¡Cómo olvidarlo! En una misma tarde dos inolvidables

Obedecí sus enigmáticas instrucciones, entré a la parte posterior del vehículo, donde me encontré cara a cara, a brevísima distancia, nada menos que con Mercedes Sosa. Increíblemente, también estaba en Ponce.

“Importan dos maneras de concebir el mundo. Una, salvarse solo, arrojar ciegamente a  los demás  de la balsa; y la otra, un destino de salvarse con todos, comprometer la vida hasta el último náufrago, no dormir esta noche si hay un niño en la calle”.

Armando Tejada Gómez

Canción para un niño en la calle

A Anita Taylor, Lucy Echevarría, Aby Martínez, Juan Ricart, Efraín Correa, Tony Morales, Juan Luis Rivera Rivera, Sammy Rubio, Joffre Pérez, Johnny Raymond  Fernández, a la memoria de Wilfredo Colón Pagán, Uriel Donnely Alicea Zambrana, Alfonso Juan “Tito” Gómez Roubert, Osvaldo Rivera Cianchini  y Porfirio Martínez Laboy.

El cine y la canción, en todas sus manifestaciones, son  dos de las pasiones más arraigadas en mi vida.

En materia de cine, durante el año 1977 impulsé -a  partir del amplio balcón del hogar de mis compadres Georgina Lázaro León y César Hernández Colón, donde el alma se incrusta en los poros, en el barrio Maragüez de Ponce- la creación de lo que llamamos el Centro Nacional de Cinematografía CENAC, del que he escrito varias veces en diversos foros, y del que vivo tan orgulloso.

En lo que respecta a la canción, hoy solo voy a referirme a la que creció como fuego en paja de caña, en toda América y Europa, coincidiendo su combustión con el triunfo de la Revolución Cubana, aunque este tipo de canción inteligente, filosófica, justiciera, ha existido siempre, desde los Salmos Bíblicos y aún antes, pasando por el Lamento Borincano de Rafael Hernández  y sus iguales en el mundo.

Su crecimiento en proyección exponencial, ya se venía produciendo e iba convocando multitudes en Francia, España, Inglaterra, los Estados Unidos, con el nombre inicial de Canción de Protesta, desde antes del triunfo de la Revolución Cubana.

Después ha cambiado de nombre, aunque no de esencia, hasta que hoy se le llama Nueva Trova.

Es una “canción de autor”, de fuerte compromiso social, que denuncia todo tipo de injusticias, rechaza los imperialismos, expresa profundo respeto por la vida de los obreros, los campesinos, los afrodescendientes, los aborígenes, ancianos, mujeres, niños y la madre tierra (la “Pachamama”), y rescata a los poetas perseguidos por los regímenes totalitarios.

Comparto, como recordatorio, los nombres de una brevísima muestra de este tipo de cantautor en diversos países e idiomas.

Sin que en modo alguno pretenda ser una mención exhaustiva, destaco en los Estados Unidos a Woody Guthrie, Pete Seeger, Joan Báez y Bob Dylan; en Inglaterra a Los Beattles; en Francia a Jacques Brel y George Brassens; y en Uruguay a Alfredo Zitarrosa, Roberto Darwin y Daniel Viglietti.

También en Brasil a Chico Buarque, Caetano Veloso y Milton Nascimento; en España a Paco Ibáñez y la pareja matrimonial que componen Ana Belén y Víctor Manuel San José Sánchez; en las llamadas “autonomías” a Patxi Andión en el País Vasco; en Cataluña a Raimón Pelejero, Joan Manuel Serrat, Luis Llach y Francesc Pi de la Serra; y en México a Amparo Ochoa y Guadalupe Trigo.

Asimismo, en Nicaragua a Carlos y Luis Enrique García Godoy; en Chile a Violeta Parra, Víctor Jara, Ínti Illimani y Quilapayún; y en Venezuela a Alí Primera.

No pueden quedar fuera Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Noel Nicola y Amaury Pérez en Cuba; y en Argentina -probablemente la de mayor producción- Atahualpa Yupanqui, Horacio Guarany, Jorge Cafrune, José Larralde, Los Chalchaleros; Armando Tejada Gómez, letrista de algunas de las canciones más impactantes que grabó Mercedes Sosa y que Lucecita Benítez hizo de ellas banderas de lucha en Puerto Rico y, desde luego, la propia Mercedes Sosa.

