Los Viejos Cines de Puerto Rico: nueva joya para nuestro acerbo cultural

Aunque está clarísimo desde el título que el énfasis de este libro son las viejas salas de cine, el autor igualmente va ocupándose “...de los esfuerzos por crear cine puertorriqueño”. Portada del libro de José Alfredo Hernández Mayoral.

Foto suministrada

“Corre la voz popular de que él (Cantinflas) no niega su ayuda a nadie y que jamás ha olvidado los tiempos negros cuando fue un niño limpiabotas y un modesto cómico de carpas. Sobre esa fidelidad a su origen se establece su prestigio con el pueblo mexicano que le ha convertido en una leyenda viviente”.

 

Darcia Moretti, periodista cubana, en su libro de entrevistas titulado “Gente Importante”, publicado en Nueva York, en el año 1973.

 

A mi hermano, Joaquín García Morales, “Kino García”, economista, planificador, poeta, cineasta e historiador de nuestro cine, con mucho cariño; y al villalbeño Domitilo Negrón García, uno de los seres humanos más nobles y generosos que he conocido.

 

Los que me hacen el honor de leer esta columna semanalmente saben que una de mis grandes pasiones es el cine.

Sostengo la hipótesis que para las personas de mi tiempo -que nos criamos en pueblos pequeños, (en mi caso, tenía 15 años cuando llegó la televisión)- el cine tiene más importancia que para los que entonces se criaron en ciudades, quienes tenían más opciones de diversión.

En estos días, acaba de ver la luz pública una joya de libro, un libro bien completo, del que antes tuve el privilegio de tener el “manuscrito” en mis manos durante alrededor de un mes. Pude leerlo sosegadamente.

Se trata de Los Viejos Cines de Puerto Rico, del ponceño José Alfredo Hernández Mayoral, ilustrado por una espectacular fotografía -que ocupa toda la portada- del Cine Victoria de Ponce en su estado actual, aparentemente tomada desde la cámara de un dron.

Como dice el título, el libro está dirigido primariamente a las salas de cine, a las estructuras, a todas las edificaciones que albergaron la proyección de cine, desde las originales carpas de circo, hasta el día de hoy, con gran riqueza de fotografías, recortes de prensa, que siguen el desarrollo histórico-arquitectónico de esas estructuras, cómo eran y cómo fueron evolucionando, planos de construcción, salas atestadas de público en diversas proyecciones en distintos años, y en qué se han convertido hoy muchas de esas estructuras en todos los pueblos.

El libro también se ocupa de los empresarios sobre cuyas espaldas se cargó ese desarrollo por todo el país a lo largo de los años.

La estrella de esos empresarios fue, sin duda, el señor Rafael Ramos Cobián, farmacéutico oriundo del pueblo de Patillas, quien creció como la espuma, pero que tal como se narra en este libro, sus ejecutorias humanas “dejan mucho que desear” como persona, para decirlo de la manera más diplomática posible.

Las ejecutorias de su vida aquí narradas, me recuerdan al comediante, productor, director cinematográfico y clarinetista de jazz, judío-neoyorquino Woody Allen, quien en dos citas ha dicho:

  1. “Es un precioso reloj de bolsillo de oro. Estoy orgulloso de él. Mi abuelo, en su lecho de muerte, me lo vendió”.
  2. “Cuando fui secuestrado, mis padres entraron en acción. Pusieron mi cuarto en alquiler”.

En el ramo del cine, Ramos Cobián hizo de todo, menos actuar -aunque abrió un espacio como actor para su hijo Rudy, de siete años de edad- en diversos lugares de Puerto Rico, Cuba y de los Estados Unidos, sobre todo, en Hollywood y Nueva York.

En Hollywood, produjo dos películas, tituladas Mis Dos Amores y Los Hijos Mandan, ambas protagonizadas por quien probablemente fue nuestra primera estrella en la meca del cine, Blanca de Castejón, oriunda de San Juan.

Ramos Cobián, característicamente exagerado en sus promociones (en él todo era hiperbólico) tenía además una extraordinaria intuición, el “toque de Midas“, auxiliado por el de Maquiavelo.

El autor le califica, en la página 399 de este medular trabajo como “… la persona más importante en esta historia de los cines viejos”, y no cabe duda que lo fue.

Un titular de prensa en la página 308 del libro dice: “Se inicia una nueva era para el cinema en Ponce, al ingresar en el negocio local don Rafael Ramos Cobián”.

Hernández Mayoral añade: “En octubre de 1947 anunció que había llegado a un acuerdo con la Empresa Teatral Ponceña para operar todos los teatros de ese circuito. Ramos Cobián prometió estrenos simultáneos para el Fox-Delicias con el Paramount de Santurce y dar así ‘a la sociedad ponceña los mismos privilegios que a la capitalina’. Como parte de su estrategia de mercadeo, anunció estrenos para el Habana y Victoria antes que en San Juan…”.

Aunque está clarísimo desde el título que el énfasis de este libro son las viejas salas de cine, el autor igualmente va ocupándose “…de los esfuerzos por crear cine puertorriqueño”.

Me enteré gratamente desde la distancia del amor que siente el autor por el cine por informaciones de prensa del año 2016, que dan cuenta de su mediación en el rescate, después de 80 años de estar extraviado, del primer largometraje sonoro filmado en Puerto Rico, Romance Tropical, dirigido por el ponceño Juan Emilio Viguié Cajas, con guión de Luis Palés Matos y música de Rafael Muñoz y su orquesta, mi favorita de todos los tiempos.

Jan Christopher Horak, entonces director del UCLA Film and Television Archive, le escribió a Marisel Flores, la directora del Archivo de Imágenes en Movimiento del Archivo General de Puerto Rico, para que le ayudara a localizar unas películas latinoamericanas.

