El padre Álvaro de Boer: otro santo que caminó entre nosotros

Nació en el año 1918, en Volemdan, al norte de Holanda y, al igual que Tony Croatto, volvió a nacer en Puerto Rico a partir del 21 de julio de 1946, cuando llegó aquí.

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“De aquí que mi sacerdocio lo he ejercido como un esfuerzo constante por lograr que el puertorriqueño y la puertorriqueña, descubran sus propios talentos y capacidades, sus propios valores y riqueza humana, manifestación clara del don-semilla plantado en ellos por la misma mano de Dios”.

– Álvaro de Boer

A todas las hermanas de la comunidad de Jesús Mediador en el sector Volcán-Arena en Bayamón; allí y en el Santuario de Schoenstatt en Juana Díaz es donde personalmente más cerca he sentido la presencia de Dios. A “la Iglesia Venidera” de la que continuamente nos hablaba el padre Álvaro, y a la memoria de mi hermano lajeño Winston Ramírez Irizarry, a quien el padre Álvaro, teniendo una cadera recién fracturada y enyesada, fue desde Volcán-Arena hasta Lajas y lo ungió, cuando le informé que Winston tenía cáncer.

Todos tendemos a pensar, creo, que los santos fueron seres que existieron hace muchos años, en lugares tan distantes como Lima, Siena, Loyola, Sales, Antioquia, Colombiére, Ars o Asís.

Lunita, mi primera esposa ya fallecida y madre de mis hijos, de quien les hablé en otra ocasión en este mismo espacio, Rocío Vanegas Aycardi, mi actual esposa, y este servidor, tuvimos el inmenso privilegio de conocer y compartir con un santo vivo del siglo XX, quien nació en el año 1918, en Volemdan, al norte de Holanda, hijo de una familia de pescadores y, al igual que Tony Croatto, volvió a nacer en Puerto Rico a partir del 21 de julio de 1946, cuando llegó aquí.

El 18 de noviembre de 1962 fundó la comunidad de Jesús Mediador en Caguas y en el 1965 se trasladaron al sector Volcán-Arena en Bayamón, en cuyos terrenos hoy él está sepultado.

Desde allí continúa inspirando y guiando a su pueblo hacia “la Iglesia Venidera”.

Como dijo fray Mario A. Rodríguez León, vicario general de los sacerdotes Dominicos en Puerto Rico: “La historia del padre Álvaro y la de la comunidad de Jesús Mediador son un signo vivo de la presencia de Dios entre su pueblo. El Volcán es una escuela, una universidad, un lugar de retiro, de oración, en donde la música, el arte y la poesía se hacen uno en la solidaridad y la esperanza”.

La Orden Dominica está de lleno en Puerto Rico desde el año 1521, cuando se llevó a cabo el traslado de Caparra hacia la isleta de San Juan.

Una vez allí, una de las primeras obras permanentes que se planificó y se construyó fue el primer Convento Dominico.

Los Dominicos Holandeses y las Dominicas de Amityville, de Brooklyn, están en mí desde que abrí los ojos al mundo.

Nuestro hogar, donde nací con el auxilio a mi madre de la partera, doña Panchita Meléndez, estaba en la calle Corchado de Isabela.

En la misma acera estaban los conventos de ambos, uno al lado del otro, por las partes lateral y trasera. Bajando por la calle Emilio González había un noviciado o Seminario Menor de los Dominicos para seminaristas puertorriqueños, a aproximadamente 50 metros lineales de nuestro hogar. Junto a este, colindaba el Colegio San Antonio de Padua en el que estudié desde el primer grado de la escuela elemental hasta graduarme de escuela superior.

Luego, mis Dominicos, ambos, sacerdotes y monjas, fueron dos de las órdenes religiosas que participaron en la creación de la Universidad de Santa María en Ponce, donde cursé mis estudios de Bachillerato y de Derecho.

Aquellos Dominicos del siglo XVI eran españoles. Los holandeses llegaron recién terminada la Segunda Guerra Mundial, dejando atrás su patria, físicamente destruida por la artillería y la aviación que paradójicamente dirigió una figura siniestra de la historia, que fue criado como católico: Adolfo Hitler.

Junto a los Jesuitas, eran una elite teológica, intelectual y una avanzada social de la Iglesia.

Fuimos afortunados, sobre todo los jóvenes de los pueblos donde se asentaron: Yauco-Ensenada, Bayamón, Cataño-Palo Seco, Isabela y Comerío, con la llegada al pueblo de estos tutores espirituales.

