Recordemos al ponceño Tommy Muñiz: en la antesala a su centenario

En las páginas 107 y 109 de su libro autobiográfico titulado “Así he vivido”, él mismo nos relata lo que vivió el día de la Masacre de Ponce. Entonces tenía 15 años.

Foto suministrada

“Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan”.

Federico García Lorca

A Osvaldo Rivera Soto, custodio de la memorabilia de don Tommy Muñiz en el Archivo de Medios Audio-Visuales de la Escuela de Comunicación Pública en el Recinto de Río Piedras de la UPR, quien realiza su labor con tanta devoción.

En una columna anterior que trató sobre el comediante ponceño Edwin “Genovevo” Gutiérrez, adelanté que a partir del 4 de febrero de 2022 se estará conmemorando durante todo el año el centenario del nacimiento en Ponce de Lucas Tomás Muñiz Ramírez, mejor recordado como “Don Tommy”.

Como aperitivo para esta conmemoración, que comenzará dentro de diez meses, voy a adelantar sobre su trasfondo familiar y su nacimiento en Ponce en el año 1922, hasta que la familia se fue a San Juan cuando él tenía dos meses de edad.

De la capital, todos viajaron a Nueva York hasta el año 1926. A sus cinco años de edad, Tomás regresó en el vapor Coamo junto a sus dos hermanas, Carmen y Marjorie, volviendo a Ponce hasta el hogar de su abuela paterna, Isabel Muñiz Souffront.

Transcurrido un tiempo, la familia volvió a mudarse a la zona Metro. Específicamente, a la calle Lutz en barrio Obrero, en el sector llamado Las Palmas.

Más tarde, se mudaron a la Parada 22, a pasos del Hospital Pavía, antes Hospital Díaz García.

De ahí pasaron a la urbanización Floral Park en Hato Rey, de cuya urbanización era dueño don Rafael María Schuck Souffront.

El padre de don Tommy, don Tomás, era el administrador de la urbanización, que para el año 1927 ya tenía 55 casas.

Puesto que su padre, además de maestro de escuelas en Arroyo y en Peñuelas, era corredor de bienes raíces, todos vivieron en varias casas en esa naciente comunidad.

La primera casa que ocuparon estaba en la calle Sierpes, luego llamada calle Pachín Marín, y en esa misma calle llegaron a mudarse tres veces, porque su papá compraba aquellas viviendas, las mejoraba, las vendía, y compraba otra más adelante en la misma calle.

Durante todo ese tiempo, don Tommy regresaba continuamente a Ponce, “durante los veranos y en ocasiones especiales”, a visitar a su familia.

Entre aquellas experiencias vividas durante sus cíclicos regresos a su ciudad natal, hay sobre todo una muy dramática, que él mismo nos contará, más adelante en este escrito.

Los padres de don Tommy, doña Monserrate Ramírez Silvestry, conocida por todos como “La Nena” o “doña Nena” y don Tomás Muñiz Souffront, oriundos del pueblo de Cabo Rojo, también vivieron en Ponce.

En los altos de una casa, ubicada en el que entonces era el número dos de la calle Villa, esquina Capitán Correa, vivían dos tías paternas suyas, Consuelo Muñiz de Gorbea, y su hermana, Carmen Muñiz, además de dos primas, Chelo y Lorence Gorbea.

El 4 de febrero de 1922, su abuela paterna, doña Isabel Muñiz Souffront, también estaba presente en la misma habitación de aquella casa, toda vez que “La Nena”, Monserrate Ramírez Silvestry, estaba dando muestras de que iba a dar a luz en muy breve tiempo.

Dada esa evidente cercanía del alumbramiento, don Tomás Muñiz Souffront, padre de don Tommy, salió “raudo y veloz” junto a don Carlos Garay en su coche, personalmente conducido por el legendario cochero, trajeron a la comadrona y con su auxilio nació otro hito en la mítica Perla del Sur: el polifacético artista y amplio empresario del mundo del espectáculo, don Tommy Muñiz.

Así, aunque con distintas palabras, lo narra el propio Tommy en sus memorias, publicadas en el año 2008 por Aguilar y Ediciones Santillana, de cuyo libro tuve el inmenso honor de escribir uno de sus tres prólogos.

Los otros dos los escribieron Mercedes López-Baralt y Silverio Pérez.

¡No es concebible, pienso yo, por decirlo de alguna manera, una forma más ponceña de nacer que hacerlo en la calle Villa, entonces número dos, esquina con calle Capitán Correa, mediante el auxilio de una partera ponceña que llegó a la casa a todo trote en el Coche de Garay! Dígame usted si la hay.

Entre los familiares de don Tommy que aún hoy viven en la ciudad, puedo puntualizar a Glennie Muñiz Martínez, quien tiene una hermana de doble vínculo, Glesie Muñiz Martínez, también nacida en Ponce, pero hoy residente en el Área Metropolitana.

Glennie es la esposa de un querido amigo, abogado y deportista -sobre todo tenista y nauta- sobrino de don Tito Castro, el licenciado Athos Castro.

Glennie vivió en la casa antes aludida, donde en un tiempo se despedían los duelos de los sepelios.

Amigos de mi edad, como Tuto Giménez y César Hernández Colón, me reafirman hechos que me habían suministrado otras fuentes, en el sentido de que en la parte baja de aquella casa, que ya no existe, se vendía todo tipo de excedentes militares como cantimploras, balsas marinas, mochilas, botas, ropa de camuflaje y caretas antigases.

Lo digo porque esto puede despertar el recuerdo de los de mi edad, que para entonces estaban en Ponce.

Debe quedar muy claro, en justicia, que las hermanas Glennie y Glesie Muñiz no son los únicos familiares vivos de don Tommy, netamente ponceños. Hay más.