Le indicó además que en UCLA había una copia de Romance Tropical, la cual él entendía era una película puertorriqueña.

Marisel se lo contó a José Alfredo mientras él estaba en el archivo haciendo investigación para este libro. José Alfredo iba para Los Ángeles en pocas semanas y le pidió a Marisel que lo pusiera en contacto con Horak, para visitarle y discutir cómo lograr obtener una copia para el Archivo de Puerto Rico.

Llegó allá, se verificó que en efecto era la película, la Packard Foundation acordó restaurarla y así recobramos ese tesoro que ya muchos dábamos por irremediablemente perdido.

Esa película, la primera hablada, elaborada por “un equipo de ensueño puertorriqueño”, tiene un valor incalculable en nuestra historia cultural.

He escrito varias veces, en diversos foros, sobre esta película, en la que -en un vehículo tan amado por mí como el cine, más aún el puertorriqueño- coinciden otros valores boricuas como Juan Viguié, Luis Palés Matos y Rafael Muñoz y su Orquesta.

En todos esos escritos me lamento de que esa primera película sonora nuestra se hubiere perdido, “quizás para siempre”.

Para ese año 2016, la Junta de Control Fiscal, Ricky Rosselló y Donald Trump me sacaron de Puerto Rico por un tiempo, como al atleta que busca “un segundo aire”.

Anticipando el futuro inmediato que veía venir bien claro, envejecido y enfermo con un cáncer desconocido a ese momento, pero sintiendo ya sus efectos, por ende impedido para dar batallas, mi esposa, Rocío Vanegas Aycardi, y este servidor, salimos para Bogotá el mismo día de las Elecciones del 2016, a media mañana, después de ejercer nuestro derecho al voto.

Estuvimos allá hasta que Dios así lo quiso.

Pasados casi dos años, los próximos nacimientos de la nieta Mariana Rocío Concepción Molina, y la bisnieta Valeria Valentina Adams Núñez, nos trajeron de vuelta a Puerto Rico.

En ese interregno, en ese intervalo bogotano, fue que José Alfredo tuvo esa participación colectiva en este rescate.

Él relata este importante evento en la página 205 de su libro, bajo el epígrafe de “Cine Sonoro Puertorriqueño”, pero no menciona su “rol” en el suceso.

Es de justicia destacarlo, como lo hago por este medio.

Cuando gracias al autor tuve la oportunidad de leer -a cinco millas por hora de velocidad dado mi estado de salud- el “manuscrito” de esta obra, en plena recuperación de los daños colaterales que me causaron las terapias contra el cáncer que tengo en remisión en mi cuello y de dos extirpaciones de cataratas, le adelanté a José Alfredo, vía mensaje electrónico, mi felicitación por la dedicatoria de la obra, que meramente dice en el mismo medio de una de las primeras paginotas del libro:

“A Cantinflas”.

Me pareció muy acertada y meritoria esta dedicatoria a este hijo notable de “los países nuestroamericanos”, como los llama el intelectual puertorriqueño Marcos Reyes Dávila, parafraseando al apóstol cubano José Martí.

José Alfredo lo privilegió acertadamente para dedicarle el libro, sobre las estrellas europeas y estadounidenses del cine que se veía en Puerto Rico.

En la página 399 del libro, añade correctamente: “Cantinflas tuvo presencia constante en las pantallas de Puerto Rico desde la época dorada del cine mexicano y década tras década hasta que el cine de ese país ya no tenía más nada que exportar. Que su última película se anunciara a página completa, se estrenara en los Plaza Theaters, entonces los de mayor categoría, y en 11 cines adicionales, es testimonio de su importancia”.

Recientemente, hablando telefónicamente con mi gran amigo y tío de José Alfredo, César Hernández Colón, supe algo que ocurrió cuando era gobernador su hermano Rafael, padre de José Alfredo, y que yo desconocía.

Cantinflas visitó Puerto Rico y La Fortaleza (en la página 399 del libro, hay una fotografía que recoge el momento en que Cantinflas y Hernández Colón están compartiendo) y José Alfredo, quien tendría 13 o 14 años de edad en ese momento, congenió mucho con él, me contó César.

Y cuando le tocó regresar, Cantinflas se lo llevó a México, con él y su familia, durante tres semanas.

Este hecho tampoco se menciona en el libro, pero es importante conocerlo para su mejor comprensión.

Referente fiel

Sé que muchos lectores ponceños, ya a estas alturas, estarán sacando la cuenta de cuántas y cuáles salas de cine ha habido en Ponce. Me consta que es un ejercicio que gusta a bastantes personas que conozco en la ciudad.

Este libro no solo menciona las salas que en efecto hubo, sino aquellas para las que se obtuvieron permisos y se elaboraron planos para su construcción, pero en definitiva no se construyeron por diversas razones.

Antes de terminar, hagamos una ligero recuento, para satisfacer esa curiosidad. Según la mención alfabética que hace el libro, en Ponce ha habido y/o se planificaron, con permisos y planos de construcción, 39 salas de cine.

Del mismo modo, José Alfredo lo hace en todos los pueblos en los que hubo salas de cine.

El libro está escrito en un lenguaje sencillo, impregnado de fino humor, y para mayor claridad hace disolvencias retrospectivas para puntualizar lo que nos está relatando en el momento.

En fin, es la clase de libro que todos deberíamos poseer, máxime si somos aficionados al séptimo arte.

En mi condición de puertorriqueño, le agradezco a José Alfredo su intercesión en estos rescates históricos y su conservación en este valioso libro, que es un pilar en este rubro en nuestro devenir histórico.