Mayoral: una obra maestra digna de premio literario universal

Los puertorriqueños estamos tan colonizados que creemos que todas las grandes novelas siempre tienen que venir de lugares remotos y recónditos, como Aracataca o Azinhaga. Jamás creeríamos
que también vienen de la Cantera de Ponce, Naranjito o San Sebastián del Pepino.

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“Maya estaba cada vez más sorprendida. ¿Qué es eso de ‘aunque la distancia y la nube del tiempo, minen un poco el relato’? ¿Quién era ese ebrio y loco que se maltrataba por un trago de ron rajándose el cacumen y que así se expresaba?”

Maya Soto, la hija de Lorenzo, el de la carnicería del pueblo.

Al grato recuerdo de la pepiniana Doris Luisa “Torti” Oronoz, quien tenía tanto don para ser amiga.

El apodo Mayoral es el título de una de las novelas que más me han gustado de cuántas he leído en mucho tiempo.

Además, la vi nacer y crecer a lo largo de un periodo de cinco o seis años, en los que leí el “manuscrito”, total o parcialmente, al menos tres veces, cada vez con más de un año de distancia entre una y otra lectura.

En materia de libros, para mí solo hay dos tipos: los que me gustan y los que no me gustan. Mayoral es del primer tipo.

Si bien su copyright es del año 2016, es ahora que el autor, Ramón Edwin Colón Pratts, pepiniano casado con ponceña y suegro de ponceño, decidió distribuirla masivamente, por lo que la acaba de enviar a librerías a varios pueblos, que incluyen a Ponce.

La novela narra hechos de primera plana periodística que ocurrieron en Puerto Rico en la década de los años 70, hace ahora alrededor de 45 años, y que comenzaron, figurativamente, en la calle Humacao 1004, a muy corta distancia de donde vivían para ese mismo tiempo mis padres y hermanas, en la calle Borinqueña 18 altos, en la urbanización Santa Rita en Río Piedras: la misma calle donde hoy ubica el semanario Claridad, área por excelencia de hospedajes universitarios.

La protagoniza un deambulante, con un halo de misterio en su ruinosa facha, quien al igual que “El Chivo del Barrio Bélgica”, quien vivía en el llamado “Callejón Chivo Oculto”, en la calle Cruz de Ponce, también se rompía botellas de cristal contra su cabeza, para ganar notoriedad y algún dinero para comprar más canecas.

Aprovechando lo poco que también pueden tener de positivo estos días de encierro forzado por la pandemia, y conocedor de que al fin se va a distribuir entre el público lector, volví a tomar la novela en mis manos.

En la primera página, la de los créditos, el autor aclara: “Todos los personajes y hechos que surgen de esta novela, con excepción de los que están registrados en documentos públicos, son ficticios”.

Más adelante, en la página que sigue a la de dedicatoria a sus cinco nietos, añade: “Esta es la verdad, lo demás es novela”. Ahí, creo, comienza a complicársenos la comprensión.

Vayamos, pues, tantito a tantito mientras les voy contando.

Entre lo que fuere en ella estrictamente literatura y lo que es historia tomada de documentos públicos, esta novela me toca bien de cerca por los cuatro puntos cardinales. Y a la ciudad de Ponce la toca por lo menos por tres de ellos.

La mayoría de los personajes fueron de mi más estrecha cercanía. Lo dicho es razón más que suficiente para compartirles el placer de esta lectura y para no arruinarles el suspense de esta bien lograda redacción, la que nos va destilando la historia como a través de una piedra porosa filtrante, de muy diversos e interesantes modos, en un auténtico calado artístico.

No se trata, debe quedar muy claro, solo de otro libro sobre uno o más casos criminales famosos. No es una crónica, es una novela, una de las mejores que a mi juicio se han publicado en Puerto Rico, que se debió haber presentado a competir en los más prestigiosos certámenes literarios del mundo hispánico, para honra de Puerto Rico.

En su momento traté de convencer al autor de que lo hiciera, con toda la insistencia que soy capaz de ejercer. Cuando finalmente lo hizo, con todo mi regocijo, la obra llegó al certamen al día siguiente de su fecha de cierre por contratiempos con el correo.

Siempre me quedé mortificado por ello.

Para mí, es una excelente muestra de dominio y manejo de técnicas narrativas que fluyen con una espontaneidad que las hace casi imperceptibles, llena de profunda sabiduría, erudita y pueblerina, de buena poesía en prosa, aunque en el fondo gira en torno a un tema escabroso, como lo es el asesinato a sangre fría de un señor entrado en años.

La novela tiene algo de picaresca, por su protagonista, pero no pertenece a ese antiguo género de El Lazarillo de Tormes y el Guzmán de Alfarache, que en esporádicas ocasiones recurre en la novelística de todos los tiempos.

También tiene algo del género policiaco o detectivesco, al que se dedica con éxito el cubano Leonardo Padura, con su detective Mario Conde, pero tampoco es una novela policíaca.

