Juntos salvamos un barrio: mi amado Callejón Lajes

De esa victoriosa lucha vecinal, tomado de la honrosa mano del fuerte trabajador don Julio Rivera, nació el lema que frecuentemente pronuncio a viva voz cuando paso por allí.

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“No hay sino un problema, solamente uno: redescubrir que hay una vida del espíritu que es aún más alta que la vida de la inteligencia, la única que puede satisfacer al ser humano”.

Antoine de Saint-Exupéry

A la memoria venerable de don Julio Rivera, trabajador ejemplar y valeroso líder de esa comunidad, fallecido hace ya muchos años.

Lajes es un callejón estrecho, con edificaciones a ambos lados, que tiene entrada por la Avenida Tito Castro y salida por la calle Nuclear de la urbanización Bella Vista en Ponce, por detrás del Supermercado Pueblo del centro comercial La Rambla.

La “entrada” por la Avenida Tito Castro queda entre la tienda La Familia, la casa de empeño y joyería del centro comercial, y el Chito’s Sport Bar 14.

Frecuentemente, cuando paso frente a su entrada, susurro como un lema “Mi amado Callejón Lajes”… y muchísimas veces les he contado a mis acompañantes la historia que sigue, que viene a cuento ahora que estoy rememorando mis comienzos en Ponce.

Mi Clase de Derecho, la primera clase de la Universidad Católica, se graduó en el año 1964. Lo que seguía era aislarse mínimamente dos o tres meses a estudiar, en preparación para tomar la reválida.

Sin embargo, la campaña cívica de presión contra el gobierno que yo presidía en aquel momento para lograr “El Coliseo Público de Ponce” -hoy Anfiteatro Juan Pachín Vicéns- tenía al gobierno acorralado contra la pared, por lo que yo, siendo el líder, no podía ni siquiera pensar en echarme a un lado, ni a una reválida, ni a nada.

Seguimos “presionando” día y noche hasta finalmente lograr nuestro objetivo para Ponce, un par de años después.

Cuando un año más tarde tomé y aprobé la reválida, el licenciado Pedro Malavet Vega y este servidor abrimos un “Estudio de Abogados” en la calle Comercio, Número 18, Altos, en la misma entrada a la barriada Portugués.

Un día entró a mi despacho un ser humano que desde el primer instante me causó una honda impresión.

Era un hombre de unos 60 años de edad, piel muy bronceada por el sol, ojos escrutadores, inteligente, que cuando me dio la mano para presentarse me dejó la sensación de que estaban recubiertas con la lija más gruesa: no podía ni cerrar sus manos completamente debido a las muchas pequeñas cicatrices que tenía en las palmas y dedos.

De entrada, me aclaró que la comunidad que él representaba no tenía dinero para pagar mis servicios profesionales.

Me dijo que él era “del Callejón Lajes”, que en aquél  momento yo no sabía lo que era.

Añadió que aunque yo no lo conocía, él “pensaba igual que usted” en muchas cosas. A mi corta edad y sin ser ponceño, ya era conocido por alguna gente, gracias al programa Tertulia Deportiva que realizaba y se difundía siete días a la semana a través de WEUC-AM.

Siguió hablando, muy pausadamente, y en un tono de voz bastante bajito me narró que todos los residentes en el Callejón Lajes habían recibido “cartas del gobierno”, avisando que les iba a expropiar sus casas y solares, y que les iban a pagar por su justo valor.

Enfatizó en el hecho de que ellos no querían vender sus casas y solares, ni destruir  la comunidad.

Le pregunté si la carta decía para qué propósito el gobierno quería sus casas y solares y, con mucha agudeza mental y con picardía en su rostro ya con signos de vejez, me dijo que la carta no lo decía, pero que ellos sabían que era para ponerlas a la disposición de una corporación privada.

Para ese tiempo, yo era un abogado novato lleno de inseguridades. Respiré profunda y lentamente, y recordé un curso que estudié en la Escuela de Derecho, un verano, en la sesión nocturna, con el profesor Rafael Hernández Colón, que incluía los casos de expropiación forzosa.

Le dije: “Don Julio, ese que le anuncian es un acto inconstitucional. Para poder expropiar un bien privado, el gobierno tiene que probar un interés público que prevalezca sobre el interés particular y, definitivamente, no puede expropiar en beneficio de entidades privadas”.

Para el año 1966, apenas estaba tomando forma -bajo el liderato regional, entre otros, según mi mejor recuerdo, del matrimonio de abogados que componían la licenciada Ernestina y Chuíto Rodríguez- lo que hoy se conoce como Servicios Legales de Puerto Rico Inc, que realmente tomó fuerza a mediados de la década siguiente, y que hace un trabajo encomiable.

Para el tiempo del que les hablo todavía estas comunidades se sentían completamente solas cuando eran agredidas, y esta soledad las hacía aún más vulnerables.

Así las cosas, aquél día de la visita de don Julio Rivera a mi despacho, comenzamos la lucha en favor del Callejón Lajes, más una lucha comunitaria que judicial. Aquella batalla socio-jurídica me fue provocando íntimas enemistades, que no vale la pena despertar.

Recuerdo el interés de don Julio por mantener enterados a todos los residentes del Callejón de lo que iba ocurriendo, por lo que cada carta o documento que elaborábamos lo “picábamos” en un estarcido y lo multiplicábamos en un mimeógrafo, para repartir a todos.

A primer golpe de vista, era un caso extremadamente sencillo. Hoy sería, pienso, “un bombito al pitcher”, pero 50 años atrás no resultó así de fácil en la práctica. Hubo que luchar.

Creo hoy que más bien lo que intentaron hacer fue “pinchar el asado”, en complicidad ilegal con algún funcionario de Estado, para ver si los residentes estaban dispuestos a vender colectivamente todas las propiedades, con el gancho adicional de decir que serían “remuneradas por su justo valor”, como después de todo estaban obligados por Ley a hacerlo.

Ganamos la batalla y se retiró la espuria amenaza de expropiación, que era evidentemente inconstitucional.

De esa victoriosa lucha vecinal, tomado de la honrosa mano del fuerte trabajador don Julio Rivera, batalla mediante la cual se preservó la integridad comunitaria, la vida comunitaria del Callejón Lajes, nació el lema que frecuentemente pronuncio a viva voz cuando paso por allí, y que le da título a esta columna.

Han pasado 50 años, partió don Julio, seguí viendo ocasionalmente a un hijo suyo, al que ahora no veo desde hace unos años, no conozco a nadie en Lajes y nadie me conoce a mí allí, pero mi amigo entrañable realmente es el Callejón y su añejada avalancha de recuerdos.

Como canta Atahualpa Yupanqui:

“Cada uno tiene su pago.

Lo menta como el mejor.

Mi querencia es el camino

bajo la luna y el sol”.