Proclaman a los ganadores del Primer Certamen de Cuento

“Si nos dañan, reclamaremos lo nuestro. Si nos dañan, los que sufrirán serán los tuyos. Si nos dañan, habrá muerte y no vida”.

Foto suministrada

Tras la exitosa Feria del Libro 2017 de la Pontificia Universidad Católica en Ponce, sus organizadores anunciaron los ganadores del Primer Certamen de Cuento: reto que este año se centró en los temas de la ecología y la literatura.

Como adelantó la catedrática auxiliar del Departamento de Estudios Hispánicos, María de los Ángeles Pastor, los afortunados fueron Lyann Lugo Esteva, adscrita al Colegio de Educación, quien ganó el primer lugar de la competencia con el cuento “El Ki’ de Borikén”.

Asimismo, indicó que el segundo premio recayó en la estudiante de Estudios Liberales, Dollys Morales Miranda, con el ensayo titulado “Nueva Tierra”; y el tercer lugar fue para Christian G. Pagán Medina, estudiante del programa graduado de Biotecnología del Colegio de Ciencias, autor del cuento titulado “El Agricultor”.

Para el certamen, el jurado integrado por la doctora Ivelisse Collazo, el doctor José Iván González y la profesora Beatriz Navia, valoraron desde el manejo de la temática, hasta el tono narrativo y la capacidad para capturar la atención del lector.

Las tres piezas galardonadas se reproducen a continuación.

A partir de la próxima semana, además, podrán ser apreciados los textos ganadores del Certamen de Poesía.

El Ki’ de Borikén

Primer lugar Certamen de Cuento

Por Lyann Marie Lugo Esteva

Ama, Ana y Guatu’ eran grandes y poderosos sobre Borikén. Dominaban cada extremo de esta tierra.

Ama dominaba los cuerpos de agua; ella era como el cristal donde el cielo azul fijaba siempre su rostro.

Ana era una damisela y diseñaba cada flor de la hermosa isla.

Guatu’ era el más llamativo, su luz lo llenaba todo, al punto que su gran pasión los consumía.

Un día, como hoy o como mañana, a las seis o a las 7, de la nada Anki, ohh Anki. Era uno de los fenómenos más horripilantes en Borikén. Hace unos meses que no aparecía por Atabey y todos solo querían que su presencia fuera eliminada.

Anki era alto, con largas formas como extremidades, tenía la habilidad de tomar la forma corporal que quisiera; siempre era atento a qué nueva criatura o recurso comenzaría a devorar para jactarse de ella. Pero tan pronto Anki llegó a la isla se dio en la torre de aviso una gran alerta.

Guatu’ era el vigilante y lanzó una llamarada de fuego alertando que se acercaba al bosque un gran enemigo. Guatu’ voló en llamas hasta sus amigas avisándoles que vio a Anki acercándose con mucha cautela.

Ama y Ana se miraron, y sus rostros comenzaron a despintarse, no sabían que hacer. Pero Guatu’ las tranquilizó y les ofreció una idea para que Anki se fuera y dejará de dañar la vida sobre Borikén.

Ágilmente comenzó a planificar una estrategia para vencer a Anki. Guatu’ les decía: “Anki solo es uno, sabemos que es grande en su poder para destruir, pero nosotros somos muchos, unamos nuestros poderes contra él y lo venceremos.”

Ama y Ana estuvieron de acuerdo, así que hicieron un anuncio en el Gran Sitio de las Aguas Sagradas pidiéndole a Bagua, Bara, Caribe, Ciba, Jiba y a los demás que se uniesen en la lucha contra Anki.

Todos aceptaron e hicieron un ritual de unidad donde, formando un círculo, se unieron haciendo solo uno llamándose el Ki’. Anki llego hasta Atabey y vio que no había nadie y el comenzó a decir en tono de burla: “He perdido mi tiempo, ya los pájaros estos se han ido. Ahora puedo hacer y deshacer”.

Pero de momento emergió una gran voz desde la profundidad de Borikén. Surgió el enojo del Ki’ por medio de fuego, por medio de un manto de agua que aferró por completo toda la tierra.

