Luz Nereida Pérez: seducida por la Señorial Ciudad y su gente

En momentos que Ponce pasa por una de las etapas más duras de sus historia económica, parece que su llegada a la ciudad sirve para recordar el potencial que todavía encierran los ponceños para hacer precisamente eso, comun unidad.

Su hermosa y omnipresente sonrisa da fe de que esta eterna adolescente encarna eso que algunos budistas llaman “mente de principiante”.

Es decir, la mente de aquellos que en su camino al “nirvana” alcanzan la capacidad de maravillarse con todo, de ver cada experiencia como una oportunidad y de poder reconocer al maestro que habita en cada persona que se cruza en su camino.

Partiendo de lo anterior, no es de sorprender la humildad, atención, cariño y respeto con que Luz Nereida Pérez Jiménez interactúa con todos los que cruzan el umbral de su segundo hogar, la librería El Candil de Ponce.

Allí, su rostro continuamente regala afecto, asombro e interés a cada doctor o intelectual, joven idealista y rebelde o padre desesperado que llega buscando el libro escolar asignado para su hijo.

Luz Nereida, como todos llaman a esta hija de viequenses nacida en Hato Rey, llegó a Ponce hace poco más de tres años cuando su “compinche”, Tamara Yantín, la convenció para ser parte de un quijotesco proyecto: crear una librería en el casco urbano de la Ciudad Señorial.

Amor a primera vista

Desde entonces vive enamorada de este municipio sureño, el cual describe como “hermosa fiesta a la vista”.

Por eso, no es raro encontrársela caminando por las calles del pueblo, mirando los robles florecidos, embelesada con la luz vespertina que baña las calles del centro histórico donde reside o comprando morcillas en la Plaza Isabel Segunda.

“Aquí es donde mejor me siento. Para mí es como una terapia”, recalcó. Según explicó, Ponce mantiene un balance entre “ciudad” y “pueblo”, y que en sus aceras, calles o negocios todavía la gente se saluda y se da los buenos días, aun cuando no se conozcan.

Y añade: desde que llegó a la ciudad fue recibida con tanta hospitalidad, que no muestra reparo al decir que su principal red de apoyo ya se ecuentra aquí.

“Mantengo mi residencia oficial en el área metropolitana, pero es en Ponce donde más personas tengo que se ocupan de mi”, confesó al aclarar que sus hijos y nietos viven en los Estados Unidos.

No es de extrañar, entonces, que a la menor provocación Luz Nereida desmienta la imagen de altaneros y “para’os” que perpetúa a los ponceños en el resto de la isla.

“Lo que pasa es que son muy orgullosos de una historia que incluye haber sido el centro económico del país”, narró con el respeto, la compasión y picardía de una niña traviesa.

¿Causalidad del destino?

Sobre sus vínculos con la ciudad, esta enamorada de la palabra admitió que se remontan a los inicios de su carrera como asesora profesional en comunicación escrita, y que ese lazo se solidificó hace tres años.

Fue en la emisora de la Pontificia Universidad Católica donde, gracias a Néstor Figueroa Lugo, comenzó a proyectarse como defensora mediática del idioma español, recordó la hoy autora de más de diez libros especializados en el tema e incontables columnas en el periódico Claridad.

Gracias a Figueroa Lugo desarrolló entonces un programa que llamó El Idioma Nuestro de Cada Día, nombre que todavía utiliza para una sección que se transmite los viernes en el programa que el veterano comunicador mantiene en WPAB-550 AM.

Mas fue durante el tiempo que viajaba a Ponce para grabar su programa que descubrió que en esta localidad “se habla ponceño”.

“En una ocasión fui a una panadería cerca de la emisora y vi lo que parecían las fritas que en Vieques mi familia llamaba arepas. Pero como no estaba segura, señalé con el dedo y pregunté qué eran. Con cara de asombro la encargada me dijo domplines”, recordó.

Desde entonces está clara que los hijos de esta comarca hablan diferente y, obviamente, que los “domplines” son su comida favorita en Ponce.

Arraigo innato

Al intentar explicar cuándo se originó su pasión por la palabra, el idioma y la forma en que se comunican los seres humanos, Luz Nereida apuntó a su más tierna edad.

Incluso, la académica recordó cómo, con solo un par de años, su tío y autor del libro El niño y la lectura, Adolfo Jiménez Hernández, la usaba como sujeto para sus experimentos de Pedagogía. Igualmente, explicó que desde pequeña   respiraba casi obsesionada con hallar el significado de las palabras.

Esta costumbre todavía la define tanto como El Candil, ese espacio casi mágico que junto a Tamara impulsó.

Basta con que cualquier cliente o visitante de la librería pregunte por el origen o sentido de una palabra para que se desarrolle todo un “operativo” de investigación, consultas y búsquedas en diccionarios o el internet.

Tampoco es de extrañar que esas interrogantes sirvan como excusas para diálogos y tertulias, tomarse algo e, incluso, hacer comunidad.

Después de todo, en momentos que Ponce pasa por una de las etapas más duras de sus historia económica, parece que la llegada a la ciudad de Luz Nereida sirve para recordar el potencial que todavía encierran los ponceños para hacer precisamente eso, comun unidad.

¡Bienvenida a Ponce, Luz Nereida! Pero recuerda que se pronuncia con acento en la “P”…