El inolvidable Napo: la mente más prodigiosa que haya conocido

Por increíble que pueda sonar, Napo sabía los nombres de todos los alcaldes de Puerto Rico y de sus esposas; igualmente, sabía los números de teléfonos de ambos, en sus hogares y en las alcaldías.

Foto suministrada

“En mi locura he hallado libertad y seguridad; la libertad de la soledad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser”.

Yibrán Jalil Yibrán, libro El Loco.

A los abogados Pedro Ortiz Álvarez, Fernando Torres Ramírez, Carlos Córdova Velis, Víctor J. Esponda Ramos; y a Papín Ortiz, narrador deportivo y exalcalde del pueblo de Sabana Grande, con mi expresión de agradecimiento.

Cuando terminé mis estudios de Bachillerato, doña Hilda Conesa de Yordán, inolvidable dueña del segundo hospedaje en que viví en la urbanización Villa Grillasca, nos informó que cerraba el hospedaje.

Puesto que iba a continuar mis estudios en la primera clase de la naciente Escuela de Derecho, tenía que continuar hospedado en Ponce, así que pasé al hospedaje de doña Julita y don Toño González en la Avenida Muñoz Rivera número 5, una casa de por medio del Tastee Freeze de Santa María y una casa de por medio de lo que luego vino a ser el centro comercial de Santa María.

Allí viví desde el 1961. Después de graduado seguí viviendo allí un año más hasta que Lunita y yo nos casamos.

Con ese hospedaje como sede y punto de partida, viví tantas experiencias como para llenar muchos libros.

Hoy les voy a describir algunos rasgos de la vida de Noel Napoleoni, a quien entonces simplemente llamábamos Napoleoni o “Napo”.

Era el ser humano de memoria más prodigiosa que nadie pueda imaginar. Dudo que en este aspecto hubiera o haya en el país uno semejante.

Él no era universitario, creo que no se había graduado ni de escuela superior. Sin embargo, compartía su vida entre los estudiantes de las cuatro universidades que había en Puerto Rico allá para los años del 1962 al 1965 del siglo pasado: UPR, POLY, CAAM y UCPR; además del Colegio Holy Rosary de Yauco y el Colegio San José de San Germán.

Visitaba continuamente los campus de las cuatro universidades, esas dos escuelas superiores y los hospedajes universitarios más conspicuos en esos pueblos, entre los que estaba en Ponce el de doña Julita y don Toño, donde yo vivía.

Unos decían que Napo padecía esquizofrenia, otros afirmaban que además padecía sífilis.

Cuando lo conocí y compartí con él durante alrededor de tres o cuatro años, a intervalos de tres o cuatro veces por año, tenía la edad que refleja la fotografía suya que acompaña este escrito, la que me consiguió para este propósito mi amigo, el exjuez del Tribunal Apelativo de Puerto Rico y profesor en la Escuela de Derecho de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico, Fernando L. Torres Ramírez.

Los estudiantes le hacíamos rueda para escucharlo asombrados, al hacer gala de su memoria extraordinaria.

Los que hoy tienen mi edad y fueron universitarios durante aquel segundo lustro de la década de los años 60, como mínimo tienen que haber oído alguna vez del famoso Napoleoni, quien visitaba por temporadas los centros de estudiantes de las universidades en Puerto Rico.

Por increíble que pueda sonar, Napoleoni sabía los nombres de todos los alcaldes de Puerto Rico y de sus esposas; igualmente, sabía los números de teléfonos de ambos, en sus hogares y en las alcaldías; los números de las tablillas de sus automóviles personales y oficiales. Asimismo, los nombres de los presidentes de las asambleas municipales (así las llamaban entonces), sus teléfonos y los números de tablillas de sus vehículos.

Lo mismo sabía de los representantes a la Cámara y los senadores. Le escribía frecuentemente al Gobernador de Puerto Rico y al Presidente de los Estados Unidos.

No me atrevería afirmar algo así públicamente, a no ser porque conozco gente aún viva que, al igual que yo, atestiguó este fenómeno. Tal es el caso de las personas a quienes dedico este escrito.

En el plano internacional, sabía quiénes eran todos los presidentes y/o primeros ministros de todos los países, aun de los más remotos y prácticamente desconocidos.

En preparación para escribir este artículo, el licenciado Pedro Ortiz Álvarez me ratificó lo que aquí dejo dicho.

Una vez Pedro llevaba un maletín color blanco en sus manos que encontró “en el pueblo”. Tuvo que abrir el maletín delante de él y Napoleoni se percató que dentro del maletín había un ejemplar de la Revista de Derecho Puertorriqueño y le dijo: “Me gustaría tener esa revista”.

Pedro le regaló la revista y el maletín blanco, que Napo cargó consigo durante años. Un poco para provocarlo, Pedro le preguntó si sabía lo que quería decir un latinajo propio de abogados. Este le contestó: “No sé lo que es, pero la próxima vez que nos veamos lo voy a saber”.

Una vez vino al hospedaje de doña Julita y don Toño, se me acercó y me repetía: “Hoy me tocan los ‘shocks eléctricos’, pero yo no voy a ir para allá”. Lo dijo varias veces, en alta voz.

