¡Cómo olvidarlo! Así era el ingenioso Pancho Coímbre

Francisco Coímbre Atiles fue uno de los seres humanos de más aguda inteligencia emocional, de más perspicacia, de cuantos he conocido.

Jaime Córdova (izq.) y yo lo acompañamos al salir de un Encuentro de Coleccionistas de la Canción Popular. Foto suministrada

“Recordar es volver a vivir”.

Silvia Rexach

A mis amigos Néstor Santiago Vilariño, la profesora Elia Vega,  Juan Rivera Albino; y a la memoria de don Tony González, con profundo afecto y agradecimiento.

Este relato no trata sobre el pelotero estrella en acción en el terreno de juego, en sus días de gloria. Más bien, tiene que ver con el amigo, quien para cuando nos conocimos ya estaba jubilado hacía muchos años, y abarca algunas regresiones mínimas, inevitables, a sus hazañas deportivas.

Francisco Coímbre Atiles, “Pancho”, fue uno de los seres humanos de más aguda inteligencia emocional, de más perspicacia, de cuantos he conocido.

En una ocasión, don Luis Muñoz Marín estaba disfrutando de la zona histórica de Ponce, caminando por una de sus aceras, y uno de sus acompañantes, el senador ponceño Ramón Enrique Bauzá, se dio cuenta que en dirección inversa, por la acera contraria, venía Pancho Coímbre y se lo dijo al oído al gobernador, recordándole además que Pancho era militante del Partido Estadista Republicano.

Don Luis, quien era un fiebrú del béisbol, con preferencia de jugar primera base según me contó Elfren Bernier, se adelantó a cruzar la calle para darle alcance, todo elogios y zalamerías hacia Pancho, quien con poco se esponjaba, y añadiendo: “qué pena, que me dicen que usted juega para el equipo contrario”.

Instantáneamente, Pancho le contestó: “en eso, don Luis, el Champion Bat es usted”.

De chispa instantánea

Para  complementar los ingresos económicos que le proveía su agencia de Lotería, Pancho fundó una escuela de béisbol infantil, que operaba los días sábado desde el Parque Charles H. Terry.

Un día se encontró en el pueblo con Félix Oliveras, cariñosamente conocido como “El Gato Oliveras”, quien también impulsaba las Pequeñas Ligas de Béisbol, y este le dijo: “Pancho, tengo un grupo de alrededor de 22 muchachitos. Me gustaría que tú los evalúes, a ver si de ahí podemos sacar un equipo”.

Pancho le contestó: “Llévamelos al Terry, este próximo sábado, como a las 10:00”. Félix no podía ir aquel sábado, pero le dijo que se los enviaría.

Cuando ya se separaban, Félix le gritó: “Ah, Pancho, olvidé decirte que uno de los nenes que te voy a enviar es americanito”.

Algún tiempo después de aquel sábado de las pruebas, Félix y Pancho volvieron a coincidir en el pueblo y se produjo este diálogo:

– “Pancho, ¿qué del grupito de nenes?”

– “Ahí hay buen material, Félix. Ahora, déjame decirte que el que no saca bien el bate es el americanito”.

Félix le ripostó:

– “Pancho, lo que ocurre es que ese americanito es hijo del presidente de la PPG Industries, quien nos va proveer uniformes, spikes, cascos, guantes, mascotines, aperos para catchers, bates, bolas y nos va a llevar a jugar a lugares como la República Dominicana y los Estados Unidos”.

A lo que Pancho, como picado por una avispa, contestó:

– “Veterano, esas cosas se adelantan pronto y claramente, porque el americanito no saca bien el bate, pero tiene un brazo que es un fusil”.

Como pavo real

En un tiempo me empeñé en llevar a Pancho conmigo a una de las sesiones del Encuentro de Coleccionistas de la Canción Popular que anualmente se llevaba a cabo en Ponce, regularmente, en el Anfiteatro de la Universidad Interamericana, el primer domingo del mes de mayo: una actividad creada y dirigida por por mi compadre y socio profesional, Pedro Malavet Vega, por alrededor de 20 años.

Los asistentes eran mayores que yo, supuse acertadamente, que eran fanáticos de Pancho y que él, a quien ya le había tomado mucho cariño, iba a pasar un rato delicioso.

Sin embargo, por varios años, declinó mi invitación, con la excusa que para su Agencia el día domingo era fundamental para la venta de la Lotería.

Un año cambié mi estrategia de invitación. Compré dos boletos para el junte y lo fui a buscar a la Agencia Hípica, en la calle Guadalupe, donde él vendía su Lotería.

Discutimos un rato, en distintos tonos de voz, y como argumento para convencerlo le dije: “en última instancia, los billetes que no vendas hoy por irte conmigo, yo te los compro todos”.

Entonces, me dijo que la mayoría de los billetes eran encargados y yo le maté el pollo en la mano, diciéndole que terminado el Encuentro de Coleccionistas de Música iríamos a entregar los billetes a la mano. Finalmente, lo convencí. Así las cosas, me lo llevé a regañadientes.

Cuando llegamos al anfiteatro, el acto había comenzado y el salón estaba repleto.

Con discreción, nos echamos en dos sillas plegadizas, en la penúltima fila, ya que para ese tiempo el Salón de Actos todavía no tenía butacas.

De pronto, el maestro de ceremonias y hombre culto, Néstor Figueroa Lugo, avistó la presencia de Pancho e hizo la presentación encumbrada que era pertinente:

– “Noto que hacia el final del salón por este lado izquierdo se encuentra el inmortal del béisbol, gloria de Ponce y de Puerto Rico, el pundonoroso Pancho Coímbre, el hombre respecto de quien dijo el inmenso lanzador Satcher Page, el más grande lanzador sepia de la historia, que fue el más difícil bateador al que jamás él se enfrentó…”.

Cuando Néstor iba a mitad de su presentación, el público se fue poniendo en pie, hasta que lo hicieron todos, y le ofrendó a Pancho una de las más sonoras, emotivas y extendidas ovaciones que he escuchado jamás.

Pancho se fue esponjando como un pavo real, sacó a lucir todo el oro de su dentadura, riendo con todo su rostro, se acercó a mi oído y me secreteó: “¿Viste, que me aplaudieron más que a Carlos Gardel?”.

(Próxima semana: Mi encuentro con Tuto Giménez Porrata)