Miriam Soler: una líder incansable bajo el sol de Mercedita

Foto: Glorimar Muñoz

Aun con el estruendo de los aviones que aterrizan o despegan del Aeropuerto Mercedita e, incluso, con los sonidos de la activa Destilería Serrallés en Ponce, una voz femenina, enérgica y solidaria resuena a diario en legendaria comunidad de la Central Mercedita.

Su dueña es Miriam Soler Rodríguez, una mujer de 64 años de edad que por las pasadas dos décadas ha vivido comprometida con la defensa de las más de 400 familias que integran su colectivo vecinal y que reclama vida digna para todos. En especial, para el 70 por ciento de ellos: personas de la tercera edad en un profundo nivel de pobreza.

“Comenzamos pidiendo mejoras para el hogar, porque muchos necesitaban ayudas con sus casas. En los tiempos que yo me criaba, la casas que vivíamos eran de cuatro socos y la madera tenía tantos hoyos que desde la sala se veía toda la calle. No me da vergüenza decirlo, porque en esa pobreza yo era feliz. Por eso siempre pedía para mis vecinos, sin importar lo que fuera”, puntualizó.

Testigo fiel

Al repasar sus vivencias, Miriam exalta orgullosa que hace 40 años su comunidad contaba con dispensario, servicio postal, cuartel de la policía y excelentes instalaciones deportivas para niños y jóvenes.

“Soy una de las personas que nació aquí en los cuarteles de la Central Mercedita, eran muchos cuartos de madera que se les llamaban cuarteles. Nací allí y con mucho orgullo lo puedo decir”, reiteró la extrovertida ponceña.

Sin embargo, apunta que desde el cierre de la central azucarera la comunidad ha ido en retroceso, un rebote que los residentes han intentado detener, aún sin el apoyo de agencias de gobierno.

Huérfanos de atención, Miriam optó por enrollarse las mangas y por involucrarse activamente en la búsqueda de oportunidades que permitieran mitigar las necesidades comunitarias.

Primero como líder de barrio de un partido político y luego como activista comunitaria, se comprometió con trabajar voluntariamente para intentar solucionar los problemas que han impedido el crecimiento comunitario y personal de las familias que allí residen.

Motor de cambios

“Me incorporé en el Departamento de Estado y comencé a identificar las necesidades primarias de los vecinos. Ahí echamos la lucha para que nos dieran el agua de Acueductos. Al principio no querían, y la del tanque no las iban a quitar. Así que fui hasta donde el alcalde y los de Acueductos para que nos pusieran el agua”, rememoró Miriam, al recordar que fue para la década del 90 que la comunidad logró que le suplieran el servicio.

Tiempo después, bajo la administración de la gobernadora Sila María Calderón, la líder comunitaria forjó otra intensa batalla para impedir el cierre de la Escuela Mercedes Serrallés, el plantel de los niños de la Central. De igual forma, denunció un patrón de maltratos e ineficiente administración del personal directivo hacia los estudiantes, situación que la motivó a iniciar una huelga de hambre frente al centro educativo, como acto de desobediencia civil que llamó la atención del entonces secretario del Departamento de Educación, Cesar Rey Hernández.

“Aquí me fui de brazos caídos, porque no estaba de acuerdo con que maltrataran a los niños. Un día, el propio secretario bajó de San Juan y llegó hasta la escuela y se reunió, escuchando nuestros reclamos y vio toda la evidencia que teníamos”, comentó la luchadora, al recordar que a los pocos días ocurrieron cambios en la dirección escolar, en beneficio de los estudiantes.

Por otro lado, en el 2013 tuvo que hacer frente a empresarios y a la administración de la Autoridad de los Puertos para frenar una proyecto de expansión del Aeropuerto de Mercedita que, de haberse concretado como originalmente se diseñó, habría quitado el único acceso directo de la comunidad a la carretera PR-1.

Sin embargo, Miriam y sus vecinos alzaron la voz en protesta: una acción que llegó hasta los tribunales, logrando paralizar el cierre de la vía.

“Esa lucha fue bien fuerte, porque aquí ni los carros públicos suben. Muchos caminan hacia la número uno (PR-1) y de ahí entonces se espera un carro público. Tuve que llegar hasta los tribunales y ser mi propia abogada, porque tuve que exponer la situación de los residentes de la Central”, agregó.

Sus batallas, sin embargo, no han cesado. Desde el paso del huracán María, la secuencia de terremotos en el sur y la llegada de la pandemia por el Covid 19 ha sido apremiante conseguir ayudas directas para los residentes de esta comunidad, históricamente marginada.

Por fortuna, su voz ha sido escuchada por Organizaciones No Gubernamentales (ONGs), en especial, por instituciones religiosas y asociaciones de base comunitaria que han inundado a Mercedita con alimentos, artículos de primera necesidad, agua, ropa e, incluso, servicios de salud.

“Ha llegado mucha gente de distintos pueblos, de Estados Unidos y de Ponce, como los del Hotel Ramada, que nos enviaba comida todos los días con la Policía y, aun más, a la Policía de Puerto Rico que nos ha traído compras para las familias. Hasta los programas de Sor Isolina nos han traído cajas de comida”, agradeció Miriam mientras disfrutaba de la brisa del día en el patio de su hogar, sentada bajo un árbol de flamboyán y mirando a la comunidad que ha abrazado desde su niñez.

Aun así, para esta líder cívica queda un largo trecho por recorrer, ya que, insiste, su comunidad merece mucho más.

Según resalta, aún falta por “arreglar los postes caídos por el huracán María, asfaltar las calles que ya están casi como al principio en tierra, buscar servicios médicos mas accesibles para los vecinos, arreglar las facilidades deportivas y el parque de niños, donde el moho se apoderó de los columpios. Y que nos deshierben las carreteras, que la maleza ya la está arropando”, mencionó entre las prioridades que el gobierno ha abandonado.

“Yo amo a mi comunidad. Y quiero que se levante una nueva generación que pueda seguir, porque yo tengo mis condiciones de salud y mi edad. Pero se necesita que esta generación tenga compromiso y deseos de luchar y luchar”, agregó quien en su juventud solo pudo estudiar hasta cuarto año de escuela superior y actualmente se desempeña como empleada de comedores escolares.

Para esta líder cívica queda un largo trecho por recorrer, ya que, insiste, su comunidad merece mucho más. (Fotos: Glorimar Muñoz)