Recuerdo que al fin llegué: así fue mi primer viaje de Isabela a Ponce

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Nota del Editor: El connotado abogado y autor isabelino-ponceño ha retomado su pasión por las letras y a partir de esta semana comparte con los lectores de La Perla del Sur una serie de columnas en las que revive memorias y anécdotas que ameritan ser atesoradas.

“El triunfo de un jíbaro, no importa si no es de allí, en Ponce le dan la mano y lo hacen sentir feliz”. – César Concepción

Allá para el mes de agosto del año 1957 del siglo pasado, cuando comencé a viajar hacia Ponce desde Isabela, mi pueblo natal, con motivo de estudios, todavía todas las carretera estatales -salvo la correctamente llamada “militar” que discurría desde las Bases de San Juan hasta la Ramey de Aguadilla-  pasaban por el centro de los pueblos.

Era una política de gobierno que perseguía el objetivo de estimular el comercio local.

Así las cosas, las carreteras estrechas, llenas de cuestas y curvas, y los tapones del tránsito en el centro de cada pueblo atravesado, prolongaban fatigosamente los viajes.

Máxime si se iba trasbordando, como era mi caso, joven de 17 años de edad, al que su padre no le parecía recomendable comprarle un automóvil.

Salía de mi hogar, frente a la Plaza Corchado y pegando con la Casa Alcaldía del pueblo, con un taco en la garganta, como Lloréns Torres de Collores, los días domingo, pasado el mediodía, en una guagüita baya, digo, en una de aquellas guagüitas públicas cuyos laterales eran de madera, la que me dejaba en la Plaza de Aguadilla para que desde allí hiciera el primer trasbordo hasta Mayagüez.

Atravesábamos Aguada, con su olor a pudín Oasis por todo su contorno urbano, y el pueblo de Rincón, hasta llegar a la calle Post  -hoy calle Betances- de Mayagüez.

Aquí la espera siempre era larga y tediosa. Con suerte, ahí trasbordábamos hacia Ponce, si no, hasta San Germán, ciudad que en ambas opciones atravesábamos.

Seguían Sabana Grande y Yauco, si el Río Loco nos permitía pasar; luego Los Sitios en el pueblo de Guayanilla y finalmente Ponce, junto a la vía del tren, por toda la orilla del mar.

Las primeras veces que -para matricularme una y otra para conseguir un hospedaje- mi padre nos trajo, lo hizo en su guagüita Jeep-Willys, color vino tinto, propia de su condición de agricultor. Recuerdo que me acompañó el hoy cirujano maxilofacial y también residente en Ponce, el doctor Giordano San Antonio Mendoza, mi amigo entrañable desde el séptimo grado de la escuela intermedia hasta la graduación de la escuela superior.

Discurríamos desde Guayanilla, rasante con la vía del tren que había dejado de existir hacía unos cuatro años, por toda la orilla del mar.

Entramos a Ponce por el sector Los Pámpanos, por detrás de lo que hoy son unos dealers de venta de automóviles. Todavía hoy queda allí un buen pedazo de aquella carretera, pero está cerrada al tránsito.

Recorrimos Pámpanos hasta el Parque Paquito Montaner, que todavía era una novedad, doblamos hacia la derecha con rumbo a la calle Villa, por la que llegamos al centro de la ciudad, de frente a las estructuras neoclásicas del Banco de Ponce y el Crédito y Ahorro Ponceño, que me impresionaron hondamente por su majestuosidad y porque las veía de niño fotografiadas en unos calendarios que le enviaba a mi padre, cliente suyo, el corredor de seguros aguadillano, Amauri Boscio.

En definitiva, fui a hospedarme en la casa de doña Julia Ríos, en la O-19- B de la urbanización Villa Grillasca, donde solo estuve un semestre, ya que la dueña pasó a trabajar en la entonces llamada Universidad Santa María y cerró el hospedaje.

Adolescente nacido y criado en un pueblo pequeño, tres cosas me impresionaron de entrada de aquel hospedaje: primero, y sobre todo, que mi compañero de hospedaje y de habitación era Gonzalito Diago, quien había sido el Novato del Año en el Baloncesto Superior Masculino, jugando con Santurce, cuatro años antes.

Yo fui un baloncelista malo (solo tenía  buen tiro, por “come-cancha”), pero el baloncesto, al que le debo mucho, era una pasión en mi vida.

En segundo lugar, los dos hijos de doña Julia eran radioaficionados, por el sistema de comunicación llamado en Puerto Rico K-P-4. Para mí, aquella continua comunicación de estos dos jóvenes, con lugares insoñados, era algo del otro mundo.

En tercer lugar, la casa que pegaba con la nuestra, formando esquina con la Escuela Juan Cuevas Aboy, era el hogar del locutor radial Bobby Díaz, quien cada mañana hacía un extenso programa radial por la emisora Radio WISO.

Ese mundo de la radiocomunicación de los dos hijos de la señora, uno de los cuales, Guillito, se hizo médico especialista y el otro, hasta donde sé, se fue para siempre a los Estados Unidos, y el programa por la radio AM de Bobby Díaz, sumado al Novato del Año de 1953, al que vi jugar con aceptación más de una vez en el tabloncillo que se ponía en el terreno de juego del Parque Sixto Escobar, era una súbita y alucinante experiencia para mí: la misma que me provocó pensar hace 63 años atrás: “Ponce, nos vamos a llevar bien”.