Paoli y Albizu: dos ponceños de dimensiones continentales

Paoli era un hombre imponente, de corpulencia tal que fue hasta boxeador profesional, de mirar altivo, orgulloso de sus dones y sus logros, y de haber compartido con papas, zares y emperadores.

foto suministrada

“Puerto Rico solo tiene tres figuras de dimensiones continentales: Albizu, Hostos y yo; y se las he mencionado en orden de méritos”.

Antonio Paoli

A Néstor Murray Irizarry y a José Manuel López Jiménez, quienes han consagrado sus vidas a mantener viva y a proyectar hacia el futuro la vida y ejecutorias del inmenso tenor Antonio Paoli, “El León de Ponce”.

Dedico este escrito a dos seres humanos que, a su vez, han dedicado sus vidas a mantener la vigencia de la meritísima figura de “El Rey de los tenores y tenor de los Reyes”, el ponceño Antonio Emilio Paoli Marcano.

Les conocí, por separado, durante mis siete años de estudios en la hoy Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico y a comienzos del ejercicio de mi profesión.

A Néstor, ponceño, a quien le llevo siete años de edad, le conocí cuando él muy jovencito hacía sus primeros pininos por los senderos de la cultura nacional, con una vocación que saltaba a la vista.

Desde que cursaba sus estudios de escuela superior, capitaneaba un grupo de “Jóvenes Pro Cultura Puertorriqueña” y tuve el honor de dictarles una conferencia sobre nuestra cultura, en el llamado Anfiteatrito del Nuevo Parque de Bombas, en la calle Cristina, frente al Teatro La Perla, hace ya más de 50 años.

Jesús Manuel, cuatro años mayor que yo, es oriundo de Orocovis, ingresó a sus estudios de bachillerato en la entonces llamada Universidad Santa María de Ponce, un año antes que yo; escribía para La Nao, el periódico universitario, y se graduó en el año 1960.

Néstor rescató en el año 1987 la casa que era el hogar del tenor y su familia, hoy en la calle Mayor 2648 de Ponce. Admás logró, junto al Grupo de Jóvenes Pro Cultura Puertorriqueña, que la casa se convirtiera en museo, y desde esa plataforma de despegue ha apuntalado consecuentemente la Historia de Ponce y de Puerto Rico, sobre todo su folklore, durante muchos años.

Ya están trabajando diligentemente en la organización del 150 aniversario de su natalicio, a conmemorarse el próximo 14 de abrli de 2021.

En lo que respecta a José Manuel, ha viajado por el mundo, pisando los mismos escenarios desde los que cantó Paoli, retratándolos, recopilando memorabilia y testimonios, dictando charlas y conferencias sobre él, recobrando auténticas grabaciones de época de Paoli, y es autor de un libro colosal de tamaño, peso y contenido, de un pie por ocho pulgadas de tamaño, 921 páginas de extensión, con 425 fotografías y documentos, que pesa lo que usted no puede imaginar.

Es una especie de museo portátil, por describirlo elogiosamente.

Cada uno de los ejemplares está numerado y lleva la abreviatura del autor, de su puño y letra, en su colofón.

Mi ejemplar, por ejemplo, es el número 153, y me lo regaló, dedicado por el autor, en el mes de noviembre de 1997, mi ahora fallecido hermano, Efraín Vassallo Ruiz. Dóblemente exquisito recuerdo.

En el año 1922, Paoli regresó temporeramente a Puerto Rico, coronado por toda gloria y honores mundiales, camino de la ciudad de Nueva York, donde habría de presentarse -no en el Metropolitan Opera House, que a todas luces era lo indicado- sino en el Brooklyn Academy Hall.

Es un secreto a voces que el tenor Enrico Caruso era uno de los accionistas de esa prestigiosa sala (Metropolitan), por lo que a Paoli nunca se le dio acceso a ella.

En San Juan, se le recibió con toda la resonancia que ameritaba la ocasión y ofreció dos presentaciones en el Teatro Municipal, en una de las cuales estuvo entre el público el entonces gobernador estadounidense del país, E. Montgomery Reilly, llamado por nuestro pueblo como “Moncho Reyes”.

De la capital, pasó a Arecibo, donde fue huésped de doña Trina Padilla de Sanz, “La Hija del Caribe”. Allí presentó un aclamadísimo concierto en el Teatro Oller, el domingo 13 de agosto de 1922.

El próximo destino de su gira puertorriqueña, después de 20 años de forzada ausencia, era su ciudad cuna, su amada ciudad de Ponce.

Cuatro años antes de ese regreso temporal, el tremendo maremoto que azotó a Puerto Rico destruyó, entre otras tantas cosas, al Teatro La Perla y la estructura contigua, la sede del Casino de Ponce.

Así las cosas, los dos conciertos que cantaría en su ciudad natal se señalaron para el Teatro Broadway en la calle Mayor, que para aquel tiempo gozaba de la fama de tener la mejor acústica teatral en Puerto Rico.

El primer recital se señaló para el miércoles, 16 de agosto de 1922, a las 8: 00 de la noche. Era razonable pensar en el inmenso recibimiento que allí le habría de hacer su gente.

Sin embargo, lo cierto es que ninguna de las autoridades se encargó de recibirlo esa primera noche; solo se habían vendido unos 40 boletos próximo al comienzo del concierto, por lo que Paoli ordenó que se bajara el costo del boleto.

