El cochero Garay: una de las razones por las que quiero tanto a Ponce

José de Jesús Garay, nieto del inmortal cochero, publicadas en la red social Facebook de Ponce Taxi.

Carlos Garay

“Los ojos, redondos espejos pardos tragándose el paisaje en jaquimón de soles rabiosos…”

Abelardo Díaz Alfaro

A la memoria del cochero Sammy Vélez, quien transmitía cada domingo desde su coche en movimiento, tirado por el caballo Tyson, el inolvidable programa “Paseando En Coche”.

A la familia alemana, Hilda, mamá y esposo, dueños del Restaurante El Coche, ubicado en la hoy Avenida Tito Castro, en la urbanización La Rambla.

Don Carlos Juan Garay Villamil, el inmortal cochero ponceño, nació el 12 de abril de 1881. Era un hombre de pocos estudios formales, pero de amplias vivencias, de mucha cultura popular y de palabra fácil. Presumía de ser buen despedidor de duelos, era una de sus artes.

Quizá su escuela se forjó sobre las conversaciones que escuchaba de los próceres que frecuentemente hacían uso de su coche.

A lo largo de años, procuré de diversos modos merecer su amistad, consciente de que me hallaba ante un ícono de la ciudad y de un ser humano agradable. Soy respetuoso coleccionista de seres humanos notables y de sus historias, las que a Garay le sobraban y tenía gracia para narrarlas.

La ocasión en que finalmente le grabé una extensa entrevista formal a finales de la década de 1970, ya bien en el ocaso de su vida, me dijo que nació en el año 1881, por lo que estaba bien cerca de un siglo de existencia.

Por mencionar solo una muestra, en el caso de Garay algunos de los usuarios de su coche, en distintos momentos, fueron Nemesio R. Canales, Luis Lloréns Torres, Luis Muñoz Rivera, José De Diego, Antonio R. Barceló, Antonio Paoli y don Miguel Pou. Toda una buena universidad.

Algunas veces yo me arrimaba a su coche, “como quien no quiere la cosa”, cuando estaba detenido frente a la Ferretería El Cometa, estructura que hoy aloja la sede de la Legislatura Municipal, y cuidadosamente le animaba para que me narrara más de sus muchas historias vividas.

Cuando nuestros hijos eran pequeños y residíamos en la urbanización Río Canas, en un par de ocasiones contraté su coche para que fuera uno de los atractivos de sus fiestas de cumpleaños, dándoles trillas por la comunidad junto a otros niños invitados.

En algunas de las vueltas recreativas, me sentaba junto a él, en la parte delantera del coche, para continuar escuchándolo.

A Nemesio R. Canales y Luis Lloréns Torres los transportó, cada una de las veces pasada la media noche, a llevar serenatas en las calles Méndez Vigo, Molina y Capitán Correa.

A José De Diego lo llevó hasta la Escuela Federico Degetau, en la calle Reina, donde pronunció el discurso principal en la inauguración del plantel.

De todas las historias que me narró en distintos momentos, la que me gusta más es la que tiene que ver con don Luis Muñoz Rivera y don Antonio R. Barceló, a quienes llevó de Ponce a Barranquitas en el año 1912. (La Carretera Central se terminó en el 1886).

Narró que tomaron la Ruta del Asomante: de Ponce al Coto Laurel, Juana Díaz, Coamo, su barrio Calabazas y el puente de hierro, camino de la empinada cuesta del Asomante, donde las ruedas del coche comenzaron a patinar y no subía.

Garay ya era un hombre hecho y derecho de 32 años de edad y más o menos les dijo: “Ustedes son Muñoz Rivera y Barceló y yo respeto eso, pero si no se bajan a empujar el coche, no alcanzamos nuestra meta de Barranquitas”.

Muñoz Rivera a ese momento tenía alrededor de 53 años y Barceló 44.

¿Pueden ustedes imaginar a Muñoz Rivera y a don Antonio R. Barceló con las vestimentas propias de la época, empujando el Coche de Garay, pendiente arriba, camino de Barranquitas por la Cuesta del Asomante?

Garay falleció el 20 de septiembre de 1981, pocos años después de haberle grabado una entrevista.

A su muerte, alguien me avisó -creo que desde el Gobierno Municipal- que Garay había dejado dicho en vida a sus familiares más cercanos que quería que cuando llegase ese momento, fuera yo quien despidiera su duelo.

Esto de que te designen para despedir un duelo es una experiencia siempre difícil de explicar, sobre todo, si fue el ahora difunto quien lo pidió en el ocaso de su vida.

Es un honor que te hacen, pero no deja de ser contradictorio que te inviten a hablar cuando todo más bien convoca al silencio. Tanto más para mí respecto de Garay, quien las veces que hablamos siempre destacó su condición de buen despedidor de duelos.

Para ese tiempo yo tenía un pequeño yip amarillo, de los primeros marca Suzuki que trajeron para la venta en Puerto Rico en el año 1979, con capota de lona.

Lunita y mis hijos -conocedores de mi deseo íntimo de tener un yip- me lo regalaron sorpresivamente el día que cumplí 40 años de edad, adornado con un enorme lazo verde. Fue el vehículo que utilicé el día de su sepelio para ir desde La Rambla, donde ya vivíamos, hasta el Cementerio Civil, a cumplir aquella triste encomienda.

La emisora WPAB había dedicado toda la mañana al evento, por lo que había dicho varias veces que yo habría de despedir el duelo.

Eso me dio la oportunidad de confirmar sobre la marcha una de las características de la ciudad de Ponce que hacían que Nemesio R. Canales la amara aún más: el respeto, el culto que hay en Ponce por sus personajes pintorescos, a los que Canales llamaba personajes estrafalarios.

En mi tiempo, Maruca, el violinista Johnny Meléndez, Uvita o Johnny Prinair, el Chivo Pepe, Cuquito Frenito, El Negrito Canelo…

Cuando yo iba en mi yip por la calle Guadalupe, aproximándome al correo de la calle Atocha, las aceras estaban atestadas de rostros dolientes y algunos me hacían exhortaciones:

“Licenciado, hable bonito, que a ese hombre lo queremos mucho”.

“Licenciado, ha muerto parte de Ponce”.

“Licenciado, se nos fue el viejo, quien paseó durante un siglo nuestra historia en su coche”.

Todos los pueblos tienen sus personajes típicos. La diferencia entre los de Ponce y los demás, radica en la valoración y el respeto, casi la veneración, que se les profesa en Ponce.

Tengo muy claro que en esto Ponce es único, es una de las muchas razones por las que lo quiero tanto.

Entre los usuarios de su coche y protagonistas de sus anécdotas figuraron Nemesio R. Canales, Luis Lloréns Torres, Luis Muñoz Rivera, José De Diego, Antonio R. Barceló, Antonio Paoli y don Miguel Pou.