Don Ismael Feliciano: lustrador de oficio y servidor por vocación

Don Mongo, como le conocen en la Ciudad de los Reyes, es un caballero cuya formación académica no trasciende la escuela elemental, pero cuya educación sí trasciende las aulas escolares, ya que con sus modales y don de gente se ha convertido en el querendón de sus clientes. Don Mongo relató que cuando comenzó en este oficio hace casi 70 años solo cobrara 10 centavos por servicio.

Foto: Glorimar Muñoz

Caminar por la Plaza Román Baldorioty de Castro en Juana Díaz sin divisar al artista que durante décadas ha lustrado el calzado de miles de compueblanos es casi imposible.

Porque allí, en la esquina de la calle Comercio, don Ismael Feliciano Diana lleva casi medio siglo a la sombra de un árbol, limpiando y brillando los zapatos de cuanto amigo acude hasta su silla, fielmente, deseoso de su eficaz y raudo servicio, además de su tertulia cándida y amable: un arte a punto de extinción.

Don Mongo, como le conocen en la Ciudad de los Reyes, es un caballero cuya formación académica no trasciende la escuela elemental, pero cuya educación sí trasciende las aulas escolares, ya que con sus modales y don de gente se ha convertido en el querendón de sus clientes.

Como apunta, su apodo se acuñó cuando era chico, ya que desde entonces caminaba con inusual flexibilidad: de forma verdaderamente peculiar. “Me veían mongo y así me decían. Así me quedé”, comentó sonriente al explicar el origen de su alias.

Mas fue a los diez años de edad cuando se estrenó en el oficio que le enseñó su padre, don Julio Feliciano, quien también fue lustrador y lo indujo a dejar atrás los inocentes juegos de niños para colaborar con el sustento de su hogar.

“Yo empecé aquí a los diez años, eso fue más o menos para el 1951. Aquí se limpiaba mucho zapato antes, pero ahora, está flojo”, continuó relatando, esta vez en tono más sombrío.

Y junto a su hermano Ali Feliciano Diana, también conocido por “Jalisco”, Don Mongo ganó su sitial en el oficio: trono que ha mantenido hasta el día de hoy, a pesar a la merma en personas que demanda sus servicios.

Su hermano Jalisco ya casi no lo acompaña a la plaza por razones de salud, pero continúa siendo su apoyo y aliado en la faena, ya que algunos clientes aún le traen zapatos para el requerido mantenimiento, labor que ambos realizan en su hogar.

“Hay gente que me trae zapatos, yo me los llevo para casa y lo hago allá, porque no tengo más ná’ que hacer”, lamentó Mongo, al también mencionar que el deterioro en su salud ya no le permite cumplir con ciertas obligaciones caseras, las que, por fortuna, son atendidas por sus hijos.

Recuerdos vivos

En su afable diálogo con La Perla del Sur, Don Mongo relató que cuando comenzó en este oficio hace casi 70 años solo cobrara 10 centavos por servicio, una tarifa que pretendía ser competitiva ante la cantidad de lustradores que acudían a la plaza.

Pero de todos, Mongo fue el más perseverante, ganándose el respeto de sus clientes y manteniéndose activo, como él mismo dice, “con o sin chavos”.

“Así de humilde es”, puntualizó uno de sus tantos clientes, quienes al observar la presencia de este semanario, no escatimaron en elogios para este hijo de Juana Díaz.

Estos atributos, incluso, fueron los que un día atrajeron la atención de un alto oficial militar, quien décadas atrás se le acercó para ofrecerle una oportunidad excepcional. “Me dijo que me llevaría con él. Y me llevó a Fort Allen y allí estuve casi 25 años limpiando los zapatos de los militares”, recordó.

Así, de zapato a zapato, Don Mongo también se ocupó de brillar el futuro de su familia y de sus ocho hijos.

“Yo siempre he estado aquí para servirle la gente, me gusta hacer esto”, puntualizó mientras dejaba sentir su carácter afable y sencillo.

Y a estas alturas de la vida, lo único que lamenta es que con “la enfermedad esa, ya no es lo mismo”, sentenció en referencia a la pandemia del coronavirus. “Ya casi no viene gente”.

Ochenta años y sumando

A pesar de eso, Don Mongo insiste y no claudica al trabajo. Por eso, con mascarillas y equipo a la mano, camina con bastón desde su residencia hasta la plaza de recreo, entre las 7:30 a 8:00 de la mañana para, dependiendo el movimiento, mantenerse allí hasta el mediodía o a las 3:00 de la tarde.

Mientras tanto, saluda a los comerciantes de la zona, quienes incluso velan por su bienestar y el de sus herramientas de trabajo: un bulto con ruedas que contiene desde paños y cepillos, hasta la caja de madera donde con recelo coloca el betún, los tintes marrón y negro, y las botellas de jugo o refresco que recicla para realizar su trabajo.

“Y ¿tú ves esas sillas? Yo las dejo ahí. Nadie las toca, porque saben que son mías”, comentó al apuntar a las dos sillas de oficina que le regalaron y que mantiene bajo la sobra de un árbol para que sus clientes se sientan cómodos, mientras lustra sus zapatos: servicio por el que cobra cuatro dólares.

“Pero mi’ja… Pon ahí que es si tienen. Si no tienen, lo que se pueda”, recalcó a La Perla del Sur.

¿Y qué hace si no llegan clientes?

“Pues, me entretengo con la gente”, respondió de inmediato, aludiendo a un grupo de personas, en su mayoría jubiladas, que casi a diario le acompañan para hacerle compañía mientras juegan dominó, comparten un café o simplemente discuten los acontecimientos del día.

Al igual que ellos, otra cifra indeterminada de aliados y conocidos aprovechan su tránsito por la plaza para saludarlo, en persona o desde sus autos, algo que Don Mongo valora y atesora, aunque a veces tenga que retornar a su hogar con los bolsillos vacíos.

“La gente me quiere. Yo no tengo problemas con nadie. Nunca he tenido problemas de ley, soy un hombre tranquilo”, confesó, ya con lagrimas aflorando por sus ojos e inevitablemente conmovido por el respeto y afecto que le demuestran sus compueblanos.

“A veces viene gente por ahí y me traen comida, un cafecito. La gente es buena conmigo”, insistió al agradecer el respaldo fiel de los empleados municipales y el alcalde Ramón Hernández Torres, quienes “me ayudan mucho”.

Pero ante todo, Don Mongo agradece al Todopoderoso, a la vida, a sus 80 años de existencia y, sobretodo, a la fuerza de sus manos por permitirle seguir lustrando zapatos en Juana Díaz.

Así, de zapato a zapato, Don Mongo también se ocupó de brillar el futuro de su familia y de sus ocho hijos. (Foto archivo)