Hechizos, aventuras y leyendas: el legado del ponceño Mago Mulé

Llevaba un turbante, alambres de púa por el cuello, aros, sortijas y pantallas, grandes y vaporosas capas. Hasta una culebra amarilla, grande, le colgaba del cuello y un monito retozón saltaba por su cuerpo.

Foto archivo

“La gente haría cualquier cosa para fingir que la magia no existe, incluso cuando la tienen delante de sus narices”.

J. K Rowling

A mis principales colaboradores en esta investigación: el historiador de la barriada Bélgica, el ingeniero Héctor Pereles; Rubén Lebrón, dueño del negocio “El Familiar” en Bélgica; Josefina “Tata” Pacheco Benvenuti; los músicos Jorge Arce desde Boston y Francisco “Chalina” Alvarado, director del Conjunto La Perla; mi amigo, el padre Juancho Velázquez de la Iglesia Episcopal; y a la licenciada Margarita Rentas, con mi reiterado agradecimiento.

Indistintamente, lo llamaban el Mago Sanders y el Mago Mulé, por su apellido Mullet. Su nombre completo era Pedro Luis Mullet Sánchez.

Vivía junto a su familia extendida en la calle Mirasol, entre las calles 5 y 6 de la barriada Bélgica en Ponce, donde además tenía su oficina de consejería espiritual.

En la investigación para realizar este escrito, las personas que he entrevistado lo describen, literalmente, como que “parecía salido de un cuento de hadas”. Llevaba un turbante, alambres de púa por el cuello, aros, sortijas y pantallas, grandes y vaporosas capas. Hasta una culebra amarilla, grande, le colgaba del cuello y un monito retozón saltaba por su cuerpo.

Mayormente, hacía sus presentaciones en el Cine Bélgica y en las fiestas patronales que en aquel tiempo se llevaban a cabo en Ponce, en la actual calle Ferrocarril, en el terreno que antes ocupó el tren en la ciudad.

Una de las personas que me ayudó muy generosamente en la búsqueda de información sobre este personaje fue Josefina “Tata” Pacheco Benvenuti, líder comunal de la barriada Bélgica, quien me dijo que en una ocasión el mago se unió a un circo de carpa puertorriqueño y que el esposo de ella, Armando Pacheco Matos, en una ocasión se lo encontró en el pueblo de Yabucoa, donde se estaban presentando artísticamente.

No he podido precisar cuál era ese circo puertorriqueño, pero atando cabos, “me parece” que pudo haber sido el circo mayagüezano de Los Hermanos Marco, sobre el que publiqué un trabajo en el desaparecido diario El Reportero, que luego reproduje en mi libro titulado De Guajataca A Los Cedros.

Del elenco artístico de aquel circo de mi infancia ahora mismo solo recuerdo al genial comediante “El Corino”, al Negrito Siboney y su perra rumbera, y a los trapecistas Hermanos Marco, uno de los cuales se mató en la plaza del pueblo de Juana Díaz. Al lanzarse en un acto circense desde la torre de la Iglesia San Ramón Nonato, el cable se partió y cayó trágicamente.

Me da la “impresión” remotísima, tan remota como de 70 años atrás, que alguna vez escuché anunciar en mi pueblo de origen, como atracción especial de ese circo, al “Mago Sanders”, pero olvide que se lo he dicho, porque no tengo certidumbre de ello.

Solo “oí” que lo anunciaron por unos altoparlantes, pero no lo vi actuando ni fui a la función, por lo que tampoco sé si su descripción respondía a esta figura de “las mil y una noches” que en los pasados días me han relatado.

El mago tenía dos hermanas, Elba y Petra, y una ayudante adicional para sus actos, Consuelo, la que siempre se colocaba temprano entre el público que asistía a cada función para que cuándo él pidiera que alguien del público subiera al escenario, fuera ella quien lo hiciera. Ya estaban armonizados para ello.

A las tres mujeres me las describen como elegantes, de figuras imponentes. Al mago me lo describen como “un prieto guapo, atractivo y bien acicalado como Pete ‘El Conde’ Rodríguez”. La prestancia física de toda la “trupe” era parte del atractivo del espectáculo.

De todo el grupo familiar se dice que era gente muy alegre, divertida, bromistas y muy bien llevados. Sobre todo Elba, era la más alegre, bromista, chistosa, juguetona y burlona a tal punto, que fue protagonista de esta anécdota que les cuento.

En la Iglesia de La Merced, en la calle Aurora, prestaba sus servicios un sacerdote mercedario, llamado el Padre Silvino, a quien Elba chacoteaba continuamente cada vez que lo veía, para comenzar por su nombre tan particular de Silvino.

Una vez, de la funeraria solicitaron sus servicios para una difunta.

Cuando llegó a la funeraria, se detuvo ante el ataúd y vio sorprendido que la difunta era Elba, le entró una risa nerviosa que no podía contener y de la cual se abochornó.

Toda persona que se dedica a empresas como esta de la magia y el ilusionismo corre riesgos de pasar malos ratos y que se los recuerden con sorna por el resto de sus vidas.

El Mago Mulé no estuvo exento de esta realidad.

En una ocasión intentó desde el escenario el truco de mantener en vilo bajo hipnosis el cuerpo de su hermana Elba, apenas apuntalada en el aire, aproximadamente a unos cinco pies de altura, con el leve apoyo de una escoba contra su cabeza. Algo quebró el embrujo hipnótico y cayó de esa altura, estirada como estaba, contra el piso, el cual previsoramente era de madera.

El guatapanazo y el subsiguiente grito se oyeron hasta en las barriadas vecinas, Gándara y Portugués. Es un decir.

El susto mayor fue cuando agregó a su repertorio de trucos el de cortarle la cabeza a una persona en el escenario.

Escogió como compañero de actuación para aquel acto a su padre, ampliamente conocido en la barriada Bélgica.

No, no se adelante, querido lector, no le cortó efectivamente la cabeza. No llegó a tanto, pero le causó una herida sangrante en el cuello que hizo urgente correr con su padre herido hacia el hospital.

Ya anciano y hasta su muerte, se ocupó de cuidarle su sobrina, Betzaida Sánchez, hija de su hermana, Petra.

Repetimos: ¡la vida toda es mágica! Mucho más, pienso ahora, si se trata de la vida de un médico brujo.

Finalmente, el Mago Mulé pasó los últimos años de su vida y desencarnó en la barriada Caracoles de Ponce, entorno donde casi tres décadas atrás se construyó el centro comercial Plaza del Caribe y donde -como certifica un estudioso tan serio y respetado como el doctor Jalil Sued Badillo, amigo nuestro desde hace más de 50 años- estuvo el yukayeke de Agüeybaná El Bravo.