La Moineau y don Félix: vidas dignas de una gran película puertorriqueña

Felito, el gran enamorado, también reconstruyó para su amada un trasatlántico que convirtió en el yate más grande y lujoso del mundo llamado, desde luego, Moineau.

Fotos: Loloday Laurent Dhotelle

“Para hacer cine solo se necesita una idea en la cabeza y una cámara en la mano”.

Glauber Rocha, cineasta brasileño

A la memoria del actor Raúl Juliá, un extraordinario ser humano.

Tanto entre las ruinas del Hotel Normandie, ubicado frente a la sede del Tribunal Supremo y el Parque Sixto Escobar en Puerta de Tierra, como en una tumba en mármol negro ubicada al extremo oeste del Cementerio Santa María Magdalena de Pazzis del Viejo San Juan, quedan reminiscencias de esta gran historia de amor, riqueza, lujo, lujuria, música, poder, ruina, manifestaciones espíritas e intrigas políticas nacionales e internacionales.

Cada una de ellas, además de ser digna para el guión de una espectacular película boricua, está imbricada en el Puerto Rico de la Segunda Guerra Mundial.

Sus protagonistas son Lucienne Suzanne Dhotelle, también conocida como La Môme Moineau o “El Pequeño Gorrión”, una cantante francesa nacida en Reims en el año 1908, que desde los 16 años de edad se lanzó a las calles de la ciudad y a los cabarets de Montmartre y Montparnasse, hasta convertirse en la predecesora de la legendaria Édith Piaf.

Desde aquella tierna edad ya se le describía como “diminuta, voluptuosa, provocadora y coqueta”, además de sobresalir por “su graciosa, fresca, y alegre insolencia”: características que avivan los recuerdos de una de sus paisanas en el cine, muchos años más adelante, Brigitte Bardot.

Por otra parte, el protagonista masculino de esta historia es don Félix “Felito” Benítez Rexach, un genio puertorriqueño nacido en Vieques, primo del rector y presidente de la UPR, don Jaime Benítez, quien llegó a ser considerado, con suficientes motivos, uno de los ingenieros navales más grandes del mundo y quien, según otra versión que no niega su maestría profesional, en realidad estudió ingeniería civil en una facultad estadounidense, pero ni siquiera llegó a graduarse y a obtener el diploma.

En Puerto Rico, don Félix llegó a ser un empresario muy acaudalado, realizando obras públicas para el gobierno, pero como tantos, se arruinó durante la Gran Depresión Mundial del año 1929.

Se había casado con la Moineau dos años antes, en el 1927, cuando ella tenía 18 años y él tenía 41.

Ante el infortunio económico que les tocó vivir, ella se creció y vendió todas las joyas que le había regalado él, así como otros pretendientes. Se fue a cantar nuevamente y a realizar trabajos como mesera para ayudarlo con determinación a enfrentar la tragedia económica que en aquella época asoló al mundo occidental.

Para combatir aquel infortunio, también el corredor de autos de carrera, jugador de polo y playboy internacional de nacionalidad dominicana, Porfirio Rubirosa Ariza, lo recomendó a su entonces suegro, el dictador Rafael Leónidas Trujillo, como el propio Rubirosa relata en sus memorias.

Como nota al calce, además de haberse casado con Flor de Oro Trujillo, Rubirosa también fue esposo de varias estrellas de cine y herederas multimillonarias estadounidenses, como Bárbara Woolworth Hutton.

Y sobre la recomendación hecha a Trujillo por Rubirosa y el abogado boricua Cayetano Coll y Cuchí, la historia demuestra que don Félix le cayó bien a “El Jefe”.

Trujillo contrató sus empresas desarrolladoras para unos proyectos ambiciosos de rescate de terrenos al mar que, en el largo plazo, dieron paso al Malecón de la Capital de la República Dominicana. Además, dos rompeolas, diques, astilleros, la Avenida Jorge Washington, nuevas aduanas y un Club para Oficiales de las Fuerzas Armadas en Sans Soucí, con la intención insolente de eventualmente crear una nueva ciudad capital en el sector oriental del Río Ozama y llamarla “Ciudad Trujillo”, como efectivamente la llamó.

