Joyas naturales que ahora solo viven en la memoria

La más cercana pérdida fue la formación de una ventana de piedra en la playa de Guayanilla, cuya playa adquirió el nombre Playa Ventana.

Foto Kenny Enriquez

“Si realmente supiera que el mundo se va a terminar mañana, igualmente hoy sembraría un árbol”.

Martin Luther King

A Haydee “Tita” Yordán y el licenciado Pedro Saadé Lloréns, ponceños a quienes conocí por separado durante mis primeros años en la Perla del Sur. Luego contrajeron matrimonio y junto a su hijo, el licenciado Omar Saadé Yordán, constituyen desde el Área Metropolitana de San Juan una heroica familia conservacionista de los dones de nuestra naturaleza.

Puerto Rico ha tenido fenómenos naturales playeros, que desafortunadamente ha ido perdiendo. Algunos, por la acción de la propia naturaleza que los creó y otros, por la imperdonable irresponsabilidad del ser humano.

La más cercana pérdida fue la formación de una ventana de piedra en la playa de Guayanilla, cuya playa adquirió el nombre, Playa Ventana, por razones obvias.

Fue la naturaleza misma la que nos privó de ella con los sucesivos temblores de tierra, concretamente, el sismo de magnitud de 5.79, ocurrido el 7 de enero de 2020.

Otra gran pérdida fue el Perro de San Gerónimo, ese icono sanjuanero frente al Hotel Caribe Hilton y la Laguna del Condado. Es una formación de piedra que se asemejaba mucho a un perro sentado. Cuenta la leyenda a la que dio origen, que un perro se quedó petrificado esperando por su amo, un pescador que se hizo a la mar en su faena diaria y que jamás regresó junto a él.

Quienes lo hayan visto en el pasado y hoy se fijen detenidamente, como lo hice yo de niño y recientemente, apreciarán que el continuo batir del mar o sus lágrimas candentes, lo desfiguraron. Incluso, ya no tiene la porción que se asemeja a la cabeza de un perro real.

Rina de Toledo escribió una emotiva canción sobre la leyenda del Perro de San Gerónimo y Carmita Jiménez la grabó con mucho sentimiento en el año 1992, en su disco de larga duración Homenaje Musical a Puerto Rico. Le invito a que la escuche.

Pero la pérdida que más me duele de todas las que hemos sufrido, fue la del fenómeno biológico marino conocido como “Los Jardines Botánicos Submarinos de Boca de Cangrejos”.

Constituían uno de los atractivos turísticos puertorriqueños más expuestos internacionalmente. Las estaciones de expendio de gasolina al detal de aquella época le regalaban a sus clientes unos mapas de Puerto Rico, cuidadosamente doblados, para conservarlos en la gaveta de los automóviles. Allí se señalaban los puntos de mayor interés turístico en muchos pueblos y se privilegiaba aquel lugar turístico en la frontera entre Santurce y Carolina.

Aquella maravilla se podía contemplar de diferentes modos: pagando por un boleto para ir en un bote de fondo de cristal transparente, haciendo snorkeling o buceando con o sin la ayuda de un tanque de oxígeno.

También se hicieron filmaciones, las cuales, en mi búsqueda en Internet, no he podido encontrar.

Decían los que tuvieron el privilegio de ver estos jardines que eran sorprendentes, con toda clase de plantas marinas, especies coralinas, abanicos de mar, inmensa variedad de peces, manatíes, tortugas, careyes, en fin, un mundo inimaginable.

Las obras de desmonte para la construcción del Aeropuerto Luis  Muñoz Marín, que se llevaron a cabo a fines de los años 1950 y principios de los 60, produjeron toneladas de escombros. Entre otra cosas, arrancaron de raíz todas las palmas de un extenso palmar.

De una manera totalmente insensible, irresponsable y criminal, lanzaron todas aquellas toneladas de escombros al mar, justo sobre nuestros Jardines Botánicos Submarinos, ocasionando la muerte de aquel excepcional tesoro natural, valorado por el turismo nacional e internacional.

El llamado “progreso” sepultó lo que hasta entonces había sido considerado una de las maravillas naturales del mundo moderno.

En cambio, edificaron allí un monumento a la insensibilidad humana que, para peor, prácticamente nadie siquiera recuerda hoy, como constaté en mi investigación para escribir esta columna. También se encargaron de sepultar su recuerdo.

Con la fe y sobre todo con la esperanza del reverendo Martin Luther King, comparto que en esa búsqueda me enteré, gracias al licenciado Carlos Mondríguez, que 55 años después de aquel hecho abominable aquí narrado, en el año 2015, nuestra Legislatura y el entonces gobernador de Puerto Rico, Luis G. Fortuño, aprobaron una medida de la representante Elizabeth Casado Irizarry que creó “La Reserva Marina Arrecife de la Isla Verde”, con el propósito de proteger de cara al futuro el pedazo de mar donde están enterrados para siempre, bajo toneladas de escombros, nuestros internacionalmente famosos Jardines Botánicos Submarinos y su recuerdo.

Al respecto de esta ley, creo firmemente, como pregona un sabio aforismo chino, que “es mejor encender una humilde vela, que maldecir la oscuridad”.

Fue la naturaleza misma la que nos privó de este ícono de Guayanilla, con los sucesivos temblores de tierra, concretamente, el sismo de magnitud de 5.79, ocurrido el 7 de enero de 2020.