Estos artistas eran perseguidos por sus gobiernos, se les arrestaba frecuentemente, las compañías editoras no les grababan, se tenían que exiliar, no les concedían visas para entrar a los Estados Unidos y, consiguientemente, a Puerto Rico.

Todo ello hasta el extremo que en Chile, el malnacido de Augusto Pinochet, después del golpe de estado al gobierno constitucional que presidía el doctor Salvador Allende, hizo que al cantautor Víctor Jara se le machacaran las manos, hasta destrozarlas, con las culatas de carabinas, antes de asesinarlo.

Con aquellas manos, Víctor Jara previamente se acompañaba a la guitarra, mientras cantaba sus profecías de un Futuro Testamento.

En Puerto Rico, fue necesario crear un sello discográfico, casi clandestino, Disco Libre, para que pudieran hacer sus primeras grabaciones artistas como Roy Brown, el Grupo Taoné, Noel Hernández, el ponceño Neftin González, Pepe y Flora, Silverio y Roxana, y Antonio Cabán Vale “El Topo”.

Una vez grababan con las mayores precariedades, la radio -muchas veces infectada de payola, para promover la Salsa y la “música americana”- se negaba a difundir sus discos.

Teníamos que traerlos de lugares inusuales. En el año 1971, por ejemplo, yo lo hice desde el Gran Ducado de Luxemburgo, cuando traje como contrabandos de trinos paquetes de LP’s de música latinoamericana de este género, a los que no teníamos acceso acá.

En mi caso, los LP’s casi pesaban más que nuestras maletas.

Un fenómeno similar se daba en el cine, gracias sobre todo al “cine independiente”, con actores como Marlon Brando, Jane Fonda, Susan Sarandon, Warren Beatty, Robert Redford, Julie Christie, el productor y director Oliver Stone, y la actriz noruega Liv Ullmann, esposa durante breve tiempo y madre de una niña de Ingmar Bergman, quien siempre ha sido una activista en favor de las causas nobles y justas, sobre todo en  favor de los niños, a través de la UNICEF.

Dicho todo esto como un largo preámbulo, les cuento sobre los dos inolvidables regalos que me hizo la vida a través de mis amigos, en una misma tarde ponceña, en el año 1992.

Se llevaba a cabo en las salas del cine El Emperador, ubicadas entonces en la calle marginal de lo que hoy se llama el Bulevar Miguel Pou, el Festival de Cine que en diversos momentos dirigieron con distintos nombres Juan Gerard y el ponceño José Artemio Torres (en algún momento también se fusionaron y luego volvieron a separarse), del que siempre fue presentador con mucho acierto Jaime Vázquez, y tuvo siempre el apoyo de la Secretaría de Arte y Cultura del Municipio de Ponce.

Sin ánimo de quitarle un ápice del valor que tiene (y justamente ahí es que está su mérito), es un festival exiguo de recursos económicos, si se le compara con otros de renombre en el mundo; no es competitivo en sentido estricto; no tienen recursos, por ejemplo, para traer grandes estrellas del celuloide del extranjero… En fin, es un festival muy modesto, si bien muy bueno, con películas de varios países, dos de los cuales, según mi recuerdo, no eran ese año de 1992, en particular, ni de Noruega, ni de Suecia.

Entré al teatro solo y a la buena de Dios, y no bien estuve dentro me percaté que en una esquina del vestíbulo, sola y aparentemente sin la debida asistencia, estaba esa deidad del cine internacional que es la noruega Liv Ullmann.

Yo no compaginaba cómo ella había llegado hasta allí, porqué su presencia no había sido promocionada, y a los cientos de cinéfilos que llenaban las salas no parecía impresionarles de manera especial su increíble presencia.

Quizás pensaron que solo era una que se le parecía.

Para mí, niño y adolescente criado en un pueblo pequeño, donde el cine importaba mucho más que en las ciudades, estas estrellas, vistas en carne y hueso cerca de uno, eran  como una especie de extraterrestres.

Después me enteré, y lo acabé de confirmar con José Artemio en preparación para la redacción de este artículo, que ella no vino a Puerto Rico precisamente para este festival y me quedo con la impresión que ni siquiera  sabía de su existencia.

Ella vino a Puerto Rico para una gala en San Juan de la UNICEF, en favor de los niños desamparados del mundo.

