Cuando sea viejo: una reflexión en honor a los abuelos

De la misma manera como te he acompañado en tu sendero, te ruego me acompañes a terminar el mío.

Foto suministrada

Nota de Redacción: Con motivo de la celebración del Día del Abuelo -ocasión que se conmemora en Estados Unidos y Puerto Rico el primer domingo posterior al Día del Trabajo- La Perla del Sur rinde honor a este pilar de todo núcleo familiar y reproduce una reflexión que fuentes adjudican al fenecido doctor en Teología de origen español, José María Moliner.

El día que este viejo y ya no sea el mismo, ten paciencia y compréndeme.

Cuando derrame comida sobre mi camisa y olvide cómo atarme mis zapatos, recuerda las horas que pase enseñándote a hacer las  mismas cosas.

Si cuando conversas conmigo, repito y repito las mismas palabras que sabes de sobra cómo termina, no me interrumpas y escúchame. Cuando eras pequeño para que te durmieras tuve que contarte miles de veces el mismo cuento hasta que cerrabas los ojitos.

No me reproches porque no quiera bañarme. No me regañes por ello. Recuerda los momentos que te perseguí y los mil pretextos que te inventaba para hacerte más agradable tu aseo. Acéptame y perdóname, ya que soy el niño ahora.

Cuando me veas inútil e ignorante frente a todas las cosas tecnológicas que ya no podré entender, te suplico que me des todo el tiempo que sea necesario para no lastimarme con tu sonrisa burlona. Acuérdate que fui yo quien te enseñó tantas cosas. Comer, vestirte y tu educación para enfrentar la vida tan bien como lo haces, son producto de mi esfuerzo, perseverancia y fe en ti.

Cuando en algún tiempo mientras conversamos me llegue a olvidar de qué  estamos hablando, dame todo el tiempo que sea necesario hasta que recuerde y, si no puedo hacerlo, no te burles de mí. Tal vez no era importante lo que hablaba y me conforme con que me escuches en ese momento.

Si alguna vez ya no quiero comer, no me insistas. Sé cuánto puedo y cuánto no debo. También comprende que con el tiempo ya no tengo dientes para morder, ni gusto para sentir.

Cuando me fallen mis piernas por estar cansadas para andar, dame tu mano tierna para apoyarme como lo hice yo cuando comenzaste a caminar con tus débiles piernas.

Por último, cuando algún día me oigas decir que ya no quiero vivir y solo quiero morir, no te enfades. Algún día entenderás que esto no tiene que ver con tu cariño o cuánto te amé. Trata de comprender que ya no vivo, sino que sobrevivo, y eso no es vivir.

Siempre quise lo mejor para ti y he preparado los caminos que has debido recorrer. Piensa entonces que con el paso que me adelanto a dar estaré construyendo para ti otra ruta en otro tiempo, pero siempre contigo.

No te sientas triste o impotente por verme como me ves. Dame tu corazón, compréndeme y apóyame como lo hice cuando empezaste a vivir.

De la misma manera como te he acompañado en tu sendero, te ruego me acompañes a terminar el mío. Dame amor y paciencia, que te devolveré gratitud y sonrisas, junto al inmenso amor que tengo por ti.

El día que este viejo y ya no sea el mismo, ten paciencia y compréndeme. (foto suministrada)