Árboles de Borikén: alimento, cura y defensa del país

Para desarrollar economías nuestras, para vivir sustentablemente sobre estos suelos sin depender de tanta importación, nos urge conocer a profundidad la riqueza territorial y nacional que representan los árboles nativos, árboles de la nación.

Foto Archivo

En un mundo donde los recursos botánicos del país aparentan tener poco que ver con nuestro diario vivir, afirmo que la vegetación es protagonista histórica de dimensiones incalculables.

A finales del siglo XV, cuando los europeos salieron en busca de “especias”, en realidad buscaban medicinas botánicas que combatiesen bacterias, virus, hongos, parásitos, males digestivos y otras condiciones retantes.

Las mal llamadas “especias” eran los antibióticos de aquellos tiempos; comprendían la misma farmacopea que determinaba vida, muerte, bienestar, calidad de vida.

En Borikén y a través de las Antillas, lo que los europeos encontraron en los árboles -sus hojas, resinas, cortezas, flores y maderas y nuevas maneras de vivir del bosque- permitió sobrevivieran miles de inmigrantes del viejo mundo.

Durante los siglos XVI al XVIII, Puerto Rico fue marginado de las rutas comerciales con España, mientras el poder imperial concentraba sus recursos en la extracción de oro, plata y piedras preciosas en México y el Perú.

Durante esta época del abandono de España, los criollos se las ingeniaban para sobrevivir económicamente, negociando una de las mayores riquezas de Borikén -sus árboles nativos- con bucaneros y otros contrabandistas de diversos países.

¿Cuántos de nosotros les debemos la vida al sustento ancestral que proveían árboles comunes de malagueta, guayacán o María? Sí, el mismo árbol de María (Calophyllum calaba) que hoy se siembra en las ciudades por ser “ornamental” y por su conveniente patrón recogido de crecimiento de raíces.

Según el cronista de las Indias, Gonzalo Fernández de Oviedo, la madera duradera de este árbol fue utilizada por los taínos para sus canoas. Los criollos cosecharon de su madera densa y derecha para que sirviera de mástiles, quillas y armaduras de embarcaciones; también para construcciones mayores: puentes, armazones de edificios y, luego, traviesas de ferrocarriles.

Este mismo árbol fue valorado por su resina. En su libro del 1840, El Médico Botánico Criollo, el doctor Renato de Grosourdy documenta que tanto la resina como la corteza del árbol se preparaban en sahumerios terapéuticos y en jarabes con miel y ron para descongestionar y curar catarros y problemas respiratorios crónicos.

Esa misma resina, conocida en Colombia como “Bálsamo María”, también se aplicaba a heridas externas, aunque estuviesen “verdes de color y putrefactas” para su rápida cicatrización.

Los frutos duros y redondos del árbol de María también son un buen alimento para los lechones. Y el aceite de sus semillas se utilizaba alrededor de las Antillas como ingrediente en pinturas hechas de pigmentos naturales; también para alumbrar y como medicina para condiciones serias y desfigurantes de la piel.

El árbol de María, al dar de su cuerpo para construcciones, alimento y medicina, está más ligado a nuestro pasado de lo que podemos imaginar.

El aromático y resinoso guayacán (Guaiacum officinale) de nuestras costas fue literalmente venerado alrededor de las Antillas, en Europa y a donde llegase.

Debido a sus propiedades medicinales, el guayacán es el primer árbol mencionado por Fernández de Oviedo, cronista español del siglo XVI en su libro Historia general y natural de Indias, islas y tierra firme.

Al ser reconocido por su poder contra los estragos de la sífilis, la madera de guayacán fue exportada desde Puerto Rico con destino a Europa desde el 1508.

Según los informes del mariscal de campo, don Alejandro O’Reilly, durante el siglo XVIII, la venta de guayacán representó el 27 por ciento de las maderas exportadas desde San Germán, Ponce, Coamo y Guayama.

Durante el tiempo largo que tarda el guayacán en crecer, sus fibras se van entrelazando para crear una madera extraordinariamente pesada, dura, bella y resistente a la polilla y a la humedad de la tierra. ¡No se pudre ni al estar enterrada! ¡Y es tan densa que no flota sobre el agua!

De hecho, cual personaje fantasioso de leyenda, luego de cortada la madera, sigue fluyendo su aceite lubricante y medicinal. Hay informes de que 60 años luego de cortada, ¡sigue secretando resina! Por eso, se valoraba esta madera para hacer dientes de ruedas, cajas de bolas y otros equipos que requieren de una lubricación constante.

