Burocracia, dejadez e inconciencia conspiran contra anciana del barrio Tibes

Foto Jason Rodiríguez

Cuando su hijo instaló en el techo de su vivienda dos toldos azules donados por la organización Family Christian, doña Ana Vélez de Jesús -de 81 años de edad- pensó que lo peor ya había pasado: que al fin su calvario comenzaría a desaparecer.

Hasta ese entonces, la preciada “Mamá Ana” del sector Tibes en Ponce llevaba tres meses sufriendo y maniobrando entre las numerosas filtraciones que empapaban, tanto sus pertenencias como el viejo suelo de madera.

Pero a más de seis meses del paso del huracán María, Mamá Ana vive una nueva tormenta. Una que revive el desespero y la frustración de aquella última semana de septiembre, cuando cada episodio de lluvia arruinaba lo poco que le queda y socavaba los cimientos de su casa de madera y zinc.

Como constató La Perla del Sur, los toldos azules que en noviembre salvaron sus pertenencias fueron removidos por personal pagado por la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA en inglés) y sustituidos por otros que parecen no existir cuando en la parte alta de Ponce llovizna o diluvia.

“Quitaron los toldos que estaban ahí primero. Antes no se mojaba tanto”, lamentó Mamá Ana. “Antes caía una que otra gota, pero ahora lo que caen son chorros… Ahora es peor”.

La pesadilla, sin embargo, no termina allí.

Según explicó, la agencia federal le ofreció una ayuda de $2,300 para reconstruir el techo, pero los técnicos que evaluaron su caso no contemplaron que la vivienda está en tal grado de deterioro e inestabilidad, que es incapaz de sostener el peso de una nueva cubierta.

Por consecuencia, a casi siete meses del paso del huracán, Mamá Ana sigue maniatada, imposibilitada de arreglar su vivienda y sin expectativa de recibir ayuda adicional del gobierno.

“Si tengo que hacerlo, devuelvo el cheque. No me puedo ir a robar (lo que falta)”, puntualizó.

Después de enviudar hace cinco décadas, cuando tenía 33 años de edad y diez hijos que levantar, Mamá Ana se dedicó a lavar ropa en el río y a terminarla con una plancha de carbón. Así se ganaba la vida y luchó para proveer el sustento de su familia.

Hoy, casi 50 años después, no recibe pensión alguna. Su único ingreso proviene del Programa de Asistencia Nutricional (PAN).

Entretanto, camina afanosa entre paredes de madera marchita, sostenidas por vigas que ya no pueden ocultar los efectos de la polilla, el comejen y la humedad.

Hoy, sus hijos la ayudan como pueden con sus gastos básicos, pero sus propias circunstancias les impiden reparar la totalidad del hogar.

“Mejor me quedo comiéndome un guineo sin bacalao, que sacrificando a mis hijos”, insistió y reiteró. “No quiero ser una carga. Yo lo que le pido a Papa Díos es que, aunque soy una vieja, no ser una carga para nadie”.

Abandonados a su suerte

A juicio de Ernie Rivera Collazo, líder comunitario del barrio Tibes, situaciones como la de Mamá Ana se repiten con frecuencia en las comunidades apartadas de la ciudad e ilustran el grado de desconexión con los damnificados, a seis meses del paso del huracán María.

“Esto es una demostración más de la falta de conocimiento sobre los trabajos que se han estado haciendo en las comunidades. Estamos encontrando situaciones como la de Mamá Ana, donde se asigna un dinero para arreglar techos, sin tomar en consideración las condiciones de esas mismas estructuras”, puntualizó Rivera Collazo.

“La actitud es ‘ya fueron, ya llenaron papeles y ya cumplieron’, pero no se les está dando el seguimiento necesario a los trabajos que se hacen o a las necesidades completas de las personas. ¿Cómo es posible que FEMA dé un dinero para un techo, sin saber que la casa no lo aguanta?”, continuó.

“Lamentablemente no es solamente Mamá Ana. En el Collado también hay una familia que le dieron un dinero que le da para una parte de la casa, cuando la perdieron totalmente, y ahora no tienen con qué completar la otra parte”, añadió.

Ante este panorama, Rivera Collazo reclamó la intervención del Gobierno Municipal de Ponce y el Gobierno Central. A su juicio, este disloque patentiza la dejadez de las autoridades locales y su absoluta dependencia de FEMA para responder a situaciones aún apremiantes en las comunidades.

“Tenemos a una persona de mayor edad viviendo en unas condiciones críticas y, cuando los federales se van sin resolver el problema, no pasa nada, por la ausencia absoluta del municipio y las agencias en las comunidades”, sentenció.

“Esto ocurre cuando no hay una ayuda complementaria y no hay una supervisión del municipio, comunidad por comunidad, para ver las necesidades que aún existen”, sostuvo. “Con tantos empleados que tiene el Municipio, pueden asignar personal para que haga un censo a seis meses del huracán, para darle seguimiento a todo esto”.

Personas, empresas u organizaciones dispuestas a ayudar a Mamá Ana pueden llamar o escribir mensaje de texto al teléfono 787-630-0005.