Imposible olvidarla: aquella tarde con Isabel La Negra

Mural del artista Baco Ortiz, dedicado a Isabel.

Foto: Isla Caribe

“Dueña de un corazón

tan cinco estrellas

que hasta el hijo de un Dios

una vez que la vio

se fue con ella…”

Joaquín Sabina, La Magdalena

 

A la memoria de mi muy querido compadre, Miguel Ángel Suárez Alfonso, a su agresivo sentido de justicia y su ejemplar sentido de lealtad.

 

Tuve el privilegio de compartir toda una tarde con Isabel Luberza Oppenheimer, “Isabel La Negra”, en su hogar de la calle 3, número 94, de la Barriada Bélgica en Ponce.

Atestigüé en aquella visita su instinto y ternura maternal, y apreciamos junto a ella la capilla que tenía en el patio de su hogar, con imágenes de santas y santos de la Iglesia Católica Romana, deidades africanas, asiáticas y taínas, en una armoniosa amalgama propia del sincretismo antillano en la que ella solía hacer sus oraciones.

Tuve ese privilegio, gracias a mi compadre y verdadero hermano, el actor Miguel Ángel Suárez Alfonso, un ser humano de naturaleza complicada, a quien quise mucho durante su vida y a quien todavía recuerdo con profundo cariño.

Incuestionablemente, Miguel Ángel era genial, incluso en las frases y dichos que, como un prestidigitador, se sacaba de la manga ante determinadas circunstancias, muchas de las cuales todavía hoy cito frecuentemente en mi diario vivir.

Una de esas frases que viene al pelo ahora, porque me ayuda a explicar su carácter díscolo, es “prefiero padecer el dolor de mi locura individual, a disfrutar el placer de la cordura colectiva”.

Al igual que su ídolo, el gran actor Marlon Brando, Miguel también era medio aloca’o en sus cosas, aparte que lo imitaba consciente o inconscientemente.

Quería a “Isabel La Negra” como a una segunda madre. Sabía, por ejemplo, que su flor preferida era la margarita, por lo que cuando venía a Ponce traía un cargamento, siempre de volumen exagerado -como era él en todas sus cosas- de margaritas para Isabel.

Ese amor nació una noche en que, siendo muy jovencito, vino desde Santurce hasta Ponce a visitar a su novia universitaria en la UPR de Río Piedras, Ruth Hernández Torres, quien era oriunda de La Playa.

Llegadas las 10:00 de la noche, como era la costumbre entonces, se tuvo que despedir y, puesto que era temprano, fue al negocio de Isabel, a quien no conocía para aquel tiempo, se sentó en la barra a beber y cogió una borrachera de inconsciencia.

Isabel trajo dos de sus bouncers y les dijo: “Tráiganme el nene al cuarto”.

Lo llevaron a una cama de caoba, de pilares, de época, con un mosquitero que la cubría  completamente.

Al día siguiente despertó con una pasajera amnesia alcohólica. No sabía dónde estaba, ni por qué razón.

Isabel entró al cuarto y le preguntó: “Nene, ¿qué quieres para desayunar?” Y tal y como él lo pidió, así lo hizo traer.

Luego orientó a uno de sus empleados que lo condujera hasta la plaza, para que tomara un carro de servicio público que lo llevara de regreso al área metropolitana.

Desde entonces, cuando era un muchachito de alrededor de 18 años, quedó prendado del ser humano, Isabel “La Negra”.

El Miguel Ángel que yo conocí en el año 1965, una noche en la que leía a Abelardo Díaz Alfaro para el público presente en un café teatro en el Viejo San Juan, se caracterizaba, y así fue hasta su muerte, por sus agresivas reacciones ante lo que él consideraba una injusticia.

Creo que esta anécdota que voy a relatar de su vida -puedo relatar muchas semejantes- describe perfectamente lo que quiero demostrar.

En Buenos Aires lo contrataron para protagonizar una telenovela y lo hizo tan bien, que se quedó con el público bonaerense y lo contrataron para protagonizar otras novelas, aún de mayores  presupuestos.

Una noche se encontraba junto a Benito De Jesús, hijo, con otros puertorriqueños en un Night Club, cuando el maestro de ceremonias del lugar dijo más o menos: “Ahora, el cantante les va a interpretar Balada Para Un Loco, de Astor Piazzola”.

Como movido por un resorte, Miguel Ángel se puso de pie y en voz alta dijo: “De Horacio Ferrer y Astor Piazzola”.