Anki se sorprendió de tal poder y solo podía decir: “Pero ¿qué es esto? No entiendo si yo tengo el poder para destruir cosas. ¡Pero a ti! ¿De dónde ha salido tal fenómeno como tú?”

El Ki’ se conmovió y mostró en su interior un reflejo en donde se veían todos los componentes de Atabey unidos con el mismo propósito.

Anki los miro y tuvo temor, pero comprendió que por más que tenga el dominio y atemorice a todos, de la naturaleza y de sus componentes no se puede escapar.

Anki se postró y clamó pidiendo misericordia a el Ki’. El Ki’ hizo que Anki hiciera una promesa diciendo: “Enseña a tu descendencia que del Ki’ y su poder dependen. Si nos dañan, reclamaremos lo nuestro. Si nos dañan, los que sufrirán serán los tuyos. Si nos dañan, habrá muerte y no vida”.

Anki comprendió y cuido de Ki’ hasta sus últimos días de vida; y enseñó a su descendencia el gran amor y temor que le tenía.

 

Nueva tierra

Segundo lugar Certamen de Cuento

Por Dollys Morales Miranda

– Señor, ¿me puede decir cómo eran las flores en la tierra?

No pude evitar mirar de dónde venía esa voz tan argentina y diminuta que se dirigía a mí con respeto. Igual le miré algo superficial y seguí tallando la piedra. Volví a escucharla.

– Señor, por favor ¿cómo eran las flores? ¿Alguna vez vio una? Me urge soñar, no tengo mucho tiempo -me dijo.

No sé si por salir del paso, pero esta vez la miré a los ojos. Era pequeñita y de mirada inquieta, ávida de saberlo todo. Apenas unos 10 años creo.

Por momentos sus ojos se llenaban de un opaco brillo que delataba su desdicha y su impaciencia. Al parecer estuvo llorando. Sus ojitos tiernos y sufridos eran en sí un universo de interrogantes que me arrebataron el alma en el momento.

Solo con la mirada lo sabíamos todo, sin decirnos nada. A veces, solo en el silencio se tienen los mejores coloquios del alma.

– Las flores fueron solo flores – le dije a la niña con algo de vergüenza; no es fácil recordar con dolor que no pudimos hacer nada por salvar la tierra.

Fue hace tantos años que ya lo había olvidado. En realidad el dolor jamás se olvida, digamos que lo guardé muy dentro de mí.

– Es que aquí todo es tan gris y triste, la vida sin flores no tiene sentido – me dijo al tiempo que brotó de ella un mar de cristal salado, tan incontenible que terminamos los dos en el Valle de la Sombra.

Otra vez se hizo el silencio. Quedamos sentados en una pequeña loma con vista al infinito y desde ese lugar, con el dolor más solitario, vimos a lo lejos, unos 1,000 años luz, lo que fue una vez nuestra casa, nuestro planeta tierra y que ahora era solo un gran hueco fríamente oscuro, en medio de un universo que seguía su curso. Era solamente un hueco sin esperanza.

-¿Qué pasó allá? Mi madre me contaba cosas que le contaba a ella su padre y que su padre escuchó de su abuelo viejo como ella me decía. ¿También tú eres un abuelo viejo?- me preguntó la niña de rizos sueltos y nariz respingona. La miré con cariño.

-Si soy un abuelo viejo muy viejo- le contesté a la vez que me reí de su ocurrencia.

-Cuéntame, ¿que pasó allá en la tierra?- me preguntó una vez más.

-¿Cómo te llamas? Me haces muchas preguntas, ¿sabes? y ni siquiera sé tu nombre. Yo me llamo Sabas.

-Y yo me llamo Nadja, significa esperanza. Me lo dijo mi madre. Hace ya tanto tiempo que me lo dijo, ¡cómo la extraño! Ella era mi flor favorita.

-Las madres son las mejores flores, Nadja- Le dije con ternura.

-Sí y la mía cerró su capullo y jamás abrió. Solo antes de cerrarse para siempre me dijo al oído: “tú eres Nadja y lo serás para todos los que viven aquí”-.

Calló un instante y luego dijo: -Pero anda, cuéntame lo que pasó?- insistió.