Yo interpreté que él quería que lo llevara en mi Volkswagen y así lo hice, lo dejé frente al Hospital de Siquiatría de Ponce. Desconozco lo que ocurrió luego que lo dejé allí. No lo vi nuevamente ese día, ni en los días subsiguientes.

Muchos años después, específicamente en el año 2001 y 2002, se exhibió en Puerto Rico una película y un documental multipremiados, que me hicieron recordar a Napo.

La película del 2001, protagonizada por Russel Crowe, se titula A Beautifull Mind, la Mejor Película de ese año, y el documental A Brilliant Madness, PBS American Experience, producido por Randall Maclowry y dirigido por Mark Sanels.

Tratan sobre la vida de John Forbes Nash Jr., doctor en Matemáticas por la Universidad de Princeton a los 22 años de edad, quien ganó el Nóbel en Economía en 1994 y el Abel Prize en 1995, premio que otorga a distinguidos matemáticos el Rey de Noruega, cuyo personaje en la vida real padecía una esquizofrenia paranoide frecuentemente tan severa que tenían que encerrarlo.

Si no conoce estos dos filmes multipremiados, le invito a que los vea. No se arrepentirá de la experiencia.

Ahora bien, en materia de personas de la vida real cuyas vidas alcanzaron fama mundial a través de la pantalla cinematográfica, el caso excepcional más parecido al de Napo es el de Lawrence “Kim” Peek, cuyo papel dramatizó el actor Dustin Hoffman, en la película de 1988 titulada The Rain Man.

Kim Peek padecía el Síndrome de Asperger o Síndrome de Savant (Síndrome del Sabio), un trastorno leve del espectro autista.

Memorizaba un libro en una hora; tenía un calendario de mil años en su cabeza. Era una especie de GPS humano. A este tipo de seres humanos se les llama memoristas.

Hay otros casos conocidos, como los de Stephen Wiltshire, Derek Paravicini y Daniel Tammet. Sobre este último existe un documental titulado The Boy With The Incredible Brain.

También sobre Kim Peek hay un documental fílmico titulado El Verdadero Rain Man.

¿Qué documento existe que perpetúe la memoria de este humilde, genial y simpático jibarito del sector La Pica, en la carretera estatal PR-121, colindante entre Sabana Grande y Yauco?

En definitiva, ¿quién era el Napoleoni protagonista de este relato? Según figura en el Censo del año 1940, nació en el año 1937, en la calle Victoria de Guánica, hijo de doña Crisanta Ramírez de Napoleoni y de don Norberto Napoleoni Rodríguez.

Para el tiempo en que lo conocí y les estoy narrando, mis fuentes me dicen que su papá, “don Berto”, era supervisor de camineros para el Departamento de Transportación y Obras Públicas.

Un “peón caminero”, desde los tiempos de España, era el encargado de cuidar a pie un trecho de alrededor de cinco kilómetros de carretera y su entorno.

La familia de Napo vivía para ese tiempo en el kilómetro uno, hectómetro seis de la carretera PR-121 que conduce de Sabana Grande a Yauco, en el barrio La Pica. Napo tenía tres hermanos varones y una hermana. Su nombre completo, de acuerdo al Censo del año 1940, era Héctor Noel Napoleoni Ramírez.

Desde que nació mostraba esas mismas características que les he descrito: una memoria prodigiosa, descomunal, y un carácter raro, distinto, con ocasionales episodios de agresividad.

Desde niño, tenía curiosidad por saberlo todo.

Ya grandecito, se iba a un punto muy conocido por todos los que transitábamos por esa carretera PR-121 (era mi ruta de Isabela a Ponce), una de aquellas paradas casi obligadas, aquellos oasis en las viejas carreteras, la Estación de Gasolina de don Camilo Negrón, hermano del senador don Luis Negrón López y papá del juez Miguel Negrón Webber, en Sabana Grande, donde se vendían cocos de agua, dulces de coco, galletas de casco y un queso blanco, de prensa, famoso en todo Puerto Rico.

Los estudiantes que pasaban por allí le daban pon hacia las distintas universidades de Puerto Rico y los colegios católicos antes mencionados, donde él iba a montar su espectáculo de memoria sorprendente para el deleite de todos.

Huelga decir que tomábamos notas de lo que nos decía para, al volver a nuestros pueblos, verificar la veracidad del dato, con la intención de sorprenderlo en una pifia, lo que nunca ocurrió, que yo supiera.

Nunca nadie “le sacó en cara”, en mi presencia, que se había equivocado respecto de un dato que nos había ofrecido antes. Por el contrario, todos fueron corroborados.

Un profesional tan serio y respetable como el licenciado Fernando L. Torres Ramírez, exjuez del Tribunal Apelativo de Puerto Rico y todavía profesor de Derecho, me dice: “No tengo dudas que éste (Napo) era un hombre de inteligencia fuera de lo común, cuya condición de salud mental tronchó sus oportunidades de desarrollo”.

Dice la voz del pueblo que la genialidad y la demencia son primas hermanas. Juzgue usted el caso de Napo.