Francisco Rojas Tollinchi: un poeta mayor de nuestras letras

La mejor obra poética de Rojas Tollinchi, esfuerzo tras esfuerzo, logro tras logro, contra viento y marea, con ejemplar vocación, fue el edificante soneto de su propia vida.

“El poeta humilde, sencillo y luchador que logró esfuerzo tras esfuerzo llevar su poesía a un lugar de honor en nuestras letras isleñas”.

Editorial del Periódico El Pozo, órgano de la Asociación de Empleados de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados, Capítulo de Ponce.

A Dimas “Dimín” Rojas Cummings y a su esposa, Milagros Morales, residentes de la urbanización Santa Teresita en Ponce, digno hijo y nuera del poeta.

El año que llegué a esta ciudad, concretamente el 25 de agosto del 1957, se llevó a cabo sin mucho ruido en el vecino pueblo de Yauco un evento muy trascendente para el país: el Primer Congreso de Poesía Puertorriqueña.

Me enteré gracias a mi profesor de español básico en la Universidad de Santa María, el poeta Ramón Zapata Acosta, quien además fue uno de los participantes.

En aquel relevante evento, primero en su especie en el siglo XX y junte ejemplar hasta hoy, el poeta proletario y líder laboral católico, don Francisco Rojas Tollinchi, tuvo una participación protagónica.

Varios de los poetas que le dieron forma a aquel Primer Congreso de Poesía Puertorriqueña eran -y no por casualidad- los creadores del movimiento poético “Trascendentalismo” y del manifiesto poético “Vitalismo” -credo y sentido de nuestra nueva poesía- que comenzó en el Recinto de Río Piedras de la UPR -donde Rojas Tollinchi no pudo llegar, dada su condición de pobreza material- y cuyo epicentro continuó en el pueblo de Yauco.

Rojas Tollinchi, el poeta que nos ocupa, era de origen muy pobre en lo material, nacido en el barrio rural Algarrobo de Yauco, pero con un espíritu “cinco estrellas”.

Una afección en su tierna infancia provocó que le extirparan un ojo, sumándole otro obstáculo a su vida difícil.

De adulto, en su matrimonio con doña Elena Cummings Cubergé, tuvo 13 hijos, de los cuales uno murió al nacer y otra, Nelda Elena, cuya muerte precipitó de algún modo su propia muerte, falleció una semana antes que él, en el mes de febrero del año 1965.

A mayor cercanía con la ciudad de Ponce, en su participación colaborativa en la formación del movimiento poético renovador del Trascendentalismo, dos de los coprotagonistas en aquella aportación histórica, fueron junto a él los ponceños Félix Franco Oppenheimer y Eugenio Rentas Lucca.

Residió en Ponce desde el año 1959 hasta su fallecimiento en el Hospital del Doctor Pila el 12 de febrero de 1965 y está sepultado en el Cementerio Civil de Ponce. Uno de sus seudónimos como escritor es “Pancho Ponciano” y su hijo menor “Dimín”, a quien le dedicamos este escrito junto a su esposa Milagros, trabajó toda su vida y reside en Ponce.

Ninguno de los muchos obstáculos que la vida puso en su camino fue óbice para que llevara a cabo una actividad amplia, multifacética, intensa, consagratoria en la poesía, el sindicalismo, el amor por su esposa, sus hijos, su pueblo y su fe católica.

Fue saltando una tras otra todas las vallas que le fue poniendo la vida, como un Javier Culson en su pico profesional, pero en tiempos de los yaucanos Iván Rodríguez “La Bala Yaucana” y el profesor entrenador Toñín Nigaglioni.

Este autodidacta empleado de la PRERA durante unos años, inspector de sanidad municipal (igual que lo fue el excelente compositor musical, don Felipe Rosario Goyco “Don Felo”), empleado y líder laboral por 20 años de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados y de su Sindicato, la UEAAA, presidente del Capítulo de Ponce y vicepresidente a nivel nacional, no era solo un obrero de poca escuela que escribía buenos versos.

Al igual que “el cabrero, de cabras ajenas, de Orihuela”, Miguel Hernández, también pobre y autodidacta, Francisco Rojas Tollinchi, sin una educación formal, es un orfebre de la lengua castellana, un fructífero creador de sonetos de alta calidad, un poeta mayor de nuestras letras.

Ahí tenemos el deber en justicia de ubicarlo, en el pedestal al que pertenece.

Poetas cultos de su tiempo, como Luis Hernández Aquino, Jorge Luis Morales, Francisco Manrique Cabrera, Cesáreo Rosa Nieves, Francisco Lluch Mora, muy cercano a él; el novelista Enrique Laguerre y el respetado intelectual Ricardo Alegría, entre otros, así lo expresaron en su momento.

Publicó en vida cinco poemarios, además de dejar cientos de poemas impresos en periódicos y revistas, y muchísimos poemarios inéditos, listos para publicación.

Póstumamente, en el año 2005, el escritor yaucano José Juan Báez Fumero, editó para el Taller de Investigación y Desarrollo Cultural (TAINDEC) de Yauco un libro-homenaje de 223 páginas de extensión titulado “La Soledad Habitada: Obra Selecta de Francisco Rojas Tollinchi”, que compendia una muestra de su poesía y su prosa, además de sus luchas cívicas y laborales, con un amplio y justiciero ensayo escrito por Báez Fumero, muy digno del polifacético colega recordado.

Báez Fumero, a su vez, es una gloria de las letras de Yauco, de los muy pocos en Puerto Rico que ha hecho literatura del tema deportivo, lo que a mis ojos es un gran mérito adicional.

TAINDEC, “Casa Yaucana”, así como su presidenta, la doctora María de los Milagros Pérez Toro, son de toda mi admiración y mayor afecto. ¡Ah! ¡Si cada uno de los pueblos de nuestra patria tuvieran una institución similar, cuán mejor estaría nuestro país!

A mayor mérito, emulable, esa edición fue auspiciada por la Cámara de Representantes de Puerto Rico, mediante “una diligente gestión económica de Rafael García Colón, entonces Representante a la Cámara por el Distrito 23”.

En últimas, la mejor obra poética de don Francisco Rojas Tollinchi, esfuerzo tras esfuerzo, logro tras logro, contra viento y marea, con ejemplar vocación, fue el edificante soneto de su propia vida.