Embajador innato del paisaje isleño

El artista Kenny Enriquez Ramírez fotografía de forma magistral la naturaleza boricua.

Se trata de mirar, de hacerlo hasta saciarse, de apreciar cada rasgo. “Para estar tirando la cantidad de fotos que hago a diario miro con hambre”, dice el fotógrafo Kenny Enriquez Ramírez.

Luego agrega que la visión no le basta, que nunca es suficiente. Al fotografiar, el artista nacido y criado en Brooklyn, Nueva York, imagina.

¿Qué imagina?, le inquiere La Perla del Sur.

“Que soy alguien más. Pienso en cómo puedo atraer a otra persona, en cómo puedo capturar su atención y hacer que añore estar en el lugar de la foto. Hay diversas maneras de hablar. Pero para mí la fotografía es la máxima voz, es abrirle los ojos a alguien más. A veces ese otro tiene tanto que hacer que no está pendiente de la belleza”.

¿Puede definir belleza?, se le pregunta.

“Puerto Rico me enseñó a mí lo que es belleza. En Nueva York nunca vi montes, ni vi playas calmadas. No vi el mar azul. Esta isla es belleza”, expresó firme este exponente de la fotografía de 55 años. Su español sonaba casi nativo, aunque no pisó esta isla hasta los 15 años.

Fueron sus padres, de origen puertorriqueño, quienes lo trajeron a conocer por primera vez su lugar de procedencia. Vivió aquí por diez años, periodo que describe como “los mejores tiempos”, pero retornó a la ciudad de los rascacielos para trabajar en construcción. A las décadas, por problemas de salud, finalizó el oficio. Es en ese entonces que solo pensó en dedicarse de lleno al arte.

“Puerto Rico me enseñó a mí lo que es belleza. En Nueva York nunca vi montes, ni playas calmadas. No vi el mar azul. Esta isla es belleza”, expresó Enríquez.

“Puerto Rico me enseñó a mí lo que es belleza. En Nueva York nunca vi montes, ni playas calmadas. No vi el mar azul. Esta isla es belleza”, expresó Enríquez.

Por ello, una tarde de 1999 escribió en un buscador en línea “Puerto Rico”. Nada apareció. Y a partir de ese momento, decidió que su nueva y última encomienda era convertirse en emisario de nuestro entorno tropical.

Cierto es que no toda experiencia vivida en este terruño le ha dejado un buen sabor. Ha visto basura en litorales y montes, pero su labor no es criticar ni mostrar el disgusto, aseguró. En su lugar, agarra la cámara, le hace configuraciones y enmarca un panorama perfecto. “Si enseño cómo se ve ese monte limpio, se va a pensar antes de contaminar”, subraya.

De su hogar en Cabo Rojo no sale sin la cámara. Desde que se alojó en la costa oeste hace 16 años, vive a la expectativa. Siente la necesidad de palpar con los ojos. Le apasiona documentar y descubrir los paisajes locales, demostrar que “se pueden tener los mejores lentes, pero sin dominio de la apertura, la velocidad y la luz no hay obra. Primero la composición, luego la foto”, sostiene.

“Los paisajes no llegan, hay que buscarlos”, añade y no intenta explicarse. A esta edad, considera, vale más demostrar que hablar. Así como cuando se sentaba con su papá, Kenny Enriquez Cruz, a decirle que amaba el dibujo y este le respondía “entonces, dibuja”.

El niño siguió la instrucción. Recuerda que sus primeros trazos eran del sol, las gaviotas y la orilla del mar; todo lo que hoy día retrata con tal exactitud que no es posible distinguir si es una foto o una ilustración.

Una fortuna “locura”

Su formación artística es autodidactica. Aún recuerda las capturas análogas que apostaba por escanear y editar sin alcanzar la imagen deseada. “Una foto escaneada es como un objeto muerto. No tiene vida”, pensaba y piensa. Sin embargo, con el pasar del tiempo, se hizo de un dispositivo digital con seis megapíxeles y “se volvió loco”.

Kenny pasaba horas retratando y editando, además, diseñó una página web para exponer sus creaciones. Quedaba fascinado con el respaldo de la gente y a todos les recalcaba que las fotos no eran manipuladas. Es decir, que no se removían objetos de la misma, aunque sí se jugaba con la luz y la agudeza.

La intención de este hombre, que añora dar a conocerse más y perfeccionar su técnica, es resaltar lo “hermoso de la simpleza”; que cada poro de una roca llegue a ser foco de atención, que se vea lo profundo de la mirada de un San Pedrito, que se aprecie el intenso oleaje del Océano Atlántico y la magia del Mar Caribe, que se sepa “la grandeza y pureza del lugar al que pertenece”.

Su perfeccionismo y talento le hicieron merecedor del triunfo en un certamen organizado por “The Phoblographer”, una página de internet “dedicada a explorar la psicología de los fotógrafos”. Su obra “Portal to heaven” fue seleccionada por el jurado por encima de fotos con mayor voto del público.

“Para mí fue un honor. Me alegra y aún no lo creo”, contó sobre el suceso. Noticias como esta lo impulsan a proseguir, a contar desde cada punto cardinal la tierra que hizo suya. Para siempre.

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