Aunque en Puerto Rico conservamos aún su nombre indígena, muchos españoles a través de las Antillas lo apodaron “palo santo”, pues además de la sífilis, su aceite/resina se extraía para aliviar dolor de muelas, curar heridas abiertas, tratar el dolor e inflamación de la gota y el reumatismo, matar hongos y combatir enfermedades respiratorias, entre otros usos.

Hoy día, miles de antillanos se toman cocimientos (teses hervidos) de las hojas del guayacán para tratar asma y diabetes. En las Islas Vírgenes se toman teses de la cáscara (corteza) para contrarrestar el envenenamiento por consumo de pescado contaminado y para combatir los virus herpéticos.

¿Cuántas vidas habrá sostenido este árbol para que nosotros existiéramos? 

Y la malagueta (Pimenta racemosa) debería ser el árbol más sembrado del país, ya que crece recogidamente, no es muy exigente en cuanto a suelo y ofrece numerosos beneficios prácticos. Además, es parte de la tradición de agricultura ecológica (bajo sombra) del país.

Hasta mediados del siglo XX, cientos de familias boricuas que cultivaban café, cacao, árboles maderables, guineos y otros frutales bajo sombra, completaban su economía en tiempo muerto vendiendo hojas de malagueta a las destilerías que extraían su esencia aromática con fines medicinales, culinarios y cosméticos.

Estos agricultores cosechaban enormes sacos o banastos de hojas y bajaban a caballo o en vehículos de trabajo hasta las destiladoras que exportaban a Francia la mayor parte del destilado, conocido internacionalmente como “bay rum”. Otra parte quedaba en el país para la elaboración de alcoholados criollos.

Así es que conocemos la malagueta: como ingrediente principal del alcoholado sanador de los abuelos.

Ese alcoholado ubicuo era aplicado en fricciones y sobos por abuelas y abuelos compasivos para combatir bacterias, virus, hongos, dolor, frío, espasmos, gases y hasta la tristeza. Para miles de boricuas, el olor a malagueta nos recuerda amorosas manos en tiempos de humildad y de fe.

Los farmacéuticos criollos también destilaban el aceite esencial de las hojas de malagueta con alambiques de laboratorio.

Farmacéuticos y médicos del siglo XIX trataban náusea y dolor de estómago al echar una gota sobre un terrón de azúcar. Los pacientes simplemente chupaban el azúcar y los compuestos químicos digestivos, antivirales y antisépticos de la malagueta iban a la causa del malestar.

El nombre científico del género de este árbol (Pimenta) se deriva del español “pimienta”. Los primeros colonizadores europeos utilizaban las semillas molidas de este árbol para condimentar, evitar males digestivos y, más importante aun, para evitar la putrefacción de las carnes, ya que sin refrigeración, las propiedades antisépticas y fungicidas de este condimento permitían que más personas se alimentaran por mayores períodos de tiempo.

Conocemos de plantas industriales de destilación de malagueta en Guayama y Utuado. La de Utuado operó hasta la última década del siglo XX, cuando el huracán Georges dejó los equipos al la intemperie.

Por las consabidas razones socioeconómicas que afirmaban que la agricultura NO era nuestro futuro, a pesar de la facilidad de su cultivo, Puerto Rico dejó el mercado del aceite esencial de malagueta a Dominica, el país antillano más conscientemente verde.

Aun así, con las hojas del famoso “árbol de alcoholado” podemos preparar exquisitos baños botánicos, aceites y pomadas para sobos, aromáticos antisépticos de manos y -como los abuelos- seguimos fortificando alcoholados comerciales con las hojas divinas de este árbol noble antillano.

Hace miles de años que el cuerpo verde de Borikén alimenta, viste, cura, defiende y embellece a la familia y el hogar.

Para desarrollar economías nuestras, para vivir sustentablemente sobre estos suelos sin depender de tanta importación, nos urge conocer a profundidad la riqueza territorial y nacional que representan los árboles nativos, árboles de la nación.

(La autora es investigadora y educadora etnobotánica. Para más información acceda a www.botanicultura.com)

Hasta mediados del siglo XX, cientos de familias boricuas que cultivaban café, cacao, árboles maderables, guineos y otros frutales bajo sombra, completaban su economía en tiempo muerto vendiendo hojas de malagueta a las destilerías que extraían su esencia aromática con fines medicinales, culinarios y cosméticos. (Fotos archivo)