Freddie Rivera Rosaly: aun en la precariedad vive agradecido

Freddie separa tiempo para orar por la salud de sus samaritanos y ayuda en las tareas de limpieza del parque. En el interín, hasta ha recobrado dos de los tesoros de su pasado: la dignidad y el diálogo.

Lleva casi cuatro meses contando las estrellas, no por ciencia o poesía. Según explica, es su remedio para ejercitar la mente y distraer el alma.

Este antídoto, sin embargo, no siempre funciona. A veces, el dolor en las piernas o el cojín de cemento que utiliza como cama le recuerdan, inevitablemente, que vive día y noche a solas en las gradas de un parque de pelota.

¿Cuántos años tienes?, preguntó La Perla del Sur.

– “No lo vas a creer, pero hoy mismo una familia que me cuida me trajo un bizcocho”, respondió. “Hoy, 15 de noviembre, cumplo 71 años”.

– Y ¿cómo te llamas?

– “Freddie. Freddie David Rivera Rosaly, aunque muchos nenes de aquí ya me dicen abuelo”, continuó.

Cándido y espontáneo, relató que deambula por las calles de Ponce desde hace meses y aclaró que la última noche que durmió bajo un techo seguro ocurrió hace más de un año.

Fue un rompimiento, la ruptura sentimental con su pareja de una década, la que forzó se despidiera del hogar que ambos compartían en la barriada Ferrán.

Desde entonces, reconoce que su mente y corazón no han tenido descanso. Por eso, recalca, ahora entiende y siente en carne propia que la realidad de una persona sin techo abarca mucho más que esa sola frase.

“El momento más duro fue la primera noche. Después de tener familia y casa, saber que eres deambulante es doloroso. Fue terrible”.

Mientras explicaba por qué, sentado en las frías gradas de hormigón, se aferraba a su bastón, como quien busca sostén al volver a revivir un recuerdo amargo.

“Caminé sin rumbo hasta que llegó la noche y me metí en una casa abandonada. Fue entonces cuando entendí el dolor de los que pasan por esto, de todos los que acusamos de adictos o deambulantes, sin pensar un momento qué fue lo que los llevó hasta allí”, puntualizó.

“Lloré y lloré sin parar. Estaba oscuro y nadie me podía ver. Pero allí estaba, sin medicinas y sin comer, en medio de una situación que nunca imaginé”, confesó.

“Soy diabético, estoy perdiendo la vista y creo que tengo neuropatía, pero eso sí, Dios no me abandonó”, continuó. “Al día siguiente pregunté a unos vecinos si me podían ayudar con un pedazo de pan y, desde entonces, ropa ni comida me han faltado”.

Recordó que su estadía en aquella estructura del casco antiguo de la ciudad se extendió hasta que los riegos de convivir con animales realengos y roedores le obligaron a buscar otro piso donde dormir.

Así ocurrió dos veces más, en otras ruinas del centro urbano, hasta que el pasado mes de agosto sus piernas y vetusto bastón le llevaron hasta el Parque Recreativo Padre Santiago Guerra, situado entre las urbanizaciones San Antonio y San José de Ponce.

Allí, en un banco techado por árboles, durmió otras dos noches hasta que un joven matrimonio que se ejercitaba en la pista no solo le ofreció comida. También le persuadió a buscar un lugar más seguro, que le resguardara de la lluvia.

“Así que me moví hasta aquí, hasta que Dios diga”, añadió.

A partir de ese instante, sin embargo, las bendiciones han desobedecido todo pronóstico.

Intrigados por su continua presencia en las gradas del parque, desde vecinos hasta el encargado de la instalación se le acercaron y, tras múltiples gestos de solidaridad, lo armaron con un colchón para amortiguar el cansancio, un abrigo para las noches, ropa limpia y hasta un radio portátil para escuchar su programa favorito, En las mañanas con Nato Paradizo.

A cambio, Freddie separa tiempo para orar por la salud de sus samaritanos y ayuda en las tareas de limpieza del parque. En el interín, saluda a cuantos pasan por el área y hasta ha recobrado dos de los tesoros de su pasado: la dignidad y el diálogo.

Precisamente, en sus tertulias con jóvenes parejas, veteranos o niños de las pequeñas ligas rememora desde su primer hogar en el barrio Bélgica de Ponce hasta sus escasos días de estudio en la Escuela Elemental Abraham Lincoln, donde aprendió a leer y escribir.

Como hijo mayor de una humilde familia de siete miembros, aclara que abandonó la escuela a los diez años de edad para trabajar, vendiendo madera para fogones y estiércol de vaca para sahumerios.

“El estiércol se dejaba secar hasta que estuviera blanco y luego se partía en pedazos. Luego se empapaba con querosén, se prendía y con el humo se espantaban los mosquitos”, explicó. “Por la madera me daban 15 chavos y por el estiércol hasta 20. Todo se lo entregaba a Mami y con ese dinero ella compraba desde arroz hasta harina”.

También asegura que para la época laboró en el Castillo Serrallés, donde su madre fungía como cocinera.

“La familia Serrallés la quería muchísimo. Tanto que un día le ofrecieron llevarnos a todos a España. Ofrecieron trabajo para ella, para mi papá y educación para nosotros, pero mi papá no aceptó porque tenía que cuidar a mis abuelos”, continuó.

Ante esta realidad, más tarde se unió a las labores de su padre como cortador de caña en Guayama, obligación para la cual se levantaba a las 3:00 de la madrugada y se dirigía hasta la estación del tren, en la calle Ferrocarril.

“Primero lo acompañaba para ganarme unos chavitos repartiendo almuerzos. Luego para cortar caña y llegar con ella, tizna’os a la Central Mercedita de Ponce, donde el cochero Garay nos esperaba para transportar los obreros a la plaza”.

Años más tarde el destino lo trasladó hasta Nueva York, donde retó el clima durante más de una década como recogedor de basura. Luego, volvió a la isla para laborar como guardia de seguridad y en mecánica automotriz, hasta que la salud y su espalda se le permitieron.

– ¿Dónde está tu familia?, inquirió La Perla del Sur

– “Mis padres murieron de 104 años en Guayanilla y no tengo contacto desde hace mucho tiempo con las dos hermanas que me sobreviven. En Puerto Rico tengo un hijo de cinco años y otro de 40 que perdió el trabajo y vive con los suegros. El resto está en los Estados Unidos, también en condiciones difíciles”, planteó.

– Y ¿qué es lo más que deseas en este momento?

– “Poder ayudarlos. Es lo más que anhelo como padre. Ayudarlos a tener su casita”.

– Pero, tú no tienes techo propio.

– “Si lo tuviera, se me haría más fácil ayudarlos a ellos y a otros que están igual que yo”, contestó. “Pero yo he sido afortunado. Dios me ha bendecido bastante y aquí nada me ha faltado”, insisitió.

“Es más, ésta ha sido mi Fortaleza”, rispostó mientras señalaba con sus brazos a las gradas y el techo que le han protegido durante casi cuatro meses. “Y esto, como a tanta gente buena, no los voy a olvidar”.