El padre Álvaro, recién llegado el 21 de julio  de 1946, lo asignaron a Yauco y como en el caso de Tony Croatto, fue amor a primera vista con Puerto Rico. Le inspiró muchísimas canciones sacras, litúrgicas, que hoy están recogidas por la Hermana de Jesús Mediador, Idalia Seijo, un monumento de ser humano, santa hasta en su semblante, de todo mi afecto, con la letra y la partitura musical, en un grueso “Cancionero de Amor y Fe”, que se publicó.

Entre muchas otras cosas, este santo de mi devoción, a quien bien podríamos llamar san Álvaro de Volcán-Arena, estrecho amigo y colaborador del beato Carlos Manuel Rodríguez, era músico y compositor.

Padre Álvaro y el beato Carlos Manuel se conocieron en la Parroquia Sagrado Corazón de Ensenada. De ese temprano junte surgió en definitiva la comunidad de Jesús Mediador en el sector Volcán-Arena.

A poco de llegar, el padre Álvaro se convirtió en un enamorado adalid de todos los

símbolos de la puertorriqueñidad, en todos los ámbitos.

En lo que respecta a la música litúrgica y a los vasos sagrados, las hermanas lo explican del modo que sigue: “Donde antes se enfatizaba  la solemnidad y los ritos, músicas y cánticos  heredados de otras culturas, hoy se privilegia la sencillez y las expresiones culturales propias del pueblo que celebra: instrumentos musicales o líricas en Puerto Rico, cuatro y guitarra, maracas, güiro, tambores, pleneras; los trovadores, la creación de letras o líricas propias; los vasos sagrados de materiales nuestros: la madera, el coco, etcétera. Hoy se privilegia a la espontaneidad, junto al respeto y la dignidad debida a las cosas sagradas”.

Igualmente se enamoró desde el primer momento de “los santitos de palo”, es decir, de nuestra madera tallada. Por ende, la sede de la comunidad ha sido una continua escuela de tallas de santos, dirigida en distintos momentos a lo largo de más de 50 años por el maestro tallador Carlos Anzueta, por Daniel Miguel Sánchez y por Roberto Ríos.

“Siempre atento a discernir por dónde va el soplo del Espíritu Santo”, como dice Idalia, el padre y la comunidad se preguntaron: “en esta situación de desigualdad social, donde muchos tienen poco y pocos tienen mucho… ¿dónde está Dios?” Se contestaron: “Dios oye el clamor del pueblo, ve su opresión y actúa en su defensa”.

Entonces, se lanzaron a la defensa de la justicia social, como lo hizo Jesús.

Han estado todo el tiempo junto al pueblo sufrido, en las huelgas, los rescates de terrenos, junto a los viequenses oprimidos por la Marina de Guerra, los deambulantes, los reclamos en favor de los presos políticos, las Madres de la Guerra. Literalmente, en todo, siempre del lado del débil y del oprimido, es decir, del lado de Dios, “plenamente convencidos de que Dios derrama sus dones con generosidad sobre sus hijos más sufridos”.

Nuestro Diálogo de Autogestión Económica, por ejemplo, sesionó en sus predios por lo menos en una ocasión.

Algo muy característico del padre Álvaro era su especial fe y su frecuente uso de los sacramentos del perdón y de la unción de los enfermos, a través de los cuales intercedió en logros francamente milagrosos, decenas de los cuales están relatados por testigos beneficiados, plasmados en el libro titulado Voces de Jesús Mediador, que vio la luz pública en el año 1999.

Cuando mi esposa Lena ya estaba herida de muerte en el Hospital Auxilio Mutuo en Hato Rey, el padre se presentó allí sin previo aviso, acompañado por dos de las hermanas. Creo recordar que eran la vivaz Rosario e Idalia.

Me dijo que se había enterado que mi esposa estaba allí enferma, que por favor le preguntara si ella quería que él le administrara la extrema unción.

Lena llegó a estar muy gruesa, como consecuencia de la tiroide, post parto de nuestro hijo, Francisco Alfredo. Sin embargo, como consecuencia del cáncer había rebajado 100 libras. Estaba tan flaquita como cuando la conocí.

Después de administrarle el sacramento, el padre se le quedó mirando fijamente y le preguntó: “¿Tú eres de Yauco? ¿Cuando eras niña a ti te decían Lunita?”

Lena contestó en la afirmativa a ambas preguntas suyas. Padre Álvaro le siguió diciendo: “Acabado yo de llegar a Puerto Rico, a Yauco, te bauticé a ti y a tus cuatro hermanos, ya eran grandes, en un mismo día”, lo que era enteramente cierto, ya que lo confirmamos luego.

Lo digo todas las semanas en este espacio, “la vida es mágica”. Hoy añado, y el padre Álvaro “rima con todos mis versos”.

