Desde pan criollo hasta una mano amiga: la gesta comunitaria de Erika Quirós

“Yo casi todos los días tengo que ir al supermercado, así que si voy a estar ahí, ¿por qué no hacerles el favor?”, continuó. ¿Cómo les voy a decir que no? Son gente buena y un favor no se cobra”, recalcó la carismática microempresaria.

Foto: Jason Rodríguez

Puedes escucharlo a lo lejos en las madrugadas, incluso, antes de tomar el primer café del día.

“Ven y compre… Pan dulce, de agua y sobao”.

El auto fluye a paso lento por las calles, dándole tiempo a los vecinos a levantarse de sus camas y a rebuscar en sus monederos: algo extraordinario en tiempos de cuarentena, cuando recibir pan criollo en la puerta de su casa es un lujo, más que apreciado.

Sin embargo, para Erika Quirós Chamorro es mucho más que eso.

A sus 45 años de edad, es la esposa, madre de cuatro hijos y abuela de cinco nietos que en las mañanas, los siete días de la semana, se convierte en la “salvación” de decenas de ponceños -en su mayoría de la tercera edad- que la esperan con ansias, con el pan caliente, con una sonrisa y mucho más.

Desde hace tres años, esta residente del sector Punta Diamante dedica sus auroras a vender desde su auto pan y otros víveres, por la urbanización Constancia y las comunidades de San Antón, Starlight y Caracoles.

En un día cualquiera, Erika acostumbraba vender cerca de 40 libras de pan previo al mediodía. Ahora, desde que comenzó la cuarentena, llega a las 60 libras y completa la tarea antes de las 10:30 de la mañana.

En otras palabras, más de 400 libras de pan por semana.

“Me levanto a las 4:30 de la mañana para empezar toda la jornada de prepararme y montar todo en el carro. A las 5:30 ya estoy en la panadería comprando y a las 6:00 empiezo mi ruta, haciendo desorden por ahí”, comentó con su habitual sonrisa.

Como explicó, comenzó vendiendo pan en el 2017, como empleada de Alfredo Meléndez, un conocido vendedor de pan en Punta Diamante.

“Yo siempre he trabajado desde mi casa, haciendo pasteles, alcapurrias, flanes y cositas así. Donde yo vivo había un señor, don Alfredo, que vendía pan y tenía la ruta de Punta Diamante y Villa del Carmen. Cuando su hijo se fue para los Estados Unidos, él me contrató para que le hiciera la ruta de Villa del Carmen y así fue como empecé”, explicó.

Al poco tiempo, Erika decidió vender por cuenta propia y no tardó en encontrar su nicho.

“Un día pasé por Constancia y Starlight, y pregunté si había alguien que vendía pan ahí, y me dijeron que no. Así que me tire”, dijo.

Al poco tiempo de iniciarse como “panadera comunitaria”, al pan se le sumó la leche, el jugo y la mantequilla. El jamón, el queso, la jamonilla y las salchichas eventualmente redondearon la oferta.

¿Qué es la cosa más rara que le han pedido?, le preguntamos.

“Cigarrillos”, respondió entre risas.

Del negocio al servicio

Pero lo que para algunos es una conveniencia, para otros es un auxilio indispensable.

Según avanzaban los días de la cuarentena por el COVID-19, Erika no tardó en constatar cuán necesaria es para adultos mayores una mano amiga que ayude a conseguir provisiones.

“Con todo lo de la pandemia, muchas personas empezaron a preguntarme si les podía traer unas cosas en especifico, y yo les dije ‘claro que si’”.

“Hay viejitos que casi no pueden caminar. Yo voy a los supermercados y me da mucha pena a veces verlos, porque no tienen a nadie”, continuó.

Desde entonces, ha compartido su número de teléfono personal con clientes de mayor edad, quienes rutinariamente la llaman para preguntar si les puede llevar artículos que están fuera de su oferta tradicional.

Sin titubear y sin procurar ganancia alguna a cambio, Erika los complace.

“Hay mucha gente mayor que no puede o no se atreve a salir de sus casas por el virus. Me han pedido de todo: café, azúcar, arroz, habichuelas y hasta detergente”, dijo. “Últimamente me han pedido desinfectante y mascarillas de tela, y pues, se las consigo también”.

“Yo casi todos los días tengo que ir al supermercado, así que si voy a estar ahí, ¿por qué no hacerles el favor?”, continuó. ¿Cómo les voy a decir que no? Son gente buena y un favor no se cobra”.

Su desprendimiento y buen corazón, sin embargo, ha tenido su recompensa.

“Lo más que yo he ganado en todo esto han sido amistades. Me encanta. He conocido a toda clase de persona. Me tienen mucho aprecio y yo los quiero mucho a ellos”, agregó conmovida.

“Antes de todo esto de la pandemia, algunas de las viejitas me abrazaban cuando me veían. Siempre bien contentas. Cuando pase todo esto, espero poder abrazarlas de nuevo”, continuó.

Y como el que lo hereda no lo hurta, en el 2019 la hija mayor de Erika, Rosa Nieves Quirós, de 29 años de edad, decidió seguir el ejemplo emprendedor de su madre e inició su propia ruta para la venta de pan y provisiones.

“Como ahora mismo tengo la guagua dañada, nos bandeamos las dos con el carro de mi hija. Hay días que ella me cubre y luego, yo le cubro a ella”, explicó Erika.

“Cuando hago su ruta, ella es mi jefa y me paga”, añadió orgullosa.

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