El maestro de ceremonias reaccionó: “Tiene razón el caballero, me disculpo. Letra de Horacio Ferrer y música de Astor Piazzola”.

En el fondo del salón, un lugar algo oscuro, había un viejito sentado solo en una mesa, del que ellos no se habían percatado.

Cuando le llegó el tiempo de irse, el viejito desvió su ruta hacia la salida del local, discretamente en dirección a Miguel Ángel.

Sin detenerse, al pasar por su lado puso una mano sobre su hombro y apretó, mientras le dijo “gracias”.

El viejito era Horacio Ferrer, ya en el ocaso de su vida.

El domingo antepasado recordé este incidente junto a Benito de Jesús, hijo.

Varios años antes, junto a mi compueblano isabelino Otto Riollano Dávila, habíamos sido padrinos de la boda de Miguel Ángel con la bailarina y maestra de ballet Nana Hudo Ricci, y llegado el momento también fuimos padrinos de bautismo de la niña que eventualmente les nació, Alondra Suárez Hudo. Fue junto a Lucecita Benítez, en ceremonia que condujo el padre Antonio Molina Rodríguez, en el Centro Ceremonial Indígena de Caguana en Utuado, con agua del río del mismo nombre.

Algún tiempo después, ya bautizada la niña, Nana y Miguel Ángel vinieron a nuestro hogar en la urbanización Río Canas de Ponce, con la bebé en una canasta.

Miguel me informó que venía con la intención de presentarle la nena a Isabel “La Negra” y me pidió que lo acompañara. Accedí y nos fuimos con la nena engalanada con el mismo faldellín con el que la bautizamos.

Isabel se volvió loca con la nena desde que la vio.

Se la puso en la falda con un almohadón e Isabel se derritió de amor y ternura.

Cada cierto tiempo le repetía “Miguel, qué linda es”.

En un momento dado, Miguel le dio biberones y le cambió el pañal a Alondra. Continuamos hablando, sobre todo, de la nena y cuando llegó la hora en que debíamos irnos, nos levantamos, Miguel cogió en hombros a su hija e Isabel nos pidió un momento adicional para hacer alguna gestión.

Fue a una  habitación y regresó a la sala con una libreta de cheques y una pluma fuente en las manos. Se sentó nuevamente, escribió en el cheque la fecha del día en cuestión y le preguntó: “Miguel, ¿Alondra, se escribe con ‘h’?”

Miguel le contestó: “No, Isabel, sin ‘h’”.

Isabel escribió en el cheque el nombre de la nena, lo firmó, sin escribir cuantía alguna, y le dijo: “Miguel, la cuantía la pones tú”.

El Miguel Ángel -como todos los seres humanos, con luces y sombras- que tantas muestras de afecto y lealtad siempre me dio, cuando llegó a su hogar hizo enmarcar el cheque y lo colgó como si fuera un cuadro en una pared, en el cuarto de la nena.

Allí permaneció hasta que un día se usó para una necesidad de la nena, de costo razonable.

Retomando las frases geniales que espontáneamente Miguel se sacaba de la manga, bien próximo ya al momento de su muerte, mi esposa, Rocío y yo, estábamos a su lado; llegó para saludarlo, el también actor Osvaldo Ríos.

Rocío solícitamente le limpiaba la boca a Miguel, por excesiva salivación. Él abrió los ojos y me dijo con voz apagada, pero audible, mientras me miraba fijamente: “Qué Rocío, ni rocío, esto es una catarata”, en elogio para ambos, obviamente significando que rocío no era solo el vapor de la atmósfera que se condensa en pequeñas gotas de agua, sino que mi Rocío es un impresionante torrente.

Fueron las últimas palabras que nos dijo, poco antes de morir.

Isabel “La Negra”, la que conocí gracias a él aquella tarde inolvidable que les relato, fue una dama de profunda espiritualidad, buenas formas de conducta social y sensibilidad a flor de piel.

Para terminar, reitero mi convencimiento de que la vida es mágica. Mientras escribía intuitivamente este artículo el pasado primero de abril, Jueves Santo, una buena amiga, la actriz Amneris Morales, quien fue su compañera durante 14 años, el último tramo de su vida, me escribió por correo electrónico, recordándome que ese era el día del fallecimiento de Miguel Ángel, ocurrido en el año 2009, hacía 12 años.

Al justo momento en que escribía estas líneas.