En memoria de Carmen Delia Torres: una vida dedicada al servicio comunitario

Somos innumerables los beneficiados por sus favores, muchos que ni siquiera supieron su nombre, pues uno de los más nobles aspectos de la caridad es el anonimato.

Foto archivo

Aunque apenas seis años mayor que yo, Carmen Delia me trataba como un hijo más que había llegado tarde a su vida.

Su afecto, enmascarado de severidad, se hacía evidente en la cálida hospitalidad que reservaba, celosa de su intimidad, para la familia que protegía contra viento y marea desde su temprana viudez, extendiéndola a hijos, nietos, biznietos, vecinos y pacientes.

Dotada de una generosa vocación de servicio comunitario, la buena mesa era la vanguardia de una aguerrida campaña que abarcaba el condominio Twin Towers, las farmacias y hospitales donde organizaba, expedía y aliviaba con medicamentos a pacientes e impacientes, a la ciudad de Ponce, la isla, los Estados Unidos y el orbe todo, que no reconocía fronteras su sentido de responsabilidad ciudadana.

Guisaba las habichuelas, que como todo buen boricua sabe, es la prueba máxima de una cocinera, con una personalísima sazón que eclipsaba fondas, restaurantes y hogares menos afortunados.

Gocé del privilegio de sentarme a su mesa y disfrutar del aderezo adicional de sus relatos de la infancia en Aguirre, las batallas en hospitales y farmacias donde ejerció por más de cinco décadas como farmacéutica empeñada en aliviar el dolor ajeno haciéndolo propio y sus consecuentes viajes para atender las necesidades de la gran familia extendida.

Siempre me recetaba un descanso que jamás se aplicaba a sí misma. Se acusaba de ser preguntona, pero decía, y es cierto, que era el modo más directo de aprender de los demás. Era obstinada en sus convicciones, mas prevalecía al final su respeto a la opinión divergente.

De baja estatura, nada la amedrentaba, desafiante desde su prematura orfandad esforzándose en los estudios universitarios, la práctica profesional, la obsesiva adquisición de solares y albergues fruto del original desamparo y pobreza. Proveer para los demás fue su obsesivo modo de compensar la pérdida que marcó su infancia.

Somos innumerables los beneficiados por sus favores, muchos que ni siquiera supieron su nombre, pues uno de los más nobles aspectos de la caridad es el anonimato. Extrañaremos el cuestionador talante, mirada incisiva, sonrisa amable y mal disimulada ternura de su menuda y enérgica persona.

Permanece el legado del carácter y actos de sus hijos, nuera, nietos, biznietos, hermana, sobrino y familiares que somos todos, los herederos de su bondad.

Ejerció por más de cinco décadas como farmacéutica, empeñada en aliviar el dolor ajeno haciéndolo propio.