Entre recuerdos y más allá de las cosas bellas

Foto suministrada

“…porque un camino dura lo que dura

el pie del caminante en el camino”.

José Ángel Buesa

 

A los compadres Mildred y Héctor López Palermo, “El Menor”.

A Negré y Yiyín González.

 

El Hotel Ponce Intercontinental, ahora felizmente en proceso de restauración, guarda para mí recuerdos imperecederos.

Abrió sus puertas en el año 1960, mi tercer año en Ponce.

Breves años después, llegó a nuestras salas de cine una película muy romántica y simple en su trama, que se alojó en nuestros corazones para siempre.

Por razones que se justifican en la trama, tiene un doble título: Rome Adventure o Lovers Most Learn, protagonizada por Angie Dickinson, Rossano Brazzi, Troy Donahue y la joven estrella de Broadway, Suzanne Pleshett, a quien Hollywood impulsaba por su gran parecido con una joven Elizabeth Taylor.

Desde el punto de vista publicitario, la película tenía como “gancho” la presencia de uno de los “latin-lovers” por excelencia de aquel momento, Rossano Brazzi, y también a una bella actriz que la Prensa de “chismes del corazón” asociaba sentimentalmente (una de varias actrices) con el recién electo presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy.

El joven actor que hace pareja en la película con Pleshett y quien luego fue su esposo durante solo un año, Troy Donahue, tenía un detalle particular que vine a conocer muchos años después.

Panchito Mattei -un ponceño adoptivo como yo, pero nacido y criado en Adjuntas, e íntimo de Churumba Cordero, de Jaime Julio Yordán Conesa y de este servidor- estudió junto a ese actor (cuyo verdadero nombre era Merle Johnson Jr.) y con el actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, en la New York Military Academy.

Panchito vive hoy en el estado de la Florida, felizmente vivo y saludable.

La película de la que les hablo es muy visual, de mucho colorido. La acción que mayormente se nos quedó en el recuerdo es la de la Pleshette, bajita, de cinco pies y cuatro pulgadas, y Donahue, un gigante para su época, de seis pies y tres pulgadas, recorriendo la ciudad de Roma, sus fuentes y sus muchos monumentos en un “scooter” italiano.

En un momento, como acción marginal en la trama, se bajan de la motorita, entran a una barra que está en un semi-sótano, se acomodan en una mesa y piden unas bebidas.

A poco, se presenta en el pequeño escenario del lugar el hasta entonces poco conocido en América cantante italiano, Emilio Perícoli, y canta una canción que bastó con esa única presentación para hacerse famosa y hacerlo a él mundialmente famoso hasta su muerte: Al Di Lá, traducida al castellano como Más allá.

Esta clase de experiencias sorpresivas ocurren en la cinematografía.

Pasaron algunos años y se anunció un concierto en Ponce de Emilio Perícoli, en la Sala de Fiestas del Hotel Ponce Intercontinental.

De inmediato comencé a prepararme emocional y económicamente para ir a ese espectáculo con mi novia Lunita (pesaba 93 libras), luego esposa y madre de nuestros tres hijos, quien para entonces todavía vivía en Yauco.

Para aquel tiempo, yo era corrector de pruebas y columnista ocasional del semanario de la Iglesia Católica, El Debate, equivalente al semanario El Visitante, por lo que ingresaba algún dinero.

Además, recurrí a préstamos personales a los más estrechos compañeros de hospedaje en la casa de doña Julita y don Toño González -en la Avenida Muñoz Rivera número cinco, una casa de por medio del Tastee Freez-, lo que unos y otros acostumbrábamos recíprocamente en ocasiones similares.

Quería mandarle a hacer a la novia con tiempo un “corsache” de orquídeas blancas, que eran sus preferidas, y en su momento pedir para consumir en la mesa del hotel una botella de champán que nos durara fría en su champanera , toda la noche.

Para ese tiempo, en Ponce había tres líneas de taxis, todas con la misma tarifa fija de uso: medio dólar hasta cualquier parte de la ciudad y un dólar hasta el Hotel Intercontinental.

La noche del concierto llegamos en un taxi, cual si en un lustroso carruaje de oro, justo a tiempo para la presentación del artista ya de renombre internacional, quien nos resultó a la audiencia un pedante y nos desilusionó de entrada.

Hollywood se le había subido a la cabeza.

Salió a escena y comenzó a darnos clases, literalmente, de cómo se pronuncia correctamente su nombre, sobre todo su apellido.

Todo el tiempo, nos decía en inglés: “Mi nombre es Emilio, E-mi-lio, díganlo conmigo. E-mi-lio, díganlo conmigo. Perícoli, Pe-rí-co-li. No Pericóli. Pe-rí-co-li. No Pericolí. Pe-rí-co-li. Díganlo en voz alta conmigo”… como en una escuela elemental.

Zafante las pedagógicas repeticiones corales, por lo demás reinaba en la sala un silencio sepulcral, una respetuosa disponibilidad para con el que dictaba el curso fonético. Los puertorriqueños frecuentemente confundimos la buena educación con el servilismo. Pero éste más bien sería tema para otra columna.

Uno de los ponceños que ocupaba una mesa con su señora esposa era el doctor Enrique “Coco” Vicéns, cuyo carácter y conducta, no siempre prudentes, varios lectores todavía deben recordar.

De momento, se escuchó en aquel salón de clases, digo, en aquella Sala de Fiestas un grito estentóreo, una explosión emocional que hizo temblar los cimientos, lanzado por Coco: “¡Millo, deja de hablar y cántate una!”

Cantó más de una hora y, francamente lo hizo muy bien, porque era muy buen cantante.

Frecuentemente, los famosos vienen a Ponce a aprender una lección.