Jesús Manuel López relata en su libro que a pesar del poco público “…Paoli cantó con todo su corazón, aunque triste por aquel marcado desprecio de sus compueblanos”.

Terminado el concierto, se fue al Hotel Meliá donde se hospedaba e invitó a cenar a sus amigos Pedro Albizu Campos y Arístides Chavier.

En eso, se congregó una gran cantidad de público en torno al Meliá, “…entonces Paoli salió al balcón del hotel acompañado del Lcdo. Albizu Campos, quien habló en nombre del tenor y luego se retiraron para volver a salir a recibir las aclamaciones de aquel público sencillo de Ponce”.

Más adelante, llegó al hotel el señor alcalde Parra Capó con un séquito, a extenderle una invitación que le cursaba el Club Morel Campos, para que asistiera a un homenaje sorpresa que le había preparado esa organización de artesanos.

Añade López Jiménez: “Salió del hotel acompañado por estos señores y su inseparable amigo Albizu Campos y se dirigió al Club Morel Campos, acompañado también de una gran masa compacta de ponceños. Todos querían felicitar y abrazar al artista y le pedían perdón por lo sucedido, a lo cual él respondía que no culpaba a nadie por lo sucedido”.

Allí se le homenajeó espléndidamente hasta la 1:00 de la madrugada, en que su familia y la muchedumbre lo acompañaron de regreso al Hotel Meliá.

El concierto siguiente se canceló y se fijó frente al Teatro Broadway, por órdenes de Paoli, un cartel que decía que la cancelación era “por falta de público”.

La primera edición del 1 de julio de 1934 de El Álbum Histórico Ponceño, de don Luis Fortuño Janeiro, en su página 348 dice: “Los ricos le volvieron la espalda y el Club Juan Morel Campos le invitó por medio de una comisión que fue a verle al Hotel Meliá, para que visitara su centro”.

Al día siguiente, Paoli se despidió de su Ponce para siempre.

Falleció en Santurce, el 24 de agosto de 1946, en la Avenida Fernández Juncos número 53, donde había residido desde el año 1930, y se le sepultó en el Camposanto de Isla Verde, que en un tiempo se llamó Fournier, luego Puerto Rico Memorial.

Finalmente, cuando se creó en Ponce el Panteón Nacional, en lo que había sido hasta entonces el viejo Cementerio de la Calle Torres, se trasladaron allí sus restos y se le hizo un monumento póstumo, digno de su gloria.

En el año entrante, el 2022, se cumplirá un siglo de aquel desplante que la “alta sociedad” de Ponce le hizo a este hijo tan distinguido, que tanto lustre le da, y de aquella reivindicación que le hizo su pueblo-pueblo, capitaneado por el joven Pedro Albizu Campos.

Enfatizo lo de la “alta sociedad”, porque así lo dijeron todos los periódicos que se ocuparon del asunto en aquel momento, los que Jesús Manuel incluye en su voluminoso libro, por lo que es un hecho constatable.

Estos confusos fenómenos sociales frecuentemente tienen una multiplicidad de razones. Lo cierto es que en este caso, la nebulosa de sus causas se ha prolongado a lo largo de todo un siglo.

No creo propio dilucidar aquí las causas o motivos. Sin embargo, para los que lo intenten en su día, respetuosamente les dejo estos muy breves apuntes:

Paoli era un divo; un hombre imponente, de corpulencia tal que fue hasta boxeador profesional, de mirar altivo, orgulloso de sus dones y sus logros y de haber compartido con papas, zares y emperadores. No era una figura fácil.

En abril del año 1930, en una entrevista con el prestigioso periodista José A. Romeu de la Revista Puerto Rico Ilustrado, le dijo: “Lo que me ocurre a mí es que no quiero ser yanqui. Eso es todo”.

En una entrevista con el periodista Rafael Benliza -texto que vio la luz pública en el 1959 dentro el suplemento sabatino del periódico El Imparcial, 13 años después de la muerte de Paoli- el cantante le dijo: “No renuncio por nada a la ciudadanía española, porque no existe la ciudadanía puertorriqueña, que es la única que hubiera preferido”.

Complementariamente, para el análisis también es preciso preguntarse ¿quiénes componían la “alta sociedad de Ponce” en el primer cuarto del siglo 20?

Puerto Rico, en general, atravesaba por un acelerado proceso de americanización y aquella “alta sociedad” de Ponce tenía en su composición además una amalgama de ingleses, catalanes, italianos, franceses y alemanes, que tuvo efectos positivos y consecuencias objetables.

Su idiosincracia la describen en sus escritos, periodistas y literatos que fueron sus contemporáneos, como Guillermo “Bombón” Cintrón Valldejuly, Vicente Balbás Capó, Evaristo Izcoa Díaz y Nemesio R. Canales.

Este es un pasaje de nuestra historia que deja recuerdos agridulces, como la pasta de naranja, protagonizado por dos ponceños de dimensiones continentales.

Para escuchar al Rey de Tenores, acceda aquí: https://www.archivoicp.com/icpac1-el-arte-de-antonio-paoli

Paoli era un hombre imponente, de corpulencia tal que fue hasta boxeador profesional, de mirar altivo, orgulloso de sus dones y sus logros, y de haber compartido con papas, zares y emperadores.