-Lo que pasó no sucedió en un día ni en dos, fueron muchos años de equivocaciones. Hace mucho tiempo cuando los seres humanos se olvidaron de Dios, se volvieron soberbios y desafiantes, entonces hicieron del mundo un mar de confusión y odio, no respetaron la vida, secaron sus ríos y contaminaron sus océanos, matando así todas las especies del cielo, la tierra y el mar.

El tiempo en aquel planeta se había acabado, la hora cero marcó el minutero del pentágono y mi padre, el comandante en jefe, con unos pocos científicos, grandes pensadores, hombres de bien y sabios, junto a sus familiares inmediatos escogidos para la misión, viajamos en seis naves hasta llegar aquí a Gliese 581.

Una séptima nave, la más grande, llevaba todo lo que te puedas imaginar para sobrevivir, incluso algunos animales en pares para su reproducción y otros recursos vitales para poder subsistir, pero nadie pensó traer semillas de flores.

Al menos, aquí la vida es sagrada y vivimos en armonía, justamente con lo necesario. ¡Es nuestra casa común! la casa de todos. Nos cuidamos de no echarlo a perder una vez más. Cuando vives en tierra extraña te das cuenta de lo que perdiste. ¡Si pudiera dar vuelta al pasado! Si tan solo…

-Sí pero aquí no hay flores -dijo Nadja- y yo quiero flores por todos lados. Quiero colores que revolotean amando al viento y colores quietos que se dejen amar por él. Quiero perfumes, aromas de nardo y jazmín, quiero capullos alegres en cada espacio de Gliese. Ese era también el deseo de mi madre, ¡la flor más bella que tuve!- dijo con voz solloza y entrecortada.

Una lágrima bajó muy lentamente por su mejilla pálida mientras que, con su tierna mano intentó tocar su pecho herido de nostalgia.

No pudo sostenerse, languideció y cayó suavemente al suelo gris y húmedo, quebrándose toda ella y esparciéndose por toda la tierra como semillas que al instante brotaron alegres en estallidos jubilosos.

Millares de nardos y jazmines y otras muy bellas cubrían el planeta llenándolo de tantos colores como sueños tuvo Nadja.

Se respiraban los más placenteros aromas que mariposeaban entre el viento, extasiando a todos los habitantes iluminados al instante por rayos de esperanza.

El perfume de Nadja quedó impregnado en el recuerdo de los seres que allí vivían el sueño de una nueva tierra.

 

El Agricultor

Tercer lugar Certamen de Cuento

Por Christian G. Pagán Medina

Prohibido por nuestra ley ha quedado estipulado que bajo ninguna circunstancia un humano puede crecer su comida. Toda comida debe ser adquirida a través del suministro social dado por nuestro santísimo rey.

Aquel humano capaz de desafiar la ley enfrentaría el castigo de su majestad, aunque siempre existe un alma que se atreve a sembrar.

Allá por la época de piratas y mapas de papel se remonta esta la historia del humilde campesino.

Leonardo y su esposa Isabela vivían en una choza con techo de paja que estaba amarrada a pedazos de madera cortados en sesgos y montados como rompecabezas. Ella se dedicaba a su hogar mientras que él trabaja en todo aquello que el rey ordenara.

Vivían un tanto lejos de la ciudad, pero nunca del ojo de su rey. Casi a diario los Corsarios de Metal vigilaban estas aldeas lejanas, tomando cuenta de los quehaceres campesinos.

Ese mediodía, cuando pasaban los caballeros armados, llevaban a una pareja en la carreta de madera que, dando bandazos, contaba los últimos latidos de sus prisioneros.

–“¿Hasta cuándo Isabela? ¿Cuántos más deben morir por tal insignificancia?”, dijo Leonardo dejando sentir su voz entrecortada.

Isabela miró al matrimonio, luego a su esposo y dijo: “Leo, debes abandonar la idea. Desecha los árboles”. Prontamente, Leonardo respondió: “¿Para morir de hambre? Jamás. Nuestro hijo merece mejor vida”.

Mientras los corsarios continuaron y se alejaban, las personas de la aldea se acercaban a la choza de Leonardo.

