María Esther: “A veces salgo llorando. Uno se cansa. Uno se frustra”

A sus 73 años de edad, Alicia Vega Cornier cuida con mil limitaciones a su hijo José Aníbal Santiago Vega, de 50 años, quien aguarda por un trasplante de corazón.

Fotos: Florentino Velázquez

Ya no pueden evitarlo. Desde la ventana de sus viviendas de cemento, madera y zinc observan a diario cómo el intenso proceso de recuperación los ha dejado atrás.

Pero a diferencia de los compueblanos que en la oscuridad de la montaña aún sobreviven a los efectos del huracán María, estas diez familias se sienten “invisibles” a plena vista, en el centro del casco urbano de Ponce.

Incluso, desde el sector Pueblito Nuevo del barrio Cantera ya no temen decirlo: los pasados cinco meses han pasado en vano.

Aun cuando tres meses atrás se restableció el servicio eléctrico en la periferia, en Pueblito Nuevo pasaron las navidades a oscuras. El Año Nuevo y el Día de Reyes también. Aquí la luz nunca llegó.

Por eso, como si se tratara de un retroceso en el tiempo, su rutina diaria comienza muy temprano mientras se iluminan con velas, con huesos aquejados por la artritis lavando ropa a mano y desayunando lo que se consiga, mientras racionan el gas para cocinar y contemplan por enésima vez las neveras inertes.

Por los pasados 153 días estos ponceños, en su mayoría personas de edad avanzada, han librado una lucha por sobrevivir, silente y solitaria, sin apoyo alguno de un gobierno que les ha fallado en todo el sentido de la palabra.

Los testimonios

A pesar de haber sido operada “de corazón abierto”, Rosa Julia Figueroa Vargas, de 68 años de edad, sostiene una linterna para atender a su madre encamada, Rosa J. Vargas Cruz, de 86 años, quien se incapacitó un año atrás, al sufrir dos infartos.

“Tengo que bregar con ella a oscuras y mis piernas están malas. La situación se ha puesto bastante difícil”, reconoció. “Ya dejé de contar los días. No sé hasta cuándo nos tendrán así”.

Entretanto, a sus 73 años de edad, Alicia Vega Cornier cuida a su hijo José Aníbal Santiago Vega, de 50 años, quien aguarda por un trasplante de corazón.

Desde hace meses no puede recibir tratamiento con oxígeno o terapias en su hogar por la falta de servició eléctrico.

“Él se queda asfixiado y yo me desespero. Pensando en eso, no puedo dormir”, confesó Vega Cornier, quien atribuye a la ansiedad y el cambio en la dieta las cerca de 40 libras de peso que ha perdido desde el huracán.

“Los vecinos que me ayudaban con él se fueron para Estados Unidos. Ellos tienen condiciones también. Están esperando que regrese la luz para volver”, sostuvo.

Por su parte, María Esther Almodóvar Serrano declaró que en sus 74 años de vida, en Pueblito Nuevo nunca se había vivido una situación como esta.

“Ay mijo, yo a veces salgo llorando. Uno se cansa. Uno se frustra. Son cinco meses, es algo serio. A veces me dan ganas de irme lejos”, confesó quien vive con su hermano e hijo.

“Aquí baja el sol y esto parece boca de lobo. Abro la puerta para contemplar las luces allá”, continuó. “Cuando dan las 6:00 de la tarde, voy a ese mueble y mi hermano va a aquel mueble y nos sentamos a mirarnos las caras, porque no hay más nada”.

El mismo sentimiento de abandono y resignación se repite en cada rostro de la comunidad. Es palpable y abrumador.

“Aquí no ha llegado nadie. Antes no venían y ahora ni se asoman”, puntualizó Lydia Medina Curet, de 61 años de edad, quien padece de artritis severa, osteoporosis, alta presión y diabetes.

“La única ayuda aquí es la que se dan los mismos vecinos. Ellos dejaron esto para después y quizás ya ni se acuerdan. Llega el próximo huracán y nos coge a oscuras”, lamentó.

“Yo escucho a la gente decir que todo ya regresó a la normalidad y me quedo callada. Ya la depresión es tan grande que me da lo mismo”, añadió.

A juicio de Lourdes Rivera Vázquez, líder comunitaria de la barriada Borinquen, las circunstancias en las que viven los residentes de Pueblito Nuevo ya roza la tragedia.

“El problema es que si no hay una denuncia pública, nadie se mueve. Es trabajo de la alcaldesa estar en contacto y abogar por estas personas, pero no lo hace”, sentenció.

“No hay acción proactiva, todo es reacción. ¿Dónde esta la Oficina de Base de Fe? ¿Dónde está la Oficina de Ayuda al Ciudadano? Son oficinas que no llegan aquí”, insistió.

“Yo gracias a Dios tengo luz, pero lo que están viviendo estas personas es infrahumano. Necesitan ayuda urgente, pero se les ignora”, dijo por su parte Elba Feliciano Torres, quien ha asistido a vecinos de la comunidad como voluntaria.

“Al principio aquí vinieron a traer una caja de agua por familia. De ahí para afuera no se ha visto nada más”.

“Esto no es la montaña, esto es en el mismo medio de Ponce, a cinco minutos de la Casa Alcaldía”, insistió.

(Personas, agrupaciones o entidades interesadas en ayudar a esta comunidad ponceña pueden llamar a Lourdes Rivera Vázquez al 787-596-1769)

Entretanto, Rosa Julia Figueroa Vargas, de 68 años de edad, hace malabares para atender a su madre encamada de 86 años, quien se incapacitó un año atrás al sufrir dos infartos. (Fotos: Florentino Velázquez)