Años más tarde, con la coautoría del arquitecto aguadillano Raúl Reichard y del ingeniero dominicano José A. Iglesias, Felito hizo para su Moineau (a quien consideraba su amuleto de la buena suerte) el hotel que en definitiva resultó ser una réplica del vapor de tres chimeneas SS Normandie, donde algunos afirman que se conocieron y que desafortunadamente se quemó en el muelle 88 del Puerto de Nueva York hasta hundirse en el Río Hudson, el 9 de febrero de 1942.

Una década antes, el 26 de agosto de 1932, había construido en el mismo predio de terreno frente al mar El Escambrón Beach Club, para el que “limpió” y circundó con un paseo tablado un precioso brazo de mar que todavía hoy se utiliza por los bañistas.

En el hotel, la Moineau -quien en su diario vivir vestía pantalones, conducía vehículos de motor, fumaba, bebía y nadaba topless en la piscina- escandalizaba a la sociedad sanjuanera, todavía católica-conservadora.

Felito, el gran enamorado, también reconstruyó para ella un trasatlántico que convirtió en el yate más grande y lujoso del mundo, desde luego, llamado Moineau. De 325 pies de eslora y 25 pies de calado, contaba con el más adelantado sistema de comunicaciones y radar, 50 camarotes y una tripulación de 46 personas. El yate, incluso superior al de Cristina de Onassis, frecuentemente aparecía anclado en la Bahía de Mónaco.

Para rematar, Felito y su esposa también tenían un avión DC-3 y dos automóviles de la prestigiosa marca Rolls Royce, uno deportivo y otro grande, familiar.

En Puerto Rico, don Félix construyó y administró por un tiempo el Muelle Seis de San Juan. Quiso desarrollar el de Aguadilla, pero no se lo permitieron. Por ello, viajó a La Guaira, Venezuela, donde reconstruyó el puerto, muy avanzado para su tiempo.

Gracias a la amistad que siempre tuvo con el abogado boricua Coll y Cuchí, con Rubirosa y a las buenas relaciones con los estadounidenses, se fue a la República Dominicana y comenzó sus relaciones comerciales con el tirano.

Tuvo varias mansiones, una en la República Dominicana y otra en la Costa Azul de Francia o Riviera Francesa, lugar de residencia fija y ocasional de millonarios de toda Europa (Winston Churchill, entre ellos), quienes en un momento tuvieron a la Môme Moineau como la mujer más acaudalada del lugar.

Mas, como en toda ensoñada película, como todas las grandes del cine, la vida de estos dos excepcionales protagonistas también fue marcada por intrigas.

Una de ellas, de calibre internacional.

Durante la Segunda Guerra Mundial, en el país circulaban todo tipo de historias fantasiosas relativas al conflicto, no necesariamente confirmadas. Por ejemplo, la presencia de espías en la isla y la creencia popular de que, desde la enigmática y preciosa casa en las montañas de Barranquitas conocida como El Cortijo, se enviaban mensajes radiofónicos al enemigo.

Pues, al término de la guerra, a don Félix lo exaltaron a la Orden Nacional de La Legión de Honor de la República Francesa, por sus contribuciones a Francia en tiempos de guerra. En el ámbito nacional, mientras, don Félix siempre fue abiertamente independentista hasta el último día de su vida.

Cuando don Pedro Albizu Campos regresó a Puerto Rico el 15 de diciembre de 1947, después de 11 años preso en la cárcel de Atlanta y todo un año asilado en el Hospital Columbus de Nueva York, don Félix se lo llevó como invitado de honor a su Hotel Normandie y estuvo allí por algún tiempo, hasta que don Pedro lo estimó prudente.

Cuando “un lobo vestido de cordero” llamado Elisha Francis Riggs, coronel jubilado de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, vino a Puerto Rico a dirigir la llamada “Policía Insular”, manifestó que quería reunirse a solas con Albizu Campos. Don Félix los invitó a una de sus propiedades turísticas y allí se reunieron a puertas cerradas, sin que hasta hoy se tenga una versión detallada y unánimemente aceptada de lo que allí se habló.

