Ocurrió hace 62 años: mi primer reconocimiento en la Ciudad Señorial

El reconocimiento que me hicieron en el residencial público consistía de una hoja de papel de argolla, escrita a mano, con bolígrafo, firmada por el deportista Sigelfredo Rivera.

Foto Archivo

“El triunfo de un jíbaro, no importa si no es de allí; en Ponce te dan la mano y te hacen sentir feliz”.

César Concepción

A todas y todos los residentes de todos los tiempos del Residencial Ponce de León de Ponce. A Sigelfredo “Sigel” Rivera, quien me dio espléndida  muestra temprana de la ciudad a la que había llegado. A la memoria de Carlos “Pescao” Sotomayor, hijo de ese conjunto residencial, el baloncelista más veloz de su tiempo.

Ponce ha sido tan bueno conmigo desde que llegué, que me ruborizo con solo pensarlo.

Sobre todo, me ha dado mucho amor, por encima de banderías político-partidistas e ideológicas. ¡Basta con decir que el gobierno del entonces alcalde Joselín Tormos Vega me otorgó una “Copa de Excelencia Ponceña”!

Le debo mucho a Ponce, como también le debo mucho al baloncesto, que para mí fue un ejercicio liberador que me permitió la metamorfosis de un adolescente tímido, introvertido y acobardado, fruto sobre todo de un padre excesivamente autoritario y represivo, en un adulto relativamente desenvuelto y razonablemente bien relacionado.

Mis primeras amistades en Ponce surgieron en las canchas de baloncesto de cemento de la Universidad Santa María, el viejo Colegio Ponceño de Varones, la YMCA y varios residenciales públicos, entonces llamados “caseríos” o “barriadas”.

En especial, “la Portugués” -hogar de Pedro Cepero y Guabina Gutiérrez- y Ponce de León -hogar de Pescao Sotomayor-.

También formé parte de equipos de esas barriadas en sus Torneos Intramurales. Me lo permitían, como una concesión, aunque no residía en ellos.

Aunque mi padre era un hombre “de recursos” y vivíamos en una casa propia de dos plantas frente a la plaza de Isabela, colindando con la Casa Alcaldía, lo que para el común de la gente daba algún “estatus”, siempre rechacé el clasismo, el esnobismo y no hablemos del racismo, que combatí frente a sororidades, fraternidades y clubes sociales, buscándome en ocasiones serios problemas y enemistades.

Ahora que estoy haciendo una especie de inventario de lo que ha sido mi vida, echo la vista atrás y les cuento que el primer reconocimiento que se me hizo en esta dadivosa ciudad de Ponce ocurrió hace 62 años, justo cuando cumplí 20 años de edad. Los cumplí el 18 de septiembre y me lo otorgaron el 25, del año 1959.

El reconocimiento que me hicieron en un caserío o residencial público consistía de una hoja de papel de argolla, escrita a mano, con bolígrafo, firmada por el deportista Sigelfredo Rivera.

Consistió del honroso Premio al Baloncelista más Caballeroso de aquel torneo, reconocimiento que por entonces se otorgaba y se valoraba mucho.

En nuestro Baloncesto Superior frecuentemente se ganó ese premio una estrella que fue novato del año el mismo año que fue novato Pachín Vicéns, y él lo superó.

Jugó con Ponce en el año 1954, cuando Ponce ganó su segundo campeonato; y fue varias veces miembro de nuestro equipo nacional a nivel Centroamericano, a la par que era sacerdote episcopal e hijo de sacerdote episcopal, Roberto Morales.

Ese no fue mi caso.

Yo, por el contrario fui un baloncelista malo. A fuerza de “comer cancha” todos los días de mi vida, desarrollé buen tiro al canasto “buen aro”, pero ni corría, ni brincaba, porque era y soy pie-plano.

No tenía condiciones atléticas. Era un baloncelista fabricado a fuerza de deseo, voluntad y abundante práctica.

Aquel papelito de libreta de argollas, firmado por Sigel Rivera que me entregaron en la barriada Ponce de León es tan importante para mí porque lo gané en una ciudad a la que apenas tenía cerca de dos años de llegado, porque me lo otorgaron en una disciplina tan importante en mi pueblo de origen y en mi vida, como el baloncesto, y porque me lo entregaba de corazón gente buena y sencilla.

Por eso he tenido este pedacito de papel conmigo y he compartido copia de él con algunos seres muy íntimos, como mi hermano Panchito Mattei, quien también lo conserva hasta hoy, 62 años después.

En su parte dispositiva, el papelito, ya desvencijado por el transcurso de seis décadas, pero todavía legible, proclama:

“El Comité de Oficiales lo seleccionó a usted como el jugador más caballeroso del pasado torneo relámpago que auspició el Club Recreativo del Caserío Ponce de León, por lo cual lo hacemos merecedor de este pequeño premio. ¡Éxito amigo!

Atentamente,

Sigel Rivera”.

Al paso de los años, reiteradamente, Ponce ha hecho demasiado por mí. Como repetía una vez tras otra mi sabia abuela Trina: “El que no es agradecido, no va al cielo”.

Y tenía toda la razón.