A manera de ejemplo, en la calle San Rogelio de la urbanización Santa Teresita vive Marangely Muñiz Baerga, hija de Luz Baerga de Patillas, y de Lucas Muñiz, primo de don Tommy (curioso: los mismos nombres de don Tommy y de su esposa).

Doña Luz María García de La Noceda, esposa de don Tommy, y él adoptaron emocionalmente a  la hermana de Marangely, Luz María “Ruby”, quien para todos los efectos hoy es la hija mayor de la prole del núcleo familiar.

Investigando para hacer este escrito consulté con Rafo Muñiz, hijo menor de don Tommy, una corazonada que tenía y que nadie me había podido aclarar .

En el primer lustro de la década del 1950, hubo un artista ponceño, típicamente señorial, quien tocaba muy bien el piano, cantaba y era buen compositor. Su padre tenía un colmado que colindaba con El Café Plaza, frente a la Plaza Degetau.

Una de sus canciones, titulada “Qué tendrán tus ojos”, la hizo bien famosa el Cuarteto Los Borincanos: un tema que todavía hoy los tríos la tienen en sus repertorios regulares.

Este carismático artista ponceño llevaba por nombre artístico “Tabaco” Muñiz. Su nombre completo era José Muñiz Agostini.

Me llamaba la atención su apodo “Tabaco”. Algo similar ocurría en Cuba con uno de los mejores trompetistas de su historia musical, componente de las mejores orquesta cubanas de su tiempo, y entrado ya en años corrió medio mundo como miembro del Buena Vista Social Club: “Chocolate” Armenteros .

“Tabaco” ganó aún mayor notoriedad porque en el año 1953 hizo junto a Diplo (entonces de 44 años) y a Eugenio Guerra (entonces de 49 años de edad) la marcha entre San Juan y Ponce para recaudar fondos para la lucha contra el cáncer: una en la que aún estamos enfrascados sin el triunfo rotundo que le pedimos a Dios.

La cosa ocurrió así. Diplo, quien estaba en la cúspide de su bien merecida fama, dijo públicamente que si alguien aportaba la suma de mil dólares para la campaña, que entonces era una cantidad considerable de dinero, él caminaba desde San Juan hasta Ponce.

La empresa ponceña Monllor y Boscio, institucionalmente, dijo que los aportaba.

Hecho el acuerdo entre ambos, acompañaron a Diplo durante toda la ruta, por la carretera de La Piquiña, el deportista Eugenio Guerra y el artista “Tabaco” Muñiz. Esta caminata catapultó la fama en todo Puerto Rico de Tabaco Muñiz.

Lo recuerdo como ahora: tenía 14 años de edad y vivía en Isabela.

La segunda caminata, con igual propósito, la realizó en el 2009, el también comediante Raymond Arrieta y luego lo ha hecho varias veces más.

Algún tiempo después de aquella primera caminata, a “Tabaco” se le imputó y se le probó judicialmente que en un irracional arrebato de celos privó de la vida a su esposa. Con ello, descendió en picada desde el alto promontorio de la fama, hasta el fondo del abismo, en el repudio, el rechazo o la indiferencia.

Fue internado en la cárcel de El Castillo, hoy Escuela de Bellas Artes en Ponce, en las calles Lolita Tizol y Castillo, al lado del Parque Charles H. Terry.

Cuando comencé a practicar mi profesión de abogado e iba a la cárcel de El Castillo, para trámites de fianzas y excarcelaciones, lo conocí.

Era un hombre de piel muy blanca, de mucha prestancia física y exquisitos modales.

Había creado en la cárcel un Combo Musical, junto a dos de los mejores trompetistas de su tiempo, Carmelo Rivera y Rogelio “Kito” Vélez, quienes en distintos momentos formaron parte de la Orquesta de César Concepción, la Sonora Ponceña y El Combo de Cortijo. Ambos también cumplían sentencias.

Por asociación de ideas, siempre sospeché que “Tabaco” y don Tommy eran familia, pero me equivoqué. Solo fueron compueblanos y compañeros de trabajo en la farándula.

Puedo comprender que este hecho no tenga, para las generaciones que han seguido a la mía la importancia que tiene para mí, que supe de él cuando era noticia de primera plana, y luego le conocí personalmente, como dice el tango, cuando “el destino cruel hacia el abismo nos tira”.

Pero volviendo a Tommy, en las páginas 107 y 109 de su libro autobiográfico titulado “Así he vivido”, él mismo nos relata que entre las ocasiones especiales en que venía a Ponce a “…visitar a la familia de mi tío Pancho…”, “nunca podré olvidar la visita de 1937”.

Para entonces, él  tenía 15 años de edad, añadimos nosotros.

“El automóvil de mi tío Pancho Muñiz salía de la calle Villa, esquina Capitán Correa, en Ponce, parecía una lata de sardinas ‘averigüás’ camino de la playa”.

Era el 21 de marzo de 1937, Domingo de Ramos, y se dirigieron a la Playa de Los Meros, apuntamos.

“Cuando el automóvil llegó de vuelta al pueblo con sus sardinas, una pared de policías armados nos cortó el paso:

– ‘No se puede entrar al pueblo’.

La familia, como tantas otras, argumentó:

-‘¿Cómo que no se puede? ¿Cuándo se va a poder? ¿ Si quiero llegar a casa, cómo lo hago?’

-‘Háganlo a pie’.

Así lo hicimos: descalzos, a medio vestir y cansados; como se llega de un día de playa. Pero esta vez algo terrible, que recordaríamos toda la vida, desgarró los corazones de muchas familias puertorriqueñas. Éramos, sin saber cómo ni por qué, testigos de uno de los momentos más trágicos de nuestra historia: la Masacre de Ponce”.