“Lo único que debes hacer es bajar tus brazos: desplegar tu alma entera”

Paul Valery bien decía: “un hombre solo está siempre en mala compañía”. Y es cierto. Debemos aprender a bajar los brazos, a mantener abajo la guardia y en lugar de eso abrir el alma a la vida, conociendo y confiando en los demás, y sobretodo, en Dios.

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“Esperanza de Vida” es una película que narra la historia de un eminente y exitoso doctor, cuya única preocupación era la de llenar sus días con el agitado y muy bien remunerado trabajo en uno de los hospitales más prestigiosos de los Estados Unidos.

Le iba de maravilla hasta que un día se le diagnosticó un cáncer en la laringe que, si bien era operable, ponía en riesgo su vida. Entonces todo cambió… Y para siempre.
El hombre repentinamente se convirtió en paciente y bajo esta condición tuvo que padecer todos los inconvenientes que un enfermo necesariamente sufre y que solamente comprenden los que se encuentran en esta desafortunada circunstancia.

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Durante este trance conoció a una joven que se encontraba en la etapa terminal de un cáncer cerebral, pero que, a pesar de su agonizante realidad, llevaba la vida en una sonrisa.
Así se inició una profunda relación de amistad.
A medida que pasó el tiempo, el médico aprendió del entusiasmo de su nueva amiga, de la manera que enfrenta el sufrimiento, de su valor y de la dignidad con que hace frente a la enfermedad y a su eminente muerte.
La joven le enseñó lo inútil que es temerle al futuro, que incluso no es necesario verlo con toda claridad. Le mostró lo importante de tener el coraje de vivir el presente y la fe para comprender que la luz basta para un día, para el respiro de un momento. La muchacha le regaló el significado de la esperanza.
El médico, de repente, comprendió que al haber optado exclusivamente por la excelencia profesional -vivir para trabajar- había sacrificando su vida personal y familiar, que había transformado su existencia en una larga siesta existencial.

Se percató que, aún cuando tenía familia, realmente vivía en una honda soledad y que el ruido del trabajo lo tenía totalmente narcotizado.
Con dolor comprendió que deliberadamente se había abandonado a la rutina y por ende a la mediocridad y desesperanza. Entendió que, a pesar del dinero acumulado y éxito profesional, padecía una de las enfermedades más terribles de la época actual: incluso, peor que su cáncer. Esa enfermedad silenciosa e indolora que es originada por la falta de sentido y la soberbia de pararse en el mundo con los brazos abiertos, pero sin desear, en el fondo, acoger a nadie.
¿A qué enfermedad me refiero? A un padecimiento difícil de diagnosticar, pues la víctima lleva una vida aparentemente “activa”, con miles de ocupaciones, siempre en busca de ser tentada por objetivos materiales siempre más altos, pero en el fondo todo es solo fuga, vértigo.
Así pues, el médico al reflexionar sobre todo esto y ante la realidad de su enfermedad física y espiritual, paradójicamente, pudo percatarse que aún tenía muchas razones para vivir, razones que trascendían el campo laboral y el puro éxito material.

Entonces redimensionó su existencia, empezando por mirar con nuevos ojos a su familia y el verdadero sentido de vida. Incluso aprendió que podía ser feliz aún padeciendo su enfermedad.
Antes de morir la joven, aún tuvo la fortaleza de ánimo para escribirle al doctor la siguiente historia:

“En un lugar había una granjero que tenía muchos campos perfectamente cultivados, pero para cuidar sus posesiones tenía que mantener a todos los animales -salvajes y domesticados- lejos de los cultivos, para lo cual utilizaba toda clase de cercas y trampas.
“Aún cuando tenía éxito se sentía profundamente solo, así que un día se le ocurrió una idea: se fue a uno de sus campos y justamente en medio de él se paró para dar la bienvenida a todos los animales que quisieran entrar”.

“El granjero permaneció ahí desde el anochecer hasta el amanecer con los brazos totalmente extendidos esperando el arribo de algún animal. Pero, para su sorpresa, ni un solo pájaro se le acercó, ni una sola criatura se aproximó, pues toda la fauna estaba aterrorizada por el nuevo espantapájaros”.
Concluye el cuento aconsejando al médico: “para ser acogido por la vida, lo único que debes hacer es bajar tus brazos, sincerarte, abrir tu corazón, desplegar tu alma entera, vivir la esperanza”.
Esta historia es muy cierta. Hay que admitir que en estos tiempos la mayoría de las personas andamos por la vida como espantapájaros: con los brazos muy abiertos, pero sin ganas de vivir, buscando artificialmente la calidad de vida, pero encontrando, para nuestro infortunio, mediocridad, soledad y sin sentidos.
Es innegable que nos convertimos en ese espantapájaros cuando, por ejemplo, en el trabajo hacemos lo mínimo necesario, cuando atendemos a ese cliente con prepotencia y sin ánimo; cuando vamos a la escuela con deseos que el maestro no llegue; cuando “soportamos” a los hijos y a la pareja.

Igual cuando negamos el corazón al necesitado que habita a nuestro lado; cuando en lugar de visitar a nuestros padres con amor lo hacemos con amargura o resentimiento; cuando no damos esas gracias a papá, o a mamá, o a la esposa (o); cuando decimos esas mentiras piadosas.
Somos espantapájaros en el momento que omitimos esa palmada de aliento a quien lo necesita; cuando pasamos indolentes ante el dolor y la miseria; cuando construimos muros en lugar de puentes; cuando ascendemos en la oficina para entregamos a la soberbia.

También cuando volteamos el rostro para no ver a ese “limpia vidrios” que hace tanto por ganarse la vida; cuando nos cerramos y evitamos entregarnos. En fin, espantapájaros somos, cuando dejamos de existir por no vivir la tremenda aventura de la vida con pasión.
Paul Valery bien decía: “un hombre solo está siempre en mala compañía”. Y es cierto.

Debemos aprender a bajar los brazos, a mantener abajo la guardia y en lugar de eso abrir el alma a la vida, conociendo y confiando en los demás, y sobretodo, en Dios.

De lo contrario, quizás podremos llegar a ser personas exitosas laboralmente, pero también hombres sin corazón. Seríamos tristes espantapájaros vivientes: seres de paja, ciegos de la vida, con un inmenso hueco en el pecho repleto del vacío de la desesperanza, la esclavitud y el miedo, esperando a que cualquier fuego nos queme para siempre.

Tal como, por poco, al doctor le hubiera pasado, si no hubiera sido por la “gracia” de su enfermedad.