Como otra nota al calce, Riggs más adelante fue señalado como responsable de la Masacre de la calle Brumbaugh en Río Piedras, ocurrida el 24 de octubre de 1935, donde la Policía Insular asesinó a cinco personas.

Todo el tiempo que permaneció en Puerto Rico, que no fue mucho, don Félix continuó dejando claras muestras de su condición de independentista militante. Fue uno de los líderes del Primer Congreso Pro Independencia, que se llevó a cabo el 15 de agosto de 1943 en el Parque Sixto Escobar, al margen de partidos políticos y con una gran asistencia.

¿Qué más haría falta para completar un guión cinematográfico inspirado en este binomio? ¿Música?

Entonces, tome nota. En las majestuosas salas de baile del Hotel Normandie y el Escambrón Beach Club el matrimonio propició que la Orquesta del Escambrón, dirigida por el ponceño Miguel Ángel “Don Rivero” Rivera, la Orquesta de Rafael Muñoz, la de Moncho Usera, la de Miguelito Miranda y la Orquesta Siboney, de Pepito Torres Silva plantaran bandera. Todo esto sin mencionar las mejores big band de nuestra historia y los mejores solistas y orquestas que llegaban al país desde Cuba, México y los Estados Unidos.

¿Qué más precisaría una gran película caribeña sobre esta pareja? ¿Esoterismo? ¿Apariciones espíritas? Pues, aquí va otra.

Juan Torres Rivera, en el artículo titulado Historia del Hotel Normandie, nos aporta lo siguiente:

“Luego de haber cerrado por primera vez, y durante su remodelación en la década del noventa, se dijo que en El Normandie había fantasmas. Donde la piscina original yacía, que era en el mismo medio del vestíbulo, algunos empleados del hotel dicen que de madrugada se podía ver una figura exactamente en el área donde solía estar la piscina, y olían su dulce perfume francés”.

Para los noventa, este servidor era columnista en el diario El Reportero, periódico que circuló durante una década en Puerto Rico.

Como el 10 de octubre de 1992 se cumplían 50 años de la inauguración del hotel y el edificio se encontraba en proceso de restauración, El Reportero envió a su jefa de fotografía a las ruinas del hotel para que hiciera un reportaje gráfico de los lujosos ornamentos art déco con motivos egipcios que quedaban allí, a pesar del estado de abandono en que se encontraba en aquel momento.

A la fotógrafa le permitieron por excepción subir hasta el pent-house, que era el apartamento donde los protagonistas de nuestra columna vivían temporadas en Puerto Rico, ya que el lugar había estado vedado al público durante años.

Al examinar cuidadosamente aquel espacio, la fotógrafa se sorprendió al encontrar en el dintel de una ventana un rollo de película fotográfica, aún sin procesar.

Se lo llevó al estudio fotográfico del periódico, lo reveló y descubrió que contenía fotografías tomadas a la Moineau, quien había muerto en París el 18 de enero de 1968, 24 años antes del hallazgo del rollo de película.

Las fotografías se publicaron por aquellos días en las páginas de El Reportero.

En su momento, los despojos mortales de Moineau fueron traídos a Puerto Rico desde París, donde falleció en el 1968. Después, se le unieron los restos de don Felito, quien murió el 2 de noviembre de 1975 a la edad de 89 años, junto a su segunda esposa, la dominicana Sobeya Ondina Peguero. Ahora descansan juntos, al arrullo de las olas en su amado Viejo San Juan.

Dicho así, a grandes trazos, díganme usted, amable lectora y lector, si hay aquí material proveniente de la realidad y la mitología como para crear una de las grandes películas de todos los tiempos.

Como he escrito antes, mi convicción es que toda cosa, antes de hacerla, hay que soñarla; ya que quien no sabe soñar, no sabe hacer. Y en Puerto Rico, el ingenio para hacer, abunda de forma silvestre.

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