La vida nos cuestiona: ¿somos fieles a nosotros mismos?

¿En verdad queremos ser felices? Para contestar este inmenso enigma no hace falta que seamos sabios, ni héroes, ni tampoco santos: solamente tener el coraje de ser personas auténticas, personas apegadas a la libertad que procede de la vivencia de los valores.

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¿Ha pensado en esto alguna vez?

Creo que estamos perdiendo la natural capacidad de distinguir entre las acciones que nos convienen emprender para vivir felizmente de aquellas que nos esclavizan, de esas que nos alejan de las personas que nos aman y amamos, de esos verdaderos momentos de plenitud.
En un descuido como sociedad somos más esclavos que antes, aún cuando pensamos que somos más libres, más “autodeterminados”.

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Tal vez, la humanidad en toda su historia jamás haya estado tan globalmente “aislada”.

Fábrica de valores

Ahora -porque nos gusta ser bastante rebeldes- fabricamos “valores” a nuestro gusto (¡claro, siempre de acuerdo a nuestros intereses!) para luego “vivirlos” intensamente.

En este proceso aprendemos a decir sí a todo lo que aparentemente implique ganar más grados de libertad y “no” a todo aquello que huela a disciplina, responsabilidad y orden.

Sin embargo, con esta forma de ser, olvidamos que “se puede vivir de muchos modos, pero que hay modos que no dejan vivir” y es ahí en donde sepultamos, sin saberlo, nuestra propia felicidad.

Es curiosísimo observar que los más destacados defensores de la “no obediencia”, esos que niegan los valores que desafían al ser humano a saber vivir, sí son capaces de rendirse ante las costumbres, las modas, la mercadotecnia, la televisión y los gustos impuestos por otras personas. Imposiciones que a la larga pueden generar frustración e, incluso, cansancio por vivir.

Para estas personas resulta insoportable obedecer lo que en el fondo es conveniente. Voluntariamente, renuncian al cumplimiento de las promesas que exigen y obligan pero, contradictoriamente, se encuentran dispuestas a convertirse en rehenes del dinero, del poder, de la infidelidad, del sexo, de la diversión estéril, de la inmoralidad y de otras personas que sutilmente las manipulan y engañan.

Ser o no ser

Shakespeare sentenció “¿Ser o no ser? Ese es el dilema”.

Ciertamente hay momentos, muy precisos, en los cuales la vida nos cuestiona si en verdad somos o no somos, si somos congruentes con las creencias de las cuales hablamos, si acaso somos felices, si somos fieles a nosotros mismos, si verdaderamente “obedecemos” a esos valores que brindan la auténtica libertad o, si en lugar de eso, preferimos ser esclavos de lo que venga, haciendo todo lo que nos da la gana -viviendo los antojos- en lugar de hacer, por voluntad propia, lo que hay que hacer.

Existen momentos en que la existencia nos pregunta si en verdad emprendemos aquello que multiplica y ensancha el alma o si preferimos hacer lo que nos manda el instinto y la insensatez.

Existen instantes en que la vida nos pone a prueba para ver si somos capaces de soportar un poco de verdad, si podemos asumir la realidad con valentía y honestidad, momentos que nos tensan las cuerdas del alma y ponen la conciencia al límite obligándonos a contestar algunas de estas preguntas: ¿Quién soy? ¿A dónde voy? ¿Qué he hecho? ¿Qué he dejado de hacer? ¿Cuál es el significado profundo de la vida… de mi vida?

Para afrontar esos instantes es necesario tener principios y valores que hagan vivir el verdadero estado de bienestar y felicidad humana. Valores que inspiren a vivir despiertos, con el corazón abierto, que nos hagan ver que la auténtica libertad procede de la mismísima responsabilidad y viceversa.

Libertad o libertinaje

Hay que otorgar significado a la palabra dicha, para demostrar a las jóvenes generaciones, mediante el ejemplo, que sí conviene obedecer las leyes que rigen la sana convivencia humana y que procuran lo mejor de cada uno de nosotros.

Es urgentísimo adquirir el ánimo y el valor para “decir sí cuando es sí y no cuando efectivamente es no”. Hay que dejarnos atraer, sin miedos y ataduras, por la libertad que genera la legítima felicidad humana.

Para ser mejores debemos abrirnos a las voces que invitan a la reflexión y seguir el ejemplo de los testimonios que inspiran a vivir en genuina libertad, a comprender su significado y la responsabilidad que implica ejercerla.

De ahí la importancia de distinguir la libertad que nos hace crecer del libertinaje que finalmente esclaviza y provoca infelicidad. Libertinaje que conduce a un estado de vida que hoy parece ser universal: la soledad. Soledad que, a su vez, impulsa al mismo libertinaje.

Sí o no

Octavio Paz alguna vez escribió: “la libertad no es una filosofía y ni siquiera es una idea: es un movimiento de la conciencia que nos lleva, en ciertos momentos, a pronunciar dos monosílabos: sí o no”.

“En su brevedad instantánea, como la luz del relámpago, se dibuja el signo contradictorio de la naturaleza humana”.

Es verdad: los hombres somos irremediablemente libres y nuestra naturaleza es siempre contradictoria. Por eso, la existencia, día a día, se encarga de cuestionarnos si acaso estamos decididos a no vivirla de cualquier modo.

Y tal vez hoy nos pregunta si verdaderamente estamos dispuestos a comprender que no todo en ella da igual.

La vida, en cada instante, demanda una personalísima respuesta al hecho de que si en verdad queremos ser felices y para contestar este inmenso enigma no hace falta que seamos sabios, ni héroes, ni tampoco santos: solamente tener el coraje de ser personas auténticas, personas apegadas a la libertad que procede de la vivencia de los valores.

La “bendita libertad” es la que nos permite ser personas sin ambages, de convicciones firmes y transparentes, la que ayuda a comprender la brevedad de nuestra existencia y no esa que se anuncia en la televisión o en el Internet y que al final sus consecuencias duelen.

He llegado a pensar que cuando las personas morimos solamente formalizamos el acto de morir, porque muchas veces en la vida ya hemos pisado el territorio de los muertos, ya hemos sido cadáveres.

Muertos hemos sido cuando somos incapaces de distinguir entre las actitudes y acciones que brindan libertad, amor y vida auténtica, pues cadáveres hemos sido cuando nos apegamos a creencias y hábitos que únicamente esclavizan, manipulan y castran el espíritu.

En fin, a mi me fascina la “bendita libertad”, pero sin signos de interrogación.

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