Estando en San Juan para ese propósito, Juan González, en su “rol” de abogado o más bien Juan Gerard, en su “rol” de cineasta (usaba indistintamente ambos apellidos, como abogado y como productor cinematográfico), ni corto ni perezoso la contactó, la convenció y muy acertadamente la envió hacia su Festival de Cine en Ponce.

Hoy sé que amigos tan elegantes como Maruja Candal y José Alfredo Hernández Mayoral, entre otros, la atendieron a la altura característica de la ciudad de Ponce.

Entré a la sala, tentado de llegar hasta donde estaba ella, pero impedido de hacerlo por mi timidez, ocupé mi butaca y a mitad de una de las películas llegó hasta mí la amiga -en aquél momento también directora de la Oficina de Ponce del Instituto de Cultura Puertorriqueña, Carmen Inés Rivera- me tomó por un brazo y me dijo: “Ven afuera del teatro, que quiero presentarte a alguien”.

Desde luego que pensé, “contra, pero esta presentación podría esperar hasta que termine la película”, pero, desde luego, no se lo dije a Carmen Inés, quien, sicóloga al fin, tiene alto sentido de la prudencia, por lo que sabe qué amerita perderse el final de una película.

Salimos de la sala, y lo que fuera, no iba a suceder en el vestíbulo, pues seguimos de largo hacia afuera del edificio.

Me llevó hasta la calle marginal, donde estaba estacionado un vehículo, y me dijo: “entra al asiento de atrás”.

Obedecí sus enigmáticas instrucciones, entré a la parte posterior del vehículo, donde me encontré cara a cara, a brevísima distancia, nada menos que con Mercedes Sosa.

Increíblemente, también estaba en Ponce, ajena al festival, solo gracias a otra  feliz coincidencia.

El productor puertorriqueño de espectáculos artísticos, César Sáinz, de la Productora Rompeolas, la trajo a San Juan para que ofreciera un concierto en Bellas Artes.

Para ese tiempo, mis muy queridos amigos Lucy Echevarría y Rafael Rodríguez Zaldo eran productores de ese mismo tipo de espectáculos en Ponce y tenían  amistad con César, por lo que éste se dirigió a ellos y les preguntó si podían ser anfitriones de Mercedes en Ponce, por un par de días, en lo que él ultimaba los detalles del concierto que se iba a llevar a cabo en Bellas Artes en Santurce.

Así se acordó y Sáinz la envió a Ponce con uno de los empleados de su oficina.

Lucy Echevarría y Rafael Rodríguez Zaldo hablaron con la mutua amiga de toda la vida, también muy admiradora de Mercedes Sosa, Carmen Inés Rivera.

Para esos días y por bastante tiempo, la familia de Carmen Inés administraba el Parador Hacienda Juanita en Maricao, donde la hospedaron y hasta le organizaron una gira por las viejas haciendas cafetaleras de la región, que según me cuentan, Mercedes disfrutó mucho.

Al igual que yo, Carmen Inés, Lucy y Rafa estaban en el Festival de Cine en los El Emperador y hasta allá (solo hasta la acera, desde luego), les llevaron a Mercedes.

Lucy y Rafa la iban a transportar hasta la Hacienda Juanita en Maricao, como efectivamente lo hicieron más adelante, pero Carmen Inés -quien desde muchos años antes había estado “horas y horas” junto a su entonces esposo, Porfirio Martínez Laboy, hoy fallecido, y este servidor, escuchando los discos de Mercedes Sosa -por lo que sabía lo que la artista significaba para mí- les dijo:

“Antes tengo que presentársela a Quique Ayoroa”.

Fue el momento en que me hizo entrar  misteriosamente al asiento trasero de aquél vehículo de motor que estaba estacionado delante del teatro.

Sin que aquél automóvil estuviera en movimiento, por poco me matan de la emoción.

Cuando recuerdo experiencias vividas como estas, me siento en el deber de gratitud con la vida -sobre todo, introyectado en mí desde muy niño por la abuela Trina: “quien no es agradecido no va al cielo”- de cantar, aunque solo sea en mi interior, la canción de la chilena Violeta Parra, en la voz de Mercedes Sosa, quien “tiene una lágrima en la garganta”:

“Gracias a la vida, que me ha dado tanto”.

Liv Ullmann