De ocurrencias jocosas y crueles, el estrado judicial de Ponce también tiene historia

Foto Archivo

“El derecho penal está enfermo de la pena de prisión”.

Libro “Hacia una penología puertorriqueña: perspectiva crítica”

Lina M. Torres Rivera y Carmelo Campos Cruz.

En memoria de la sabia compasividad del juez federal Hiram Cancio Vilella.

En el Centro Judicial de Ponce, hace ya más de un cuarto de siglo, presidió uno de los Salones de lo Criminal un juez talentoso (ejemplo de ello: logró una de las notas más altas de su Reválida de Abogado); un hombre trabajador, simpático, campechano, “con mucha calle”, con mucho sentido de justicia, a quien no le podían “pasar gato por liebre”.

Oriundo de un pueblo del interior del país, exhibía en su proceder la conducta y conservaba el hablar sala’o típico en mujeres y hombres de aquella región en la que él nació y se crió.

Había participado en elecciones a nivel de primarias y dominaba la jerga particular de ese oficio.

Como frecuentemente ocurre con la gente talentosa, tenía una gran vis o fuerza cómica que se le escapaba involuntariamente. Todos sabíamos que tenía mucho respeto por su trabajo, sobre todo por los acusados, a quienes él se dirigía desde el estrado con cierta actitud paternalista que no caía mal.

En Puerto Rico, en aquel entonces, las sentencias penales ya solían ser, como hoy, muy altas y con poca discreción de la jueza o el juez respecto del modo de dictarlas.

Al común de las personas esto les parece bien. Piden en los medios y en las redes sociales que cada vez se aumenten más las penas.

Los candidatos a legisladores así lo prometen al pueblo, que los aplaude por ello.

Las cárceles son miradas como un lugar de venganza, muy lejos del espíritu de la ley que las creó, como lugares de rehabilitación.

Al recluso José Armando Torres Rivera, QEPD, de quien hablamos la semana pasada en este espacio, la juez que le impuso la sentencia -juez que se caracterizó en el medio judicial y se dio a conocer por ser despiadada en la imposición de sentencias severas- le impuso a José Armando 224 años de sentencia, como para que “se pudriera allí adentro”.

Transcurridos 28 años y seis meses, se probó científicamente -como tantas otras veces está ocurriendo- que José Armando era inocente. Poco tiempo después de regresar a disfrutar el máximo derecho fundamental de la libertad, derecho de todo ser humano y del cual se desprenden todos los demás derechos, murió por causas naturales.

En este caso de José Armando, la juez que profirió la sentencia ya tenía la discreción para no imponer, como lo hizo, sentencias consecutivamente. Sin embargo, ella optó por defender su cetro de juez que imponía las más extensas sentencias. Le asistía ese derecho que, al parecer, disfrutaba.

Regresando al relato que les vengo haciendo, el juez de marras una vez se topó desde el estrado en Ponce con una situación similar a la de José Armando, con la enorme diferencia de que él no tenía opción alguna para imponer las sentencias, a cumplirse CONCURRENTEMENTE (con cumplir la mayor pena se cumplen todas las penas) unas con otras.

El convicto que iba a ser sentenciado en este caso del relato era un hombre ya entrado en años. La Sentencia que ordenaba el Código sin opciones, era de muchísimos años, por lo que, no bien dictada, el convicto le dijo al juez para el récord: “Pero, señor juez, a mi edad yo no voy a poder cumplir todos esos años de sentencia”.

A lo que el Juez le ripostó en su característico modo de hablar: “Mijo, tú te vas por ahí, chinguín, chinguín, chinguín, y cumples lo que puedas”.