–“¿Avistaron tu cosecha Leo?”, preguntó Josefina mientras su esposo le hacía manos para que callara.

­–“Al parecer no han visto nada, pero os ruego que nunca lo vuelva a decir. Estaríamos en grave peligro. Ya suficiente susto con aquel día.”

Al momento de terminar su última palabra, Josefina se volteó y se dirigió a su hogar, haciendo señas con su mano en gesto de cuidado.

Pasaron los años, ya Sebastián cumplía sus once años y fueron muchas las batallas que Leonardo enfrentó junto a su hijo.

Isabela había fallecido en un ataque del Mando Real, plagas acabaron con cosechas, las inundaciones hacían cerca de imposible mantener viva la producción, varias veces la cosecha estuvo por descubrirse.

Además, las constantes amenazas de los vecinos para que se les brindara comida mantenían al agricultor insomnio. Pasando las noches pensado en su amada, pensando en dejar la cosecha y escapar con su hijo de la injusticia de la vida. ¿Por qué nunca podemos ser conformes con nuestras posesiones?, pensaba Leo, estoy cansado de luchar.

Al día siguiente, justo cuando el Sol acaricia el medio del cielo, aparecieron los habituales, Josefina con su esposo, el mendigo, el viudo y los carroñeros que se acercaban lo suficiente, por eso de que cayera algo.

Sin embargo, ese día ya no quedaba nada para darles. Leo les suplicó y les imploró paciencia: todo esto a oídos sordos. “Jamás debimos confiar en ti. ¿Desafiando la ley y no tienes nada para comprobarlo?”, gritaba Josefina y justo después suavemente añadió el mendigo “¿acaso ni una raja de pan tienes?”.

–“Hoy les debo todo. ¿Acaso perdieron memoria de la tormenta que se ha llevado la comida?”, dijo Leo.

–“Esto es imperdonable, ¡tú estabas a cargo de mantenernos!”, dijo rabiosamente Josefina.

–“¡Sí!” añadió el viudo. Mientras a la cercanía se escuchaba una voz que decía: “¡decid la noticia al Rey!”

–“¿Decid que noticia al Rey?” se hizo escuchar una voz a lo lejos. En espanto las personas se voltearon a ver la cara de dos Soldados de Metal. Josefina levantó una ceja y gritó: “¡Este hombre comete una falta ante el Rey! Este mantiene una cosecha de verduras”. Todos, casi en unísono, gritaron firmemente “¡sí!”.

–“A ver, diríjame hacia el mismo”, dijo un Soldado, a lo que tres de ellos señalaron la parte más trasera de la choza del techo de paja.

–“¡No! ¡Por favor, os ruego!” gritaba Leo al Soldado. “Sebastián, ve a tu área. Papá vuelve ahora”.

Los Soldados se hicieron paso hacia el cuadro donde se mantenían escondidas las verduras. Un soldado levantaba una rama cubierta de un manto que le derramaba un líquido mientras el otro soldado encendía fuego.

Los ojos de cada uno se hacían brillar como la caída del Sol. Los vecinos silenciosamente celebraban la venganza contra Leo por no darle sus comida, mientras las lágrimas del agricultor hacían cenizas.

De repente, Leo sintió una fuerte sensación de frío corriendo por su hombro derecho. A su sorpresa, al mirarse, una espada yacía entre su cuello y oreja; desde la cortina de la puerta su hijo miraba.

Un soldado levantó al campesino y el agricultor quedó allí arrodillado. Arrastrado por el suelo como grama recién cortada se llevaron a Leo. “Hijo mío, perdóname”, gritó Leo cuando sus ojos se cegaron.

“¡Padre! ¿A dónde se lo llevan?”

Leo fue llevado a un calabozo donde pasaría el resto de sus días, mientras su hijo crecía en aquella choza de paja. Los vecinos, arrepentidos, acogieron al niño y los años pasaron sin palabra de Leo.

Sebas estaba arrodillado frente a un parcho de zanahorias cuando una sombra acaparó su cuerpo y al voltearse se aguaron sus ojos y lágrimas escaparon de su alma.