De Cuba a Puerto Rico: una vida consagrada a los marginados

Juan de Dios nunca imaginó que aquella travesía a la isla lo posicionaría a la cabeza de una misión transformadora para miles de personas sin hogar, pacientes VIH y adictos en el sur del país: un anhelo que se convirtió en el Centro Cristo Pobre. “Dedico casi mis 24 horas a este proyecto, a esa familia en la que a muchos considero como mis hijos”.

Foto archivo

Para proveer el sustento y ofrecerle una mejor calidad de vida a su familia, Juan de Dios Videau Soler llegó a Puerto Rico en el año 1994, invitado por su vecino en Cuba, el padre Francisco García Cervera, quien para entonces buscaba ayuda para sostener un proyecto revolucionario: un albergue para pacientes con VIH en Ponce.

Sin embargo, Juan de Dios nunca imaginó que aquella travesía a la isla lo posicionaría a la cabeza de una misión transformadora para miles de personas sin hogar, pacientes VIH y adictos en el sur del país: un anhelo que se convirtió en el Centro Cristo Pobre.

Según explicó, toda esta historia se originó en La Habana, una tarde del 1994, cuando al terminar otra intensa jornada laboral se dirigió a su hogar para enfrentarse a la misma realidad de muchos de sus vecinos.

“En casa solo tenía un mangó para comer”, confesó.

“Y me tiré a la calle a ver si podía conseguir por lo menos una libra de arroz y habichuelas, pero no pude. Tuvimos que acostarnos sin comer”.

“Entonces pensé que tenía que hacer algo para que mi familia pudiera comer” y, sin pensarlo dos veces, aceptó la invitación de su amigo, el sacerdote fundador del Albergue La Providencia, quien ya llevaba algún tiempo evangelizando en Puerto Rico.

Así, de la mano del Padre Francisco, ambos cubanos se enrollaron las mangas y se entregaron al rescate de los pacientes desahuciados con VIH.

“A mí me trajo a Puerto Rico la necesidad, porque yo no sabía nada de esto del VIH, de las drogas y ni siquiera el crack. Nunca conocí de la droga en Cuba, pero aprendí mucho con esta población”, comentó.

Previamente, Juan de Dios había estudiado electromecánica en la extinta Unión Soviética por encargo del gobierno cubano y, aunque nunca fue de su agrado, reconoció que para entonces, el año 1973, no tenía otra opción.

Posteriormente, fue profesor en la Academia Naval Cubana y trabajó en la Unión Eléctrica de Cuba como programador de líneas, pero ninguna de estas experiencias llenaba sus expectativas o le apasionaba tanto como sus largas jornadas en el Centro Cristo Pobre.

“Sencillamente, me enamoré de mi trabajo”, puntualizó sonriente Juan de Dios, quien ahora además cuenta con un certificado profesional como Consejero en Adicción Nivel 4. “Esta es la misión que Dios tenía para mí”.

Y aunque a su llegada a la isla también laboró para una empresa farmacéutica, su pasión por el servicio comunitario, insiste, pesó más en su conciencia y corazón.

Ejemplo claro fueron sus pininos en la entrega de alimentos a personas sin hogar en el caso urbano de la ciudad, una tarea que adoptó junto a voluntarios de Ponce y que culminó con el nacimiento del Centro Cristo Pobre, un oasis en el que brindan no solo alimentos, sino espacios dignos para el aseo, así como un centro de apoyo para facilitar la búsqueda de oportunidades y su calidad de vida.

¿El resultado? “Grandes historias de superación”, puntualizó Juan de Dios.

“Cuando llegué, en mi mente solo quería resolver el problema de mi familia, pero después entendí que esta era mi misión en la vida. Dedico casi mis 24 horas a este proyecto, a esa familia en la que a muchos considero como mis hijos, y creo que me enamoré de este trabajo. Esta es mi vocación”, continuó el misionero, justo antes de exhortar a jóvenes generaciones a explorar su rol como voluntarios.

Entre múltiples satisfacciones, insiste, pocas comparan con la sensación de caminar por la calle y toparse con alguien “que te dice, ‘Juan. ¿no te acuerdas de mí? Tú me ayudaste y ahora estoy trabajando, bien y con familia’”.

“Así tenemos muchos que se mantienen en contacto y ya tienen familia e hijos.  Otros se han unido a nosotros y hoy conforman parte de nuestro equipo de empleados”.

Y tras más de 25 años trabajando con esta comunidad, también siente gran orgullo al repasar cómo se ha transformado el centro hasta convertirse en lo que hoy todos conocen como el Albergue Cristo Pobre.

“Nuestra visión va más allá de los servicios principales. Ahora buscamos alternativas de vivienda, pero con trabajo y buscamos más fondos para crear otro programa de vivienda con servicios agrícolas”, puntualizó.

En específico, se refiere a la exitosa primera fase del programa de vivienda agrícola en el que albergan a diez participantes en apartamentos ubicados en el barrio Real Anón, donde personas que no tenían techo también trabajan en siembras y en la crianza de gallinas ponedoras.

Asimismo, Juan de Dios ahora también redobla esfuerzos para alcanzar fondos del Care Act que le permitan identificar viviendas para los participantes que ya están en la etapa de independencia.

“Desde el huracán María hemos tenido pruebas de fuego. Los sismos se han mantenido casi todo el tiempo y con esto del coronavirus hemos tenido que disminuir las camas, de 52 a 33, y establecido unos protocolos bien estrictos para evitar el contagio”. Por fortuna, con disciplina y pruebas mensuales a todo participante, no ha surgido ninguna muestra positiva.

Y debido a que la pandemia por el Covid -19 también ha impactado la densidad del grupo de voluntarios, Juan de Dios aprovechó la coyuntura para, una vez más, invitar a quienes buscan una razón para vivir y servir.

Como subrayó, las gratificaciones de este voluntariado son inmensurables y el agradecimiento de quienes buscan amor y sonrisas es aún mayor.

Para ayudar a los participantes del Albergue Cristo Pobre puede llamar al 787-841-7149. También puede colaborar donando artículos de higiene personal, alimentos o desinfectantes para prevenir el contagio de Covid-19. El albergue se localiza entre las calles Unión y Guadalupe de Ponce.