Guánica: del Pueblo de la Amistad a ciudad fantasma

Aquí casi 200 viviendas han colapsado y otras 1,200 exhiben en sus entradas las indeseadas hojas rojas y amarillas que anuncian daños permanentes o significativos.

Foto: Jason Rodríguez

Desde el momento en que se abandona la carretera PR-2 para adentrarse al pueblo de Guánica, se siente en el aire.

La desolación no solo gobierna en las aceras y callejones del casco urbano. También es evidente en los balcones de los hogares, muchos de los que hoy se asemejan a ruinas.

- Publicidad -

Entretanto, en sus calles ya no hay música ni frenesí. No se escuchan niños, ni tertulias, ni actividad comercial. En su lugar, domina un silencio perturbador.

Poco a poco, las caravanas de ayuda y la cobertura mediática han cesado. En Guánica, ahora solo queda la tragedia.

En números

Aquí casi 200 viviendas han colapsado y otras 1,200 exhiben en sus entradas las indeseadas hojas rojas y amarillas que anuncian daños permanentes o significativos. Pero a 50 días del más caótico de los temblores de este año, el saldo es peor.

Las escuelas siguen cerradas, el centro gubernamental quedó inoperante, la iglesia en la plaza sigue clausurada y la Casa Alcaldía inservible. Una inesperada realidad que solo puede ser descrita con los rostros de las personas que se resisten al auto exilio y aún caminan por las calles del Pueblo de la Amistad.

“Nada va a ser igual”

René Suárez Padró es uno de ellos. Andaba a su paso, con bolsa en mano, por la plaza pública. Según relató, ya es su ritual en las mañanas, cuando acude a una panadería cercana, la única que se ha mantenido operando en el área.

“Aquí no hay más ná… Solo uno que otro negocito donde me puedo dar la cervecita”, comentó. “(Esto) Se ha vuelto bien solitario”.

“Los conocidos, todos se han ido. La gente con quien uno hablaba un poco, todos se fueron. Yo estoy prácticamente solo en toda esa área de la calle Luis Quiñones. Creo que quedan tres o cuatro más por ahí regados, pero no hay más ná”, añadió.

En su caso, empero, el efecto neto de los terremotos no han sido ni serán los daños a su vivienda, la única que posee, sino la separación de su familia.

Como la mayoría de los adultos mayores que permanecen en la zona, Suárez Padró ha tenido que despedirse de su núcleo inmediato al no tener otra opción que migrar a los Estados Unidos, en búsqueda de mejores condiciones de vida.

“Los nietos se fueron para Nueva York”, lamentó. “Mi hija se fue para allá afuera con los nenes, porque sabía que íbamos a estar sin escuelas por un buen tiempo”.

“Los nenes ya están en la escuela por allá, le dieron unas ayudas y ahora están consiguiendo un apartamentito. Creo que les va bien”, continuó con tímida sonrisa.

El panorama es similar para Enrique González Rivera, otro longevo residente del barrio La Hoya. Sentado a solas en la plaza, aseguró que se ha tenido que acostumbrar a días y noches sin fin.

“Uno pensaría que nunca se acostumbraría a sentir la tierra moverse, pero ahora me preguntan si lo sentí y no siento nada”, afirmó.

“Llegará el día que no se siga moviendo, pero volver a lo que era antes, lo dudo mucho. Nada va a ser igual aquí”, añadió.

“Estamos sobreviviendo”

Otro de los que permanece en el casco urbano, en la calle Pedro Vargas, es Ángel Rodríguez Ortiz, de 55 años de edad.

Sin opciones viables para mudarse y temeroso de que le roben sus bienes, Rodríguez Ortiz decidió no moverse a los refugios tras los primeros temblores y réplicas.

Según explicó, la despoblación, la necesidad y escasa vigilancia en la zona han dado paso a escalamientos en múltiples viviendas abandonadas.

“Hay personas que se van del refugio y luego se encuentran que le vandalizaron la casa. Por eso fue que yo no me fui, porque vi el movimiento de los que se aprovechan”, explicó.

“La policía está corta de personal, ellos no pueden velar un pueblo completo. Mientras están en los refugios o velando un área, el resto del pueblo está desprovisto y ahí es cuando ocurren las cosas”, continuó.

“Me llevaron hasta los cables de la luz. Toda esa cablería en cobre se la llevaron. Se llevaron la caja de fusibles, los fusibles y hasta los breakers. Yo cojo luz de la hermana mía, que se fue para allá afuera. Tiene la luz al día y yo la sigo pagando para poder usarla”, añadió.

Su calvario, sin embargo, no termina ahí. Con el único supermercado de la zona cerrado y sin vehículo propio a su disposición, Rodríguez Ortiz ha tenido que recurrir a lo mismo que los ancianos solitarios del área: pagar a desconocidos para que lo lleven a hacer compras en pueblos vecinos como Yauco y Sabana Grande.

“El que no tenga carro, Dios lo coja confesa’o”, puntualizó.

“Pobre del que esté a pie”, continuó. “Yo soy uno. Tengo que estar buscando personas y pagarles para que me lleven a hacer compra. Nadie quiere moverse, por no gastar la gasolina. Hay personas que te piden la gasolina y el almuerzo. Eso de hacer el favor por amor al prójimo, eso se acabó. Estamos sobreviviendo”.

Un rincón de normalidad

A pasos de él se mantenía abierto el kiosco Sabores Gourmet de Esther Berenger Ayala, uno de los que milagrosamente persisten en el corazón urbano de Guánica.

Mientras la emprendedora preparaba un chocolate caliente para Rodríguez Ortiz, conversó sobre el dilema que cada comerciante local ha tenido que enfrentar a partir del primero de los interminables temblores: cerrar y marcharse o perseverar con la esperanza de que la situación mejore pronto.

“La caída empezó con el huracán María y justo cuando estábamos regresando a la normalidad, vinieron los temblores”, admitió.

“Este es un pueblo pobre y, al ser un pueblo pobre, la gente ha buscado irse, porque es difícil reconstruir y recuperarse cuando no tienes los recursos”, abundó.

Según narró, la inmensa mayoría de sus clientes -estudiantes de las escuelas cercanas y empleados de la clausurada Casa Alcaldía- ya no están presentes. Aún así, siente la obligación y responsabilidad patriótica de seguir adelante.

“Ya voy para siete años aquí. Sigo abriendo porque no hay mucho comercio abriendo. No importa la hora, ni lo que pase, la gente siempre busca café. Uno siente un deber. Es un pedacito de normalidad”, sentenció.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.