Gobernador: escuche al pueblo

Foto: La Perla del Sur

Aún con el sol oculto tras el horizonte, el pasado sábado Puerto Rico despertaba a una pesadilla.

Casi 900 páginas de una cándida tertulia entre el gobernador Ricardo Rosselló Nevares y su más íntimo círculo de asesores dejaba al descubierto un secreto celosamente guardado: los más íntimos y ocultos pensamientos de un primer ejecutivo engañoso.

Borracho por el poder que confiere su cargo y con la impunidad de quien se siente absolutamente capaz para coger “de pendejos” a los suyos -como él mismo pregona en la página 33 de su chat de Telegram- Rosselló Nevares no escatima en tiempo para compartir con su exclusivo grupo los más deleznables comentarios sobre figuras públicas como Melissa Mark Viverito y el fenecido Carlos Gallisá Bisbal. Tampoco en airear sin escrúpulos su conciencia machista, homofóbica e irreverente: esa que oculta durante sus apariciones públicas, conferencias de prensa y campañas publicitarias.

Sus torpes ofensas, empero, no han sido recibidas por el pueblo con el mismo cinismo empleado por el gobernador para un día presentarse ante el país, promulgar medidas a favor de la equidad de las mujeres y al siguiente ofenderlas repulsivamente ante sus secuaces.

Para su desagrado y el de los arquitectos de su imagen, Puerto Rico aún atesora la institución que la mayoría del electorado le confió al entonces candidato de las elecciones del 2016 e igualmente valora las funciones transformadoras del cargo que -desde no se sabe cuándo- Rosselló Nevares traiciona a escondidas.

Porque hasta en esas 900 páginas, el novel gobernador ha destapado una insaciable voracidad por desacreditar a rivales -y manipular a comunicadores y encuestas- para imponer sus creencias políticas, mientras presuntamente cumplía con funciones oficiales.

El país reclama un cambio radical, nunca visto en la era moderna de este archipiélago, y el gobernador debe obedecerle.

El daño infligido por la arrogancia, soberbia e indiferencia de quien ha desterrado la decencia del cargo solo comenzará a repararse a partir del instante en que admita la magnitud de su ofensa y actúe a la altura de quien se confiesa arrepentido.

Hacer nada y permanecer indolente no solo será otra afrenta al país. También fomentará que todas las esferas del gobierno se contagien con el virus de la impunidad.

Por otro lado, quienes apuestan a que el espontáneo y multitudinario reclamo por la renuncia del gobernador seguirá el curso natural hacia el olvido, necesitarán que nada -ni nadie más- destape datos que confirmen actos adicionales de corrupción gubernamental bajo esta administración: algo que el mismo Douglas Leff, director en la isla del Negociado Federal de Investigaciones, ha dicho que indaga con prueba en su poder.

Si desde tan temprano como en diciembre de 2018 el gobernador ya evidenciaba en su chat que había renunciado -por voluntad propia- a la pulcritud y carácter de la institución que juró representar, resulta incomprensible e insostenible que ahora, después de tantos insultos y ofensas manifiestas, pretenda aferrarse al mismo privilegio que traicionó.

Volver a ignorar este unísono reclamo del país será, a todas luces, el más peligroso de los atentados contra la represa que contiene la indignación colectiva. Porque es precisamente el pueblo quien grita de hastío por los ignorados muertos del huracán María, los atropellados cierres de escuelas públicas, la privatización del patrimonio y por los puertorriqueños que reclaman a Ciencias Forenses la entrega de familiares fallecidos. Pesares que a diario duelen, mientras el Poder Ejecutivo reparte millones en contratos y permite en su equipo a figuras como Julia Keleher.

Ante esto y por todo esto, escuche al pueblo.

No hacerlo solo dirigirá al país a la peor tormenta de inestabilidad política y social de la era moderna; y al gobernador, a verse acorralado por el reflejo de sus espejos.