El Hotel Bélgica: otra joya oculta de la historia ponceña

En este lugar celebraron sus bodas Amalia Marín y Luis Muñoz Rivera, al igual que Laura Meneses del Carpio y Pedro Albizu Campos.

Foto suministrada

“Porque ya nadie toca la corneta de cartón en el país más triste”.

Antonio Ramírez Córdova

A la memoria de mi amigo, el licenciado Arturo Cintrón García.

En el número 122 de la calle Villa en Ponce, a unos pasos de la Plaza Degetau y de la Casa Alcaldía, hay un rincón de recuerdos que a veces, de tanto verlo, pasamos por alto su presencia y supervivencia.

Es un pequeño hotel cargado de historia que se llama Bélgica. Estoico, ha presenciado más de un siglo de historia ponceña, unas veces como testigo y otras como coprotagonista de esa historia.

Trasfondo

Desde siempre, las ciudades se han caracterizado por tener hoteles en torno o muy cercanos a sus plazas.

En Ponce, algunos llevaban nombres europeos como Inglaterra, al comienzo de la calle del Comercio, el Hotel Francés, en la esquina de las calles Marina y la actual calle Ferrocarril, donde luego estuvo la Academia Ferrán; y el Hotel Bélgica, que tiene más de un siglo de existencia y lo conservan en muy buenas condiciones de uso, como constaté hace pocos días.

En lo que respecta al Hotel Francés, como dato curioso, hay varias fotografías donde se ve en el lugar al general Nelson Miles, primer jefe del Gobierno Militar de Invasión y, a la par, primer administrador de “asuntos civiles” referentes al país invadido. Su experiencia esta hospedería le mostró nuestro nivel de civilización en aquel momento histórico.

De paso, las fotografías son de tal calidad técnica que parecen haber sido tomadas ayer y reflejan el lujo de su interior, incluso, en una mesa servida.

Allí todo era de primer orden.

Supongo que nuestros lectores ya saben que Miles obtuvo sus ascensos militares matando en acciones de guerra de expansión -numéricamente muy desiguales en favor del hombre blanco- a combatientes nacionales, originarios, que defendían lo suyo, sus casas móviles, sus familias, su alimento (los bisontes), como los jefes aborígenes Gerónimo y Sitting Bull, entre los años 1870 y 1880.

Años más tarde, las tropas invasoras capitaneadas por Miles desembarcaron por Guánica, que entonces era un barrio de Yauco, el 25 de julio de 1898, cuando aseguraron la plaza conquistada y algún tiempo después siguieron por mar hasta La Playa de Ponce, a donde llegaron trascurridos tres días, el 28 de julio.

Su famosa proclama “a los habitantes de Puerto Rico” está firmada en Ponce, Puerto Rico, en esa misma fecha, con toda probabilidad desde el Hotel Francés que los alojaba en aquel momento.

En lo que respecta al Hotel Inglaterra, fue el lugar donde tradicionalmente pernoctaban los equipos de béisbol profesional que se enfrentaban al equipo de Ponce en “la Liga del Castillo”, el Charles H. Terry, en dobles juegos de mañana y tarde los domingos.

¡Puede imaginarse la cantidad de glorias del béisbol que allí pernoctaron a lo largo de los años!

En lo que respecta al Hotel Bélgica, doña Gladys Tormes conserva en el Archivo Municipal de Ponce, que dirige con tanto celo, el plano de intervención o reconstrucción de la estructura, que elaboró nadie menos que el famoso arquitecto Alfredo Braulio Wiechers Pieretti, fundamental en la arquitectura ponceña.

Gracias a mi hermano Rafael “Rafy” Serrano, enamorado estudioso de la historia de su ciudad, aprendí que doña Amalia Marín (doña Maló) y don Luis Muñoz Rivera se casaron en la Catedral La Guadalupe y festejaron su boda, muy íntima y exclusivamente con un puñado de los miembros de sus familias, en el Hotel Bélgica, aunque no hemos podido verificar si en esa misma estructura, ya que la boda se llevó a cabo en el año 1893 y el hotel tuvo dos momentos históricos: primero fue hotel, luego fue residencia y volvió a ser hotel con el mismo nombre.

Por otro lado, la historiadora Marisa Rosado, autora de la biografía más extensa y abarcadora de don Pedro Albizu Campos, titulada Las Llamas de la Aurora, dice en la página 42 de su obra que “Aunque Laura (Meneses del Carpio) había manifestado su oposición a casarse por lo católico, (Laura y Pedro) regresan juntos a Puerto Rico y el 10 de junio de 1923 contrajeron matrimonio por el rito católico en la Iglesia de la Guadalupe en Ponce. Don Víctor Bonó Rodríguez, quien fuera secretario de Albizu Campos en su bufete en Ponce, ha expresado que esa boda fue celebrada en el Hotel Bélgica en la calle Villa”.

Resulta además agradablemente sorpresivo saber que la gerencia del hotel tiene muy claro cuál es el cuarto que ocuparon, y lo subieron a Google, como lo hace el Hotel María Cristina, sede del Festival de Cine en San Sebastián, País Vasco, que destaca en sus habitaciones el nombre de sus huéspedes más distinguidos.

Como apreciarán, Ponce conserva más anécdotas históricas de las que conocemos.

Por ejemplo, en una ocasión la respetada historiadora, doña Isabel Gutiérrez del Arroyo, me comunicó que quería volver a Ponce y estar un buen rato en la Casa de la Masacre, que para entonces aún no había abierto como museo.

Nos pusimos de acuerdo y vino junto a su hermana, doña Cotate, y a los también historiadores y socios en la Editorial Jelofe, J. Benjamín Torres y Jorge H. Medina. Este último, también fotógrafo y musicólogo.

Examinamos la casa rigurosamente por todos sus rincones. Para nuestra sorpresa, descubrimos que, bien adheridos a la parte interior de la escalera que conduce al segundo piso, estaban resguardadas, casi se puede decir que escondidas, todas las máquinas de trabajo de la zapatería “La Dominicana”, de don Casimiro Berenguer. Estuvieron allí 50 años, desde el 1937 en que ocurrió La Masacre, hasta el 1987, año en que las “descubrimos”.

El local, que hoy llamamos El Museo de la Casa de la Masacre de Ponce, antes había sido la zapatería de don Casimiro, líder del Partido Nacionalista, quien le había cedido tres cuartas partes del espacio comercial al Partido Nacionalista, para que fuese su comité en Ponce.

Más adelante, esas máquinas, que de otro modo se habrían dado por perdidas para siempre, pasaron a formar parte del museo en el justo rincón en que don Casimiro las había agrupado para el tiempo en que ocurrió la horrenda matanza, y allí aún se encuentran hoy.

Todavía hay lugares y objetos de gran valor histórico por descubrirse. En Ponce, la historia palpita.

Recuérdese, a manera de ejemplo, el espontáneo descubrimiento del Centro Ceremonial Indígena de Tibes. Entre otras cosas, de igual valor arqueológico, el más antiguo observatorio astronómico en el Caribe.

Allá como para el año 1975, el entonces alcalde y buen amigo, Wito Morales, me lo dijo discretamente, y yo no salía de mi asombro.

Por todo lo aquí explicado, ahora regálese un sosegado paseo a pie por la zona histórica de Ponce. Observe en esas señoriales estructuras las cornisas, los estucos, los placados, el yeso tallado, las lecerías y las Cariátides de la Casa Armstong-Poventud que lloraron a lágrima viva la muerte de Churumba.

Y revalide una vez más por esta muy particular, personal experiencia, por qué Ponce siempre es Ponce.