su propia fuerza motriz.

¿Dónde más, pregunto yo, pudo conocer Alberto Cortez un ser humano como Víctor, quien dedicó toda su vida a tratar de volar por su propia fuerza motriz? La canción Castillos en el Aire es una genialidad, inspirada por un ser de carne y hueso, del pueblo de Patillas, Puerto Rico. Un genio como pocos.

El apoyo vital para que Alberto ascendiera a las más altas cumbres de la canción popular, una vez llegado a España desde Bélgica, fue el genio musical también argentino -quien lo precedió en el viaje a Europa- Waldo de los Ríos, músico, arreglista, director de orquesta sinfónica, quien en el año 1977 sorpresivamente se suicidó del mismo modo que en su momento también lo hizo Ernest Hemingway, mediante el uso de una escopeta.

A quien conoce la obra monumental de Alberto, compacta, anualmente ascendente en todos los órdenes, se le hace difícil creer que sus primeras grabaciones, con las que se dio a conocer originalmente, fueron una serie de tonterías tituladas Me lo dijo Pérez, el Sucu Sucu y Las Palmeras: algo que parece contradictorio, si se sabe que ya había escrito, por ejemplo, temas como Un cigarrillo, la Lluvia y tú”, superiorísima, a sus 14 años de edad.

¿Qué o quién lo llevó a grabar el Sucu Sucu en el año 1963? Para peor, digo yo, lo pegó y fue un éxito.

Toda vida humana tiene enigmas. Este es para mí un enigma en la vida artística de Alberto.

Lo que estimuló a Alberto en las creaciones posteriores, un punto de inflexión hacia la grandeza consagratoria, fue conocer a su llegada a Bruselas, por donde entró a Europa, la obra del belga Jacques Brel, cantautor, actor de teatro y cine, y director cinematográfico que le ponía a sus canciones mucho dramatismo actoral. Murió en el pico de su fama mundial, a los 49 años de edad.

Muchos desconocen que el chileno Antonio Prieto, quien se lanzó al estrellato en América con la canción titulada La Novia -escrita por su hermano Joaquín Prieto y que la popularizó en Puerto Rico el cuarteto Los Hispanos- también se había ido un tiempo antes que Alberto a Bélgica y que gustó tanto como intérprete por allá que se quedó por el resto de su vida.

Pocos saben, por consiguiente, que Alberto le hizo a Antonio una canción titulada Carta a un artista, en homenaje y muestra de agradecimiento porque fue quien desbrozó el sendero por donde luego él pasó hacia la gloria en su arte.

La canción, muy linda, muy grande, muy generosa, dice en partes -y lo voy a escribir al modo de una carta, como se titula:

“Yo te saludo, hermano, desde algún escenario que tu andariega planta habrá pisado ya, un sincero recuerdo, en un sincero abrazo, unos minutos antes de salir a cantar”.

“Yo te debo bastante y sé bien que te debo; quisiera devolverte siquiera la mitad”.

“Somos tan diferentes y, sin embargo, puedo, decir que somos trigo, que amasa el mismo pan”.

En Alberto Cortez, a mi juicio, se conjugaban una personalidad elegante, agradable, distinguida, con alrededor de seis pies y tres pulgadas de estatura, estudios de voz, piano y guitarra en los conservatorios de su pueblo natal, Rancul, y el Conservatorio Chopin en Mendoza, donde estudió piano con el maestro Robert Whermouth, sobresaliente poeta (algunas letras de sus canciones son de los mejores poemas que he leído) y un razonable concertista de piano, con mucha sensibilidad.

Además, fue un gran cantante, con influencias de la música campesina de La Pampa, junto a sus amigos y colaboradores Atahualpa Yupanqui y Mercedes Sosa, y también del tango citadino del inmortal Carlos Gardel.

Llevaba en sus alforjas muestras de lo bueno de su gran país, que le ha dado al mundo un Morocho del Abasto, una Evita, un Astor Piazzolla, un Alfredo Di’Steffano, un Diego Maradona, un Leonel Messi, un Che Guevara y un Papa Francisco.