Tiene mucho de autobiográfica, de una manera singular, pues la voz que narra, que evidentemente en esta parte de la novela es la del autor, recuenta -después de muerto, en retrospectiva- episodios reales de su propia vida y se enjuicia a sí mismo severamente, por voz de su viuda ponceña, sus hijos y nietas, talentos excepcionales.

Es una novela con innovaciones narrativas, poblada de poesía que brota espontáneamente en su justo lugar cuando es indispensable para puntualizar la acción, de descarnada crítica social y política.

Debemos leerla pausada, atentamente, para disfrutar cabalmente de su belleza literaria, para no pasar por alto claves que nos va dejando el texto a lo largo del camino, como guijarros y mendrugos de pan en el cuento de hadas Hansel y Gretel.

El autor, Ramón Edwin Colón Pratts, tiene el talento más increíblemente diverso, polifacético, que uno pueda imaginar. No sé de nada que él se empeñe en hacer bien, que no haya logrado.

Casi con sus propias manos, en todos sus detalles, hizo la imponente casa familiar, que me impresiona como una casa de campo en la campiña francesa, edificada junto a un brazo aislado del Río Culebrinas, en un predio de terreno que curiosamente está en el extremo de la zona urbana y simultáneamente en zona rural del pueblo de San Sebastián.

En el inmenso patio, una pequeña finca, hay juguetes de ayer de tamaño mediano para niños grandes y pequeños, como una machina de caballitos y una silla voladora, hechos de su propia mano.

En la playa de Aguada, a orillas del mar, construyó, de nuevo de su propia mano, cuatro apartamentos en cemento, en condominio, uno para cada uno de sus hijos.

En el Viejo San Juan rescató lo que aparenta haber sido en otro tiempo una cochera, la amplió con un mezzanine, cosa que hace en casi todas las habitaciones de sus estructuras, y no solo tienen un acogedor apartamento pequeño en el que hoy reside una de sus hijas, sino que rescató para nuestra historia un lugar emblemático de nuestra cultura, en la calle Sol 13, que es el título de una colección de teatro compuesta por tres obras, que escribió allí, en el interior de esa dirección, Luis Rafael Sánchez.

En la finquita, que es el patio de su residencia, construyó una plazoleta cubierta, en la que se celebran muchas de las actividades artísticas del pueblo y un certamen de poesía cada año.

De niño, tuvo una fijación con los medios de difusión electrónica. Soñó con una estación de radio en su pueblo y hoy es el dueño de la estación de Radio WLRP, Radio Raíces, “La Voz del Pepino”, la que también hizo poco a poco “con sus propias manos”. “La que sigue en el mismo lugar, con la misma antena y con esa innata vocación de permanencia que, aún con la luz roja intermitentemente apagada, logra que la busque en la distancia y recuerde a mi prima Edna y el regalo a la familia que me pintó un tatuaje en el alma”, como se lee en la obra.

Es un excelente abogado y profesor de Derecho.

Conserva una Harley viejísima en la que recorre junto a su ponceña Ive las enreversadas carreteras del interior del país. También tiene un monociclo que domina muy bien, como maromero de circo de carpa.

En materia de literatura, escribió periódicamente una columna similar, pero mucho mejor que esta que comparto con ustedes cada semana, también en un periódico regional del distrito de Aguadilla. Hizo un escogido de las mejores y con ellas publicó dos libros excelentes, ¡con títulos que dicen tanto!: Estilete y Lezna, que son muestras de sus dones para la escritura, en fondo y en forma.

Quienes lo valoramos y queremos, yo el primero en la fila, lo instamos a que se lanzara al género mayor de la novela. Lo pensó un tiempo y -meticuloso como es- antes de escribir en la computadora las primeras cuartillas que aparentemente ya escribía en su cabeza, hizo una Maestría en Creación Literaria en la Universidad del Sagrado Corazón en Santurce.

Esa multiplicidad de saberes se conjuga en esta novela.

Mayoral es el fruto de por lo menos cinco o seis años en que el autor estuvo ejercitando el consejo que le da a los que escriben la escritora estadounidense Karen Joy Fowler: “Escribir es fácil. Todo lo que tienes que hacer es mirar un papel en blanco hasta que caigan gotas de sangre de tu frente”.

A su edad, se montó en ese escurridizo monociclo, poblado de enigmas que van surgiendo. A título personal, solo hay uno que no pude descifrar. Es la recurrencia en la obra del tango de Gardel y Lepera, titulado Por una cabeza. A lo mejor es un enigma como el de la monja que cruza al fondo de escenas en las películas de Blanca Sylvia y Jacobo Morales, que lo hace porque sí y nadie la saca.

Los puertorriqueños estamos tan colonizados que creemos que todas las grandes novelas siempre tienen que venir de lugares remotos y recónditos, como Aracataca o Azinhaga. Jamás creeríamos que también vienen de la Cantera de Ponce, Naranjito o San Sebastián del Pepino.

A fin de cuentas, el final de Mayoral lo escribe usted.