El Parque de la Abolición: símbolo de una ciudad de avanzada liberal

Nacido en el barrio Collores de Juana Díaz, el escultor Víctor M. Cott Negrón fue comisionado en 1956 para crear la escultura El Hombre Redimido y el obelisco de 100 pies de alto.

Foto: Isla Caribe

“Si el ser esclavo es no tener derechos,

el ser amo es no tener conciencia”.

Julia de Burgos

Ay ay ay de la Grifa Negra.

A mi querida hermana villalbeña-ponceña, Lucy Echevarría, confiable custodio de este tesoro cultural de la ciudad y del país.

No hemos encontrado en todo el continente americano -en su momento, asiento masivo del grueso de la esclavitud africana- un monumento de las dimensiones y el tamaño del Parque a la Abolición de la Esclavitud en Ponce.

Mi hermano, Rafy Serrano Segarra, continuo colaborador de este servidor y de este espacio, lo ha buscado rigurosamente. También nosotros. Como sospechábamos, en comparación con la magnitud de la tragedia abolida hay relativamente pocos monumentos públicos en América, recordando la despiadada calamidad que fue la esclavitud negra, mucho menos recordando su abolición.

Los que existen son mayormente esculturas de tamaño real, del tamaño del cuerpo del ser humano, en este caso del cuerpo del esclavo, y en espacios o localidades poco prominentes, poco destacadas.

Los más grandes de esos “monumentos” son los almacenes que subsisten, sobre todo, en ciudades europeas, donde se les enclaustraba provisionalmente en “La Ruta de la Esclavitud”, con rumbo a América.

Desde el occidente del continente africano, hasta ciudades en diversos lugares de Europa, Norte, Centro y Sur América, había puertos en los que había almacenes, generalmente de mampostería, para resguardar provisionalmente la “mercancía humana” en tránsito.

En consecuencia, al paso del tiempo estos almacenes se han ido convirtiendo en patéticos monumentos de recordación de aquella abominable ignominia humana.

Son “monumentos” en la medida en que también lo son los campos de concentración, trabajos forzados y centros de exterminio de judíos, operados por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, que hoy día constituyen lugares para un turismo morboso que “no quiero ni regalado”.

A manera de ejemplo, en el área portuaria de Liverpool, Inglaterra, hay un Museo Internacional de la Esclavitud, fundado en el año 2007. Y en Lagos, Portugal, está el Museo O Mercado de Esclavos, del mismo corte.

Desde tiempo inmemorial, la ciudad de Ponce fue una de avanzada liberal, lo mismo en lo referente a la abolición de la esclavitud, como contra la pena de muerte.

Por consiguiente, cuando a las 2:00 de la madrugada del 22 de marzo de 1873 se supo que la Asamblea Nacional Española -constituida en sesión permanente- decretó por unanimidad que los aproximadamente 35 mil esclavos que había en Puerto Rico eran “dueños de su libertad, de su derecho, con la plenitud de la vida y de la conciencia”, Ponce entendió que era, por mucho, uno de los hechos más relevantes de nuestra historia nacional.

Aquella noticia provocó en Ponce una explosión de júbilo de nuestra masa popular y de nuestros más esclarecidos próceres, y un silencio ensordecedor de nuestros banqueros y hacendados, quienes perdían “propiedades”. Sin embargo, no ocurrió nada siquiera aproximado a un amago de guerra civil.

Entre nuestros muchos próceres abolicionistas, quienes laboraron por el éxito de la causa en ejemplar armonía, el ponceño don Juan Mayoral Barnés tomó la iniciativa de llevar a la Asamblea Municipal de Ponce el 14 de marzo de 1880 (transcurridos tres años de la abolición) la propuesta para construir un parque dirigido especialmente al disfrute de niñas y niños, en homenaje de recordación de la hazaña histórica de la abolición de la esclavitud.

La propuesta de Mayoral Barnés también fue aprobada por unanimidad en la Asamblea Municipal de Ponce, ratificada por el Gobierno Central de Puerto Rico y confirmada por Real Decreto del 1ero. de marzo de 1881.

A partir de aquel momento, se activó la tradicional conducta de ponceñas y ponceños que más valoro y aprecio: la iniciativa ciudadana de asistencia comunitaria que da pie a la repetida frase de que “Ponce se hizo a sí mismo”, “a Ponce lo hizo su gente”.