Le administró el primero y el último de los sacramentos de la Iglesia Católica, sin que se hubieran vuelto a ver más en el interregno de 50 años, de 1946 a 1996.

Lena, “Lunita”, murió ese año de 1996. Nueve meses más tarde me mataron a tiros a mi hijo menor, “el machito”.

Me quedé como un pájaro bobo, viviendo en el éter.

A ese momento tenía 56 años de edad, con dos hijas profesionales ya casadas, con nietos y mi hijo fallecido, solo como el tango español que canta Juan Legido con Los Churumbeles.

Pasado un tiempo, para mi sorpresa me volví a enamorar y tuve un fracaso rotundo.

Como dice José Enrique Laboy Gómez en mi biografía: “En eso llegó Rocío”, quien para ese tiempo vivía en Mayagüez.

Como a los tres meses de conocernos, ella en Mayagüez y yo en Ponce, la invité a que fuéramos a una misa a “la Iglesia Sin Paredes” del padre Álvaro en el sector el Volcán de Bayamón, a la que yo iba de vez en cuando.

Rocío aceptó y nos fuimos sin prisa, “a la gacha panda” como decía mi padre (siempre supuse que era, como otras suyas, una expresión de su admirado abuelo canario), para una misa que comienza a las 10:00 de la mañana y termina pasado el mediodía.

Como siempre, aquel domingo la Iglesia Sin Paredes no daba para albergar a tanta gente que no cabía bajo el amplio techo.

Aquella misa, tan puertorriqueña, tan de los pobres y perseguidos, de los deambulantes, de los emigrantes, en fin, de los que tienen hambre y sed de justicia, tan alegre, tan llena de vida, sobre todo para mí quien soy un irredimible triste, era terapéutica, para todos, pero de manera especial para mí, debido a los tres golpes severos corridos que me había asestado la vida.

El padre Álvaro me adivinó entre el numeroso público y me hizo una señal para que nos quedáramos bajo el techo hasta que se fuera todo el público.

Cuando todo el mundo se fue, sosegadamente nos llamó hacia la parte de atrás del altar: un plywood pintado de blanco que hacía, digo yo, las veces de sacristía, ya que allí todo es sencillo.

Pidió dos sillas para nosotros y nos sentamos junto a él a hablar, al modo que impera en todo el lugar: sin ninguna prisa.

Le presenté a Rocío y comencé a contarle todas las cosas mágicas que habían ocurrido para que nos encontráramos.

Una de los relatos (él sabía la estupenda relación que siempre tuve con mi mamá), fue que mi mamá rezaba para que llegara a mi vida la mujer indicada. Ella sabía que yo no sé vivir solo y sufría por eso. Inútilmente, yo trataba de disimularlo ante ella cuando me lo decía.

Un día, la segunda de mis hermanas, Rebeca, y su esposo Roberto fueron de paseo a España y de Sevilla le trajeron una pequeña estatua de la Virgen del Rocío, la que mami puso en una mesita de noche en su cuarto. Le tenía todo el tiempo velas prendidas y le oraba.

Transcurrido un tiempo, ahora no puedo precisar cuánto, la llamé y le dije: “Mami, llegó la que has estado pidiendo para mí. ¿Sabes cómo se llama? Rocío”.

Ella creía que yo bromeaba. ¡Tal era la sincronía!

Este, en el marco de muchos relatos mágicos que me costaron tiempo relatarle y de los que cada vez el padre se maravillaba más, lo movió a decirnos: “A ustedes dos los unió Dios. ¿Quieren casarse?”

Ambos contestamos que sí y pidió que le llevaran los santos óleos.

Nos siguió diciendo: “A ustedes ya los casó Dios. Yo voy a ungirlos con los santos óleos” y procedió a sellar espiritualmente nuestra unión al ungirnos.

Algún tiempo después, el querido amigo y juez Rafael Riefkohl nos casó con las formalidades del Derecho en Puerto Rico.

Hoy día, la Iglesia Sin Paredes del sector Volcán-Arena, a cuyo lado derecho inmediato está la tumba donde descansa el padre Álvaro, sigue siendo el hogar de la puertorriqueñidad, de la justicia social, los santitos de palo, la misericordia, la canción, la música autóctona y la alegría, impregnadas de su savia.

La Eucaristía ahora la oficia un discípulo suyo, que a la vez fue su jefe en tanto Vicario General de los Dominicos en Puerto Rico e hijo de un ponceño del mismo nombre, nacido en la barriada Bélgica, al igual que su hermana mayor, Ingrid, fray Mario A. Rodríguez León.

Lectora y lector, regálense un domingo de sanación en un lugar donde priman la sana alegría y el genuino amor.