El Piquito de Ponce: un altar a la cocina y la faena puertorriqueña

El Piquito de Bélgica era una empresa familiar de don Nicolás “Nico” Medina Morales.

Foto suministrada / Jackie Oliver

“El mejor remedio contra todos los males es el trabajo”.

Charles Baudelaire

A don Pedro Madera González, quien trabajó 35 años en El Piquito de Bélgica y luego de la muerte de casi todos los dueños originales, la familia Medina compró los utensilios del negocio y lo reabrió en la urbanización Constancia, junto a los Cines Twins, durante 14 años adicionales en sociedad con el también comerciante ponceño Raúl Laboy, bajo el nombre de “Piquito y Algo Más”. Sobre todo, al gran orgullo que don Pedro siente por el trabajo como valor en su vida. Puerto Rico tiene que rescatar ese orgullo como valor en la vida nacional, tenemos que regresar a la cultura del trabajo, exigiendo que tiene que ser justamente remunerado.

Todo va tan de prisa.

Desaparecidos hace muchos años ya el establecimiento “El Piquito de Bélgica” y el negocio del mismo ramo llamado “El Amanecer” en el barrio Magueyes, en el local que hoy ocupa el Agro-Centro El Amanecer, me pregunto cuántos jóvenes de hoy saben lo que es el piquito en la gastronomía popular puertorriqueña, y qué significaron aquellos dos negocios en la cultura popular ponceña.

Dejemos al rescoldo por un momento el tema de aquellos dos establecimientos gastronómicos, al que regresaremos.

¿Qué es el piquito?

Cuando yo llegué a Ponce en agosto del 1957 -fecha que partió en dos mi vida, por lo que la repito tanto- sabía lo que era la gandinga, pero nunca había oído que la palabra “piquito” denominara un producto para comer, como un plato típico de la gastronomía puertorriqueña, con excepción del “pan de piquito” que era justamente eso, una particular especie de pan con unas tetitas o piquitos que se consumía halando y desprendiendo los piquitos.

La gandinga era un guisado del hígado, los riñones y a veces el corazón del cerdo, partidos en pedazos pequeños, de color rojizo, que se acompañaba al consumirlo con guineos o plátanos verdes hervidos y/o con arroz blanco.

A poco de estar en Ponce, fui a la barriada Bélgica a ver y a probar aquello, nuevo para mí, llamado “piquito” y que no era “pan de piquito”.

Me explicaron, vi y probé un guisado similar a lo que yo conocía como gandinga, vísceras partidas y guisadas (véala usted cuando tenga la ocasión en una de las lechoneras de Guavate), pero este mucho más caldoso y de color gris pálido. Me dijeron que se hacía de las vísceras de la res. La gandinga, repito, es de las vísceras del cerdo. Esa es la gran diferencia con el “piquito”.

En Bélgica lo acompañaban con unas exquisitas y “famosas bolitas” de papa del tamaño de bolas de ping-pong, a las que añadían yautía para darle consistencia, de yuca (pequeñas alcapurrias) y tostones de guineo morado.

El local del negocio estaba ubicado en la calle 3 de Bélgica, en el pequeño pedazo de calle entre la Aurora y la calle Comercio.

Era un negocio de operación fundamentalmente diurna.

El Amanecer, como lo anunciaba su nombre, era un negocio para clientes madrugadores, como los camioneros, por ejemplo, y para gente que había pasado la noche fiestando e iban allí a cerrar su jornada con un piquito caliente y picante acompañado por viandas, y por el último trago de aquella “noche de farra”, como dicen algunos tangos.

Las dueñas eran Guillermina Bocachica, su sobrina, Elisa Leandry; y Carmen Arroyo Leandry, madre del policía Félix Juan Arroyo Arroyo, cuya esposa, Elpidia Vargas, también colaboraba en la administración del negocio.

Eran dos espacios muy distintos. Cada uno tenía su gracia particular.

Nuestro despacho profesional de abogados, Malavet y Ayoroa, estuvo durante sus primeros diez años de existencia, desde el 1965 hasta el 1975, justo al frente del Piquito de Bélgica, en la calle Comercio 18, altos, esquina con la entrada a la barriada Portugués.

El Piquito de Bélgica era una empresa familiar de don Nicolás “Nico” Medina Morales (1896 -1959), su esposa, doña Mangüi Negrón, y sus tres hijos varones: dos de ellos estudiaban en universidades a la par que trabajaban junto a su padre, madre y hermanos en el negocio familiar.

José “Joe” Medina Negrón logró convertirse en abogado y fiscal, y su hermano, Carlos Medina Negrón, se hizo ingeniero: muy meritorias y loables ejecutorias, dignas de emulación.

El tercer hijo, Pichi, quien era un ebanista de primer orden y contribuía con ese arte destacadamente a la Iglesia Episcopal La Sagrada Familia en la calle Marina, de la que él formaba parte, continuó con la también meritoria labor de seguir ayudando a sus padres en el negocio familiar.

Era gente muy seria, formal, respetada y querida. Trataban al cliente con mucha amabilidad y respeto.

El local era pequeño para la cantidad de gente que solía visitarlo; caluroso, con unos abanicos eléctricos grandes que revolvían aquel calor y aquel humo imperantes.

La mayor parte de los clientes se llevaban la comida encargada para sus hogares en unos vasos grandes de cartón encerado, pero muchísimos comían en el local, a pesar de las incomodidades ambientales descritas.

Hago un breve giro en mi relato para contarles complementariamente el modo curioso en que otros seres consumían aquel exquisito manjar.

Tengo un amigo, muy admirado y querido, que nació en Ponce, se crió en el residencial Gándara y reside en mi pueblo, Isabela, desde hace unos cuantos años. Se llama Luis Alberto Rivera Figueroa, y se le conoce como “Papo”.

Es un ingeniero químico, talentosísimo. Trabajó para empresas químicas transnacionales, para las que incluso creó nuevas técnicas de trabajo, patentables como inventos.

Una vez, Papo me contó que cuando vivía en el residencial Gándara, tres amigos y él solían hacer un “serrucho” económico y cuando ascendía a lo suficiente para el propósito, caminaban hasta la panadería de la calle Comercio, Comercio Bakery, que colindaba con nuestra oficina, compraban una libra (una yarda) de pan de agua, cruzaban la calle, compraban un vaso de piquito y se los llevaban a la casa de uno de ellos en Gándara.

Allá, partían la libra de pan en dos bandas, en dos mitades, vertían el piquito en el medio, volvían a cerrar el pan con sumo cuidado para que el piquito no se desbordara, y lo partían en cuatro partes iguales, cuatro sándwiches de piquito. “Eso era un almuerzo o una cena” para cada uno de ellos.

A mí, se me hacía la boca agua escuchando aquel relato y fantaseando con un buen aguacate en justa sazón.

En la investigación semanal que hago para escribir esta columna, tuve la fortuna de entrevistar a Pedro Madera González, quien trabajó en El Piquito de Bélgica durante 35 años, con excepción de los dos años de su servicio militar.

También dialogué con el amigo Jackie Oliver, un apasionado de la cultura popular ponceña, quien nos hizo importantes aportaciones y nos proveyó la fotografía de don Nicolás Medina Morales cocinando su piquito.

Me cuenta Pedro Madera González que doña Mangüi Negrón a su vez le contó que el negocio de Bélgica existía desde el año 1935.

Al comienzo, un servicio de piquito costaba 45 centavos y fue subiendo paulatinamente de precio hasta que llegó a costar dos dólares. Las célebres “bolitas”, al comienzo se vendían a cinco centavos, luego a diez centavos y finalmente a cinco por un dólar.

Cuando fallecieron los miembros de la familia Medina, menos Pichi, Pedro Madera González, quien era el que tenía “la sabiduría” de lograr aquel sabor (como él mismo me dice hoy, a sus 77 años de edad), se asoció con el también comerciante y amigo nuestro, Raúl Laboy, dueño entonces de la tienda Heavy For Men, compraron los utensilios del negocio y lo instalaron en la urbanización Constancia, frente a la Empresa Rovira, con el nombre de “Piquito y Algo Más”.

Pichi, el sobreviviente de los Medina hasta aquel momento, no accedió a que se llamara El Piquito de Bélgica, por consideración a su familia fallecida.

Allí duró 14 años más hasta su cierre. El Amanecer había cerrado muchos años antes.

Todo esto quedó atrás, es ley de vida. Pero “no hay que llorar sobre la leche derramada”, como suele decirse.

No debemos desconocer esto, naturalmente, así como nada de nuestro pasado, pero igualmente tenemos que crear otras fuentes de producción y de trabajo bien remuneradas; nuevas tradiciones, una siempre renovada cultura puertorriqueña.

Encarnemos en nuestras vidas la consigna del muy ilustre ponceño, don Federico Degetau y González: “Ama y trabaja”.

¡Qué consigna tan poderosa para refundamentar la patria futura, el amor y el trabajo!