Una vez más, la ciudad de Ponce, su gente, “metieron manos a la obra” y construyeron la primera versión del Parque de la Abolición, para el disfrute de niñas y niños, con columpios, chorreras, fuentes con peces en colores, lotos en flor y un área para correr bicicletas y patines.

Al cruzar la calle Marina hacia el oeste, justo frente a donde el parque permanece hoy, iniciando en la bifurcación de las calles Salud y Marina, en el barrio Cuarto, estaban el hogar y la fundición de acero de la familia inglesa-escocesa Spencer-Graham.

Aquella casa, que luego colindaba con el Edificio Darlington, denominada durante años “La casa más antigua de Ponce”, permaneció allí hasta hace algunos 40 años, cuando pasó a ser el parque de estacionamiento del nuevo Colegio Ergos, del sacerdote canario Miguel González.

La familia Spencer-Graham produjo en su fundición gratuitamente el acero necesario, y moldearon e instalaron en toda su extensión las rejas de la verja del parque.

Muchos años más adelante, en el 1956, mientras era alcalde de Ponce Andrés Grillasca Salas, el escultor Víctor M. Cott Negrón entró en escena.

Nacido en el barrio Collores de Juana Díaz, este artista desde joven había sido respaldado por el mecenas yaucano, don Alejandro Marcial “Chalí” Franceschi Antongiorgi.

Cott, militante del Partido Nacionalista de Puerto Rico y quien previamente había esculpido en mármol uno de los leones de la fuente de la Plaza Degetau de Ponce, además de haber realizado una radical remodelación arquitectónica del Parque Luis Muñoz Rivera en Puerta de Tierra, elaboró la escultura en acero llamada “El Hombre Redimido”, que está en el pico sur del triángulo que forma el parque.

También, ese mismo año elaboró el obelisco a la Abolición de la Esclavitud, una obra de 100 pies de alto que se erigió entre la estatua al “Hombre Redimido” y la parte posterior de la Concha Acústica, que también se construyó allí en el año 1956.

El parque tiene hoy las siguientes dimensiones: de sur a norte, por la calle Salud, 380 pies. Por la calle Marina, en la misma dirección, 337 pies. Por la calle Abolición, al norte, 200 pies. Se midió, para poder afirmarlo categóricamente.

Para darles una idea aún más precisa de la magnitud de este parque-monumento, añado que el tótem telúrico que se levantó en la Plaza del Quinto Centenario en el Viejo San Juan, obra del escultor y ceramista Jaime Suárez, tiene una altura de 40 pies, menos de la mitad de la altura de este obelisco, que mide 100.

Cada año se hace en la ciudad de Ponce algún acto de recordación de esta efeméride libertaria. En años recientes, la ha organizado muy discretamente el licenciado Héctor Bermúdez Zenón, uno de los líderes de la afro-descendencia en Puerto Rico.

Los seres humanos algunas veces tendemos a difuminar el recuerdo, hasta que se nos borra.

No debemos olvidar, sin embargo, que uno de los dos propósitos que perseguía la marcha pública del 21 de marzo de 1937, que el gobernador de ingrato recuerdo, Blanton Winship, utilizó para “darle un escarmiento al Independentismo”, asesinando a 19 seres humanos e hiriendo alrededor de 200, era evocar el hecho histórico de la abolición de la esclavitud.

El otro propósito de aquella marcha pacífica -para la que no se precisaba solicitar permiso alguno y, aun así, lo solicitaron y se les concedió, según el dictamen de la Comisión Hays de la Unión Americana para las Libertades Civiles que investigó lo sucedido- era pedir la excarcelación de los presos políticos privados de su libertad en aquel momento, en la Cárcel Federal de Atlanta, Georgia.

Entre ellos figuraba el poeta Juan Antonio Corretjer -quien en sus dos matrimonios contrajo nupcias con ponceñas y vivió en La Playa de Ponce, en una vivienda que aún existe, muy cerca de lo que hoy es la Villa Pesquera- al igual que los ponceños Luis F. Velázquez y Pedro Albizu Campos.

Por lo dicho, alegóricamente, simbólicamente, en nuestro interior, cuando pasemos por cualquiera de los contornos de este amplio “Parque-Monumento a la Libertad”, amasado con el recuerdo del dolor y la sangre de tantos inocentes, recordemos el pasaje bíblico en que el Dios de la Historia, el Dios de la vida, se le presenta a Moisés en la zarza ardiendo y le dice: “Quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado”.

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