Entre bohemias inolvidables y los músicos de Héctor Lugo Bougal

En cada una de las fiestas, la comida que consumíamos la preparaba otro de “los artistas de Héctor”, quien cocinaba, por poner un ejemplo, el mejor arroz blanco con tocino del mundo.

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¿Qué es la poesía?

La poesía es la rosa de la vida,

la mar océano de la ternura,

el árbol de la libertad,

las alas de los valientes corazones

de Georgina Lázaro y César Hernández.

Jairo Aníbal Niño

A mis queridos compadres, Georgina Lázaro León y César Hernández Colón, con mi inmenso cariño.

El licenciado Héctor Lugo Bougal fue para mí un amigo muy leal y afectuoso a lo largo de muchos años, hasta el momento de su partida terrenal en el año 1998.

Era 15 años mayor que yo, pero eso no fue óbice para que entabláramos una profunda amistad. Siempre tuve la espontánea propensión de hacer amistad con personas mayores que yo.

Su hermana, Delia Lugo Bougal, y su esposa, Delia Auffant, fueron compañeras de estudios nuestras en la primera clase diurna de la Escuela de Derecho de la Universidad Católica, hoy Pontificia. Esto propició un pronto encuentro entre Héctor y este servidor, y una gran amistad a primera vista.

Héctor tenía una cantidad enorme de casos, por lo que trabajaba duramente, hasta tarde cada noche. Una de sus pasiones y diversiones en sus ratos de asueto era la música, en cuyo campo su ídolo era la extraordinaria cantante peruana -sobre todo de canciones folklóricas, cantos rituales aborígenes e imitaciones de aves- Yma Sumac, La Princesa Inca: un prodigio de la naturaleza, “especialmente conocida por su inusual registro vocal, único en el mundo, que llegó a abarcar seis octavas y media”.

Tal era la admiración de Héctor por esta diva de la canción universal, que así bautizó a su hija mayor, Yma.

Héctor tenía un grupo de buenos amigos que, además, eran muy buenos músicos, aunque los más de ellos ya no se dedicaban a la música a tiempo completo como modo de vida.

Tenían otros oficios, pero cuando Héctor los convocaba para sus bohemias, creaban un grupo musical ad-hoc, constituido en cada ocasión por los que estuvieran disponibles al momento.

Afortunadamente, casi siempre los mismos, quienes eran muy fieles a él.

Los más asiduos eran el guarachero y también bolerista Gonzalo “Chalo” Damiani, maestro en la Escuela Superior Vocacional; y don Andrés Torres, residente en la barriada Bélgica, guitarrista y en su vida diaria encuadernador de libros y Protocolos Notariales.

Asimismo, el inmortal violinista Johnny “Juanito” Meléndez, el guitarrista Félix Vega “Felo Patterson”; el violinista y singular cantante Tulio Préstamo, maestro de música a través de Parques y Recreo Públicos con sede en las oficinas del Parque Charles H. Terry; y el tenor José Ángel Santana.

Don Lalo Matos, “Lalo El Barbero”, también perteneció  a este junte hasta su muerte.

Eran músicos buenos, no meros diletantes o aficionados, y gente muy agradable.

En cada una de las fiestas, la comida que consumíamos la preparaba otro de “los artistas de Héctor”, quien cocinaba, por  poner un ejemplo, el mejor arroz blanco con tocino del mundo y luego que desplegaba para nosotros su buffet criollo, se sumaba a cantar, con una voz bien vibrante, tipo el dúo de Torres y Capacetti, o más  propiamente hablando, tipo Emilio Capacetti.

Era don Santos Torres, el dueño del negocio, fonda y sala de fiestas “La Pocilga”, en la barriada Bélgica.

En su conjunto, todo aquello era de una autenticidad que, a mi juicio, superaba muchas de las actividades de igual género del Instituto de Cultura Puertorriqueña. Todo, del arroz con tocino y su pega’o en adelante, era un homenaje a nuestra nacionalidad.

Si amena y placentera era la buena música que tocaban, no era menos sus características particulares y sus continuas bromas entre sí.

Para ilustrarlo, tomemos el caso de Gonzalo “Chalo” Damiani. Su repertorio musical era casi exactamente el mismo del cubano Miguelito Valdés, “El Gran Babalú”, con la gran orquesta cubana Casino de la Playa. Eso era válido, no había problema con que así fuera, sobre todo si se hacía bien, como lo hacía “Chalo”.

Lo que ocurrió fue que durante el mes de abril de 1939, Miguelito Valdés y la orquesta Casino de la Playa visitaron a Puerto Rico como parte de una gira Latinoamericana, y como era costumbre en la época, hicieron “duelos musicales” con algunas de nuestras mejores orquestas.

El “duelo” consistía en que, en un baile, una orquesta tocaba un “set” y la otra el próximo, mientras la gente bailaba.

Los otros compañeros le imputaban en broma a Chalo, para mortificarlo, que él se escondió -por si acaso le tocaba no estuvo disponible- durante aquellas dos semanas que Miguelito Valdés estuvo en Puerto Rico.

Chalo formaba parte para aquellos años de la famosa Orquesta Casino de Ponce de don Julio Alvarado. (Era evidente, en el fondo, que aquello no era un hecho cierto).

Una de las más emotivas interpretaciones del repertorio de Chalo era el bolero titulado Frío en el Alma, de paso, favorito mío:

“Acaso fue castigo de Dios

que te fueras así,

para nunca volver.

Frío en el alma, desde que tú te fuiste

sombras y angustias

sobre mi corazón…”

Chalo cantaba esa canción tres o cuatro veces en toda una noche, con la particularidad de que a partir de cierto momento a lo largo de la velada, añadía a la letra un grito emocionado de “¡Myrna!” de este modo que sigue, con sus ojos humedecidos:

“Frío en el alma, ¡Myrna!, desde que tú te me fuiste…”

Como no hay hombre sin Myrna, más aún a las 3:00 de la mañana y libando, a todos nos tocaba una fibra íntima.

Y ¿quién era Myrna? Nunca se supo. Era el fantasma de un amor frustrado en su pasado, que se aparecía en aquellas madrugadas.

Inmortalizados

En un momento, Héctor tuvo la acertada idea de grabarles un LP y así perpetuar una muestra de estos músicos tan singulares. A ese respecto, habló con el común hermano, César Hernández Colón, quien es dos veces compadre de Tony Croatto.

Tony tenía en el lugar al que ellos le llamaban “La Loma” en Caimito, en los bajos de su hogar, el estudio de grabación donde grabó varios de sus discos.

Se hicieron los arreglos y se envió al grupo para Caimito a grabar.

Al final de la jornada, Tony expresó que estaba insatisfecho con lo que se había logrado. Se quejó de que los acomodaba uno por uno, a cierta distancia técnicamente indicada de los micrófonos, y se le movían de lugar, que estaban muy inquietos, que se ponían de pie…

Héctor, presidente plenipotenciario de Producciones HLB, sentenció que se grabaría todo de nuevo, que se añadirían otros músicos que algunas veces también habían formado parte de las tocatas, tales como el licenciado Brigo Mojica (hijo de don Águedo) en la flauta y en la viola, de quien realmente puede decirse que era parte habitual del grupo; el licenciado Pepito Nieves Trilla en el violín, Julio Colón en la guitarra, Agustín Serrano en el bajo, Panchito Hernández en la batería, y Toñín González en el saxofón.

Para ese tiempo Tulio Préstamo, todo un personaje, ya había fallecido.

Francamente hablando, aquello era un trabuco.

Además, el productor le dijo al ingeniero de grabación de La Loma: “Un par de horas antes de iniciar la grabación, tú les abres un litro o dos de Don Q, según sea el caso, les pones unos vasitos pequeños de los de un trago ‘a tronco de jobo’ y un par de refresquitos, por si alguno de ellos quiere usarlos como chasers del trago”.

Así nació una joya musical que el Ponce de hoy debería conocer.

El LP se llama PONCE ES PONCE. ¿Cómo más iba a llamarse?

La primera pieza grabada se titula Ponce, naturalmente, una guaracha en la voz de Chalo, obra de un gran músico y compositor ponceño, afrodescendiente, intimo de Moncho Usera, de sentimientos patrióticos como Moncho, quien hizo su vida mayormente en la ciudad de Nueva York y cuyo nombre tristemente no puedo recordar.

En la carátula aparece un retrato de perfil, recortado en silueta, del violinista Johnny Meléndez, tocando su mítico violín. ¿Cuál otra enseña, tratándose de estos músicos desinhibidos, símbolos de su ciudad, que nuestro Rey del Pizzicato, bohemio de tiempo completo?

Me quito el sombrero del alma ante el recuerdo de estos músicos espontáneos, poco convencionales, de mucha sensibilidad y de corazón a flor de piel. Los músicos del licenciado Héctor Lugo Bougal.