Guarionex Candelario denuncia yugo de poder en Comandancia de Ponce

Tras las paredes de la Comandancia de la Policía en Ponce, el acoso y yugo de poder incuban otra tragedia, relata el exagente y triple asesino Guarionex Candelario Rivera.

Foto Jason Rodríguez Grafal

Nota del editor: Esta es la primera de tres entregas para la serie: #HablaGuarionex

PONCE – Entró agachado, con las muñecas y los pies encadenados, a una cabina en la que, si se acostaba, alcanzaría con sus extremidades cada pared del espacio.

Sin expresar palabra, se sentó tras un escritorio, levantó su rostro y fijó su mirada en el amplio recuadro de cristal que dejaba ver al quinteto de agentes penitenciarios que lo escoltó hasta el lugar.

Fue entonces cuando habló.

“Estoy un poquito malo de los nervios. Voy a responder poco a poco”, comentó previo a la entrevista y mientras otros dos funcionarios del Departamento de Corrección lo acompañaban.

En pocos minutos, sin embargo, aquel rasgo de timidez caducó. A 13 meses del triple asesinato que estalló en el sexto piso de la Comandancia de Ponce y conmocionó a todo el país, el exagente de la Policía de Puerto Rico Guarionex Candelario Rivera se pronunció por primera vez para denunciar desde conducta impropia en la uniformada y hostigamiento laboral, hasta un monopolio de poder en el Destacamento regional.

“No me cabe la menor duda de que el comandante (de la región policiaca de Ponce) Héctor Agosto Rodríguez, influenció en ellos para que dijeran más o menos lo mismo (en el juicio)”, declaró quien por el crimen cumple una condena carcelaria de sobre 200 años en la Institución de Máxima Seguridad del Complejo Correccional Las Cucharas en Ponce.

Tras un juicio que se prolongó cuatro meses, Candelario Rivera fue declarado culpable de haber asesinado con su arma de reglamento al comandante Frank Román Rodríguez, a la agente Rosario Hernández de Hoyos y a la teniente Luz M. Soto Segarra. Esto luego de mantenerlos bajo secuestro en la oficina de esta última y exigir una conversación con el coronel Agosto Rodríguez, el 28 de diciembre de 2015.

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Antecedentes

A preguntas de La Perla del Sur, el confinado declaró que por espacio de cinco años sus superiores en la Policía mantuvieron “un patrón de conducta” nocivo hacia su persona; que “cada vez que llegaba un comandante nuevo al Centro de Mando le decían que se rieran de mí”; que se mofaban de su práctica religiosa; y que se enojaban porque él denunciaba “irregularidades” en la rutina de trabajo.

“Los que hacemos las cosas bien siempre quedamos perseguidos. Yo era un Policía que hacía las cosas rectas. Nunca fui objeto de investigación”, afirmó con la mirada esquiva y voz temblorosa.

Tras expresar que no pretendía justificar sus actos, relató que a partir del 2010 escribió entre siete u ocho cartas a la División de Integridad Pública de la Uniformada, donde delataba, tanto a uniformados que ponían “en peligro la seguridad de los compañeros en la calle”, como a oficiales que “se mofaban de los cristianos” o ingerían alcohol en horas laborables.

Estas denuncias, alegó, no trascendieron y el día que le arrebató la vida a Soto Segarra supo que la teniente tampoco las entregó todas.

“Algunas las refirió a Integridad Pública, algunas no. Ella tenía una persecución maliciosa contra mi persona”, dijo sin titubear.

“Yo era bien recto en mis cosas y todo lo canalizaba a través de escritos. Ellos creen mas que en ellos mismos. Cuando uno practicaba culto a algo, ellos se molestaban”, continuó.

Contraataque

El exagente también insistió que, contrario a las acusaciones, no secuestró a ningún agente la mañana del triple asesinato y que, de haber sido así, el coronel Agosto Rodríguez debió haber enviado a dos uniformados a evacuar el edificio para salvaguardar otras vidas.

Dijo que por no seguir ese protocolo previo al altercado otras personas pudieron morir ya que luego de dispararle a los agentes “se le fue la mente”.

También la emprendió contra la jueza que atendió su caso, la togada Carmen Otero Ferreiras, por no haber disuelto el panel de jurado que, a su entender, llegó “contaminado” a la sala 505 del Tribunal de Ponce. “Ellos no creían en la presunción de inocencia”, opinó.

Su versión

Durante la entrevista, Candelario Rivera expresó que en la mañana de aquel 28 de diciembre visitó el Centro de Mando de la Comandancia de Ponce para entregar un certificado médico que le requirieron, donde evidenciaba que fue hospitalizado por arritmia cardiaca entre los días 16 y 22 de diciembre de 2015.

“Me dijeron que llevara el certificado. Me llamaron las compañeras… fui a llevarlo normalmente. Salí de casa normalmente. Desayuné”, rememoró paulatinamente.

En ese momento, reveló, ingería medicamentos (apixaban) recetados por un cardiólogo, junto a medicamentos de rutina como un calmante para la ansiedad (KlonoPIN o clonazepam), los que combinados lo tornaron “agresivo”, según planteó.

“Empecé a sentirme como molesto”, continuó.

Para la fecha del triple asesinato, Candelario Rivera era tratado por Américo Oms Rivera, médico que el pasado 3 de agosto fue acusado de fraude en el ejercicio de la psiquiatría por un Gran Jurado federal, declaró durante el juicio el psiquiatra Víctor Manuel Santiago Noa.

Aun así, Candelario Rivera planteó que la semana previa al crimen, la Policía no fue a recoger su arma en el hospital, como dicta el Reglamento de Armas. “No me desarmaron, ni fueron allí. Yo lo notifiqué al trabajo y no me desarmaron”, puntualizó.

Sobre el día de los hechos, contó que al arribar a la Comandancia de Ponce abordó en el elevador al coronel Agosto Rodríguez, quien no pudo atenderlo y lo refirió a la teniente Soto Segarra.

En la oficina de esta última, alegó el exagente, encontró al comandante Román Rodríguez “impartiendo instrucciones a ella del plan que se iba a hacer para Año Nuevo”, lo que contrasta con lo ventilado durante el juicio.

Según la versión oficial, Román Rodríguez llegó a la misma oficina por orden de Agosto Rodríguez, para resolver un altercado entre la teniente y Candelario Rivera.

“Yo entré y le pregunté por el certificado. Le pregunté por un escrito que había hecho. Ella lo tenía en la mano hace como un mes y no se lo había entregado al coronel (Agosto Rodríguez). Y no lo encontraba porque empezó a buscar y a buscar y me dijo que no lo encontraba, que me fuera y viniera otro día”.

“Entonces, le dije que lo quería ya, porque siempre que yo hacía un escrito, ella, no sé si era que lo botaba o lo guardaba, porque nunca lo vi. No sé si era verdad”.

“Y ella los tenía escondidos, no se los dio al coronel. Entonces, cuando el comandante le dijo búsquelos, allí empezamos como a discutir”, prosiguió.

En la carta que había entregado, dijo a este semanario, solicitaba un cambio de horario porque su turno de trabajo de 3:00 de la madrugada a 11:00 de la mañana complicaba su estado de salud y los efectos de “medicamentos que tomaba”.

Durante el juicio trascendió que Candelario Rivera ingería KlonoPIN desde hace más de una década. Según diversas fuentes, esta droga puede provocar confusión, somnolencia extrema y hasta perjudicar pensamientos y reacciones si no se administra adecuadamente.

Además, Candelario Rivera afirmó que la agente Hernández de Hoyos los sorprendió minutos después para entregar café y que fue allí cuando, alegadamente, Soto Segarra le indicó a Candelario Rivera que cerrara la puerta de la oficina, porque empleados de administración “estaban pasando”.

Acto seguido expresó que ella, por su propia voluntad, tomó el teléfono y llamó a su esposo, el jefe de la Unidad Motorizada Javier Requena; al coronel Agosto Rodríguez y a la oficial de la Oficina de Prensa, Luz L. Morell Ramos.

Al abordar este asunto, Candelario Rivera guardó un prolongado silencio.

No obstante, continuó y porfió que no disparó primero; que fue el teniente Requena quien le disparó dos veces con un silenciador, tras recibir la llamada de auxilio de su esposa y presuntamente hacer unos agujeros en la puerta.

También alegó que durante el incidente vio al comandante Román Rodríguez levantar su arma y que incluso Soto Segarra le disparó. Por ello, procedió a dispararle a ambos.

“Se levantó a dispararme y allí yo proseguí a dispararle, porque ya había dos armados adentro y afuera había como 16. Me puse bien nervioso y caí arrodillado…”, narró a La Perla del Sur.

“Dicen ellos que yo seguí disparando, porque cuando yo le disparé a los primeros dos se me fue la mente y me quedé de rodillas. Aparentemente, seguí disparando. No sé. Eso es lo que ellos alegan. Yo no recuerdo haberle disparado a ella (a la agente Rosario Hernández). De afuera hacia adentro, ellos dispararon en más de cuatro ocasiones”, manifestó.

Sin embargo, su narración contrasta con el testimonio de la perito en armas de fuego e investigadora del Instituto de Ciencias Forenses, Angélica M. Resto Rivera.

Durante la vista judicial del martes, 1 de noviembre, testificó que ese día se dispararon 18 balas: 15 de un arma Glock modelo 24 de Candelario Rivera, y tres de una pistola de la misma marca, modelo 23, del teniente Requena. Empero, Candelario Rivera sufrió cuatro heridas de bala.

Resto Rivera, una especialista con diez años de experiencia en balística, puntualizó que de la escena se recogieron siete armas de fuego pertenecientes a Candelario Rivera, Requena, Soto Segarra, Román Rodríguez, Moisés Colón, José Madera y Ramonita Delgado, pero que solo dos de estas fueron disparadas.

Candelario Rivera además cargaba con otro revólver, seis balas, dos porta cargadores adicionales y un bulto negro con una caja que contenía 38 balas. A preguntas de este semanario, alegó que esa era un arma que siempre cargaba “como jefe de familia” y que, luego de entregar el certificado médico, sus planes eran ir a comprar unas cachas (parte por donde se agarra el arma) para, durante sus vacaciones de enero, practicar tiro al blanco.

Esta nota fue editada luego de publicada para aclarar que el médico Américo Oms Rivera al momento de este reportaje no ha sido declarado culpable de los referidos cargos.