Los aventureros Fifel y Yuyo Linares: dos épicos hermanos ponceños

Fifel y Yuyo Linares fueron dos hermanos trabajadores, honrados, de mediana edad, quienes -al igual que el autor de El Principito, Antoine de Saint Exupery- también entregaron sus vidas espontáneamente a su fascinación por el vuelo.

Fotos suministradas

“El avión es solamente una máquina, pero qué invento tan maravilloso, qué magnífico instrumento de análisis: nos descubre la verdadera faz de la Tierra.”

Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944)

A mis muy queridos amigos Vilma Rodríguez Figueroa y su hermano, el ingeniero Luis Alberto “Papo” Rivera Figueroa, ponceños residentes en Isabela; a la memoria de Yuyo y Fifel Linares Ramos, a su hermana, Magaly y en general a toda la familia Linares de Ponce.

Todas estas personas a las que dedico este escrito se criaron en el Residencial Gándara, que colindaba con el anterior Centro Judicial de Ponce, y hoy está enmarcado por la Biblioteca Municipal Mariana Suárez de Longo por el este, y el Parque Ecológico Urbano de Ponce por el oeste.

Esta familia Linares se caracterizaba por su osadía e intrepidez.

Del patriarca, don Pedro Jorge Linares Arroyo, oriundo de Joyuda en Mayagüez, se decía que más de una vez se agarró de la cola de un tiburón que lo arrastró mar adentro. Además, que ocasionalmente caminaba sobre zancos muy altos, como los que se usan en las Fiestas de la Calle de San Sebastián.

En mi pueblo natal, Isabela, hazañas como esas con algunas especies de tiburones, no con todas, las hacía un osado pescador llamado don Gregorio Pérez Hernández, conocido por la voz popular como “Goyo Peligro”, a quien don Luis Santiago Reyes, “El Lírico Ponceño”, y sus Pleneros de Ponce le dedican y le grabaron una plena que narra sus hazañas en el mar.

Un hijo de esa familia Linares, Yuyo, construía y corría unas bicicletas bien, bien altas, como de cirqueros.

En fin, eran maromeros, saltinbanquis, por el puro placer de hacerlo, por estimular la adrenalina, aunque el trabajo formal de Fifel y de Yuyo estaba relacionado con la mecánica de camiones, Yuyo era dueño de un camión de carga.

La fecha del 3 de febrero está grabada sobre esta familia como con un lacerante hierro candente. De paso me tocó parte a mí circunstancialmente.

Tuve el honor de conocer a un genio boricua.

Se trata del patillense Víctor González Latalladi, quien sabía mucho, literalmente de todo, aunque solo había cursado hasta el segundo grado de la escuela elemental.

Para mí, su mayor genialidad, la más increíble digamos, era que dedicó buena parte de su vida a tratar de volar por su propia fuerza motriz.

Quedé tan impresionado, que escribí varios artículos sobre él en diversos medios, los ilustré, unos con las primeras alas que se hizo con plumas de ganso; y con otro artefacto, una especie de bicicleta voladora, que él llamaba un “ornithóptero” que accionaba unas alas enormes cuando él daba pedal en la bicicleta, con cuyo instrumento estuvo algunos años haciendo pruebas en el Desierto de Mojave, en California, a donde se mudó junto a su esposa, doña Luz, con ese único propósito de experimentar.

Aún para explicarme mejor, hago otra digresión y les cuento que para ese tiempo yo tenía amistad personal y epistolar con el cantautor argentino Alberto Cortez, por lo que le enviaba a Madrid, donde él residía, fotocopias de esos y otros artículos que me publicaba la prensa.

Pues, un día circuló por el mundo de habla castellana su canción “Castillos en el aire”: “Quiso volar igual que las gaviotas, libre en el aire, por el aire libre; y los demás dijeron, pobre idiota, no sabe que volar es imposible. Mas desplegó sus alas hacia el cielo, y poco a poco fue ganando altura, y los demás quedaron en el suelo guardando su cordura”.

¿Hubo una relación de causa y efecto entre los artículos de prensa que le enviaba con las fotografías de Víctor tratando de volar, y esa maravillosa canción que tanto me gusta? Nunca lo supe, pero Alberto no debe haberse topado con muchas personas que a lo largo de sus vidas intentaran volar por su propia fuerza motriz.

Además de escribir sobre Víctor en varios periódicos, frecuentemente hablé sobre él en el programa radial de tema deportivo que hice siete días a la semana, durante 20 años a través de WEUC AM.

De un modo, me convertí sin proponérmelo en algo así como el relacionista público de Víctor González Latalladi.

Con toda probabilidad, por ello, un día se comunicó conmigo un adulto de 39 años de edad, de apellido Linares (ahora sé por su hermana Magaly que fue Yuyo), quien me dijo que él tenía lo que se llama “una cabra loca voladora”, que tenía gran afición por esos vuelos y que deseaba conocer a Víctor; que si yo le podía proveer su teléfono y así lo hice.

Poco tiempo después, en la mañana del 3 de febrero de 1983, me informó que ese mismo día iba a encontrarse con Víctor en una pista de aterrizaje abandonada que había en su pueblo de Patillas.

De mediodía abajo, ese día entré a la sala del juez Víctor Rodríguez Bou, a defender un caso judicial.

Cuando terminó el caso y salí de la sala, dos o tres horas más tarde, el comentario general era que un hombre de apellido Linares, oriundo del Residencial Gándara, contiguo al Tribunal, se había caído cerca del pueblo de Patillas, con un pequeño avión de fabricación casera (realmente, lo compró a través del correo y lo armó) al que se le acabó la gasolina en vuelo y había perdido la vida.

Aunque no conocía a Yuyo personalmente, aquella noticia fue una de varias puñaladas en el corazón que me ha dado la vida, a lo largo de mis 81 años de edad.

Me dolió inmensamente.

Transcurrieron ocho años y de nuevo un 3 de febrero, esta vez del año 1991, también a eso de las 2:30 de la tarde -según me cuenta la hermana de ambos, Magaly- el hermano mayor de Yuyo, Fifel, entonces de 49 años, estaba en Arecibo, volando un Sky-Glider o chiringa, en una montaña que hay destinada para esa práctica.

Un fuerte viento en dirección inapropiada lo precipitó a tierra en picada, en caída libre, y también perdió la vida, en la misma fecha, un 3 de febrero, ocho años más tarde, y a la misma hora aproximadamente que su hermano Yuyo.

Este mes, recordemos de manera especial a Fifel y a Yuyo Linares Ramos, protagonistas de esta triste historia.

Fueron dos hermanos ponceños, trabajadores, honrados, de mediana edad, quienes -al igual que el autor de El Principito, Antoine de Saint Exupery, quien el 31 de julio de 1944 y desoyendo consejos en contrario, alzó vuelo en su Lightning P-38 y nunca retornó- también entregaron sus vidas espontáneamente